“La maternidad de María”

i seguimos un orden cronológico, el dogma de la Maternidad de María es el primero. La ocasión está ligada a la elección de Nestorio como patriarca de Constantinopla en el año 428. Nestorio no admitía que Maria fuera llamada Theotokos (Madre de Dios) porque sólo el Padre engendró al Hijo y María no puede engendrar a Dios, decía. Él admitía sólo que María era Deotokos (don, recibió a Dios) o Christotokos (recibió a Cristo). Ante semejante postura, la inquietud se levanta y crece, pues era ya tradicional que María fuera llamada Theotokos. En el fondo estaba el problema cristológico y trinitario que necesitaba no sólo precisión en los términos sino una antropología cristiana.

Después de arduas controversias, especialmente entre Nestorio y S. Cirilo, el Concilio de Efeso, en el año 431, definió la Maternidad de María, apoyado en el Nuevo Testamento que habla de María como “Madre” al menos 25 veces; mientras que es llamada “virgen” sólo en Lc 1, 27 y Mt 1, 23. Es innegable que el dogma de la maternidad es el único atestiguado seguramente por las Sagradas Escrituras.

En el Concilio de Efeso, del año 431, se rescata la Tradición y se declara: “Decimos que, habiendo unido consigo al Verbo, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible, y que las naturalezas del Verbo que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; porque la divinidad y la humanidad constituyen para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo. Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal. . . De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios a la santa Virgen”. La intención del Concilio no se redujo a preservar un título de María, sino también mira a la integridad de la doctrina de la Encarnación, a la obra de la redención y en definitiva al misterio cristiano en toda su extensión.

En el Concilio de Calcedonia, en el año 451, se reafirmará la fe en la Maternidad de María con estas palabras: El Hijo, es “engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, es engendrado de María Virgen, Madre de Dios (Deipara), en cuanto a la humanidad”.

Los siglos posteriores siguieron repitiendo la doctrina patrística hasta nuestros días. La Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, en el año 1964, en el Capítulo VIII, considera la maternidad de María, como el eje central de la doctrina sobre la Virgen. Allí, María madre es considerada como modelo al referirse a la Iglesia. Precisar esta función maternal con relación a la Iglesia es una tarea teológica que aún está por realizarse; esta tarea tendrá que evitar tanto la idealización sobrehumana de María como la supresión de su puesto en la economía de la salvación.

Podemos afirmar que la doctrina sobre la maternidad de María como Madre de Dios es común en el cristianismo de todos los tiempos; pero la forma, el modo y procesos de esta maternidad se han inclinado a un “platonismo espiritualizante” que de hecho niegan la maternidad. 0 María es plenamente madre como todas las madres o la Encarnación es una mentira. La influencia del libro apócrifo el Protoevangelio de Santiago ha dejado su marca en la mariología más que los libros canónicos.

En una relectura de la teología contemporánea, la maternidad no se reduce al simple hecho biológico de concebir y dar a luz a un ser humano. Es cierto que no toda mujer tiene que ser madre, pero quien tiene y elige ese honor, adquiere una gran responsabilidad porque realiza una función antropológica y social que pone en múltiples relaciones a varios seres: el padre, la madre y el hijo o la hija; identidad corporal, vida, alimento, espacio y tiempo compartido. Por otra parte, no debemos olvidar la separación dolorosa en el nacimiento y el apoyo en el desarrollo físico, afectivo, social, cultural y religioso. La maternidad va desde la aceptación de una célula biológica hasta el respeto de la vida adulta, humana y libre, especialmente en el ejercicio de la vocación personal.

La maternidad no se reduce a la biología, pero tampoco debe olvidarse, y este olvido en la mariología es una de las críticas más severas que la teología feminista ha realizado. “Es importante señalar ahora la transformación que experimentó la tradición cristiana cuando se proclamó como madre de Dios a María. Entonces, los aspectos históricos de su vida, los conflictos de su tiempo, las dificultades que tenía una mujer para vivir y anunciar públicamente el Reino de Dios parecen desaparecer. En lugar de María de Nazaret surge una reina, una super-mujer, una santa que, aunque responda a ciertas necesidades del pueblo, también sirve a la manipulación de los poderosos de todos los tiempos”, dice una teóloga mexicana. Hoy, muchos investigadores reconocen que la maternidad de María se ideologizó siguiendo la idea cultural mediterránea de la “Gran Madre”, y de esta manera se paso de la maternidad a la divinización, de ser Madre de Dios a ser Dios-Madre, cosa sobre la cual se debe tener mucho cuidado.

La maternidad, como los demás títulos de María, son términos teológicos que apuntan a un hecho, pero también a un misterio, a la presencia insondable de Dios, lo cual indica la cortedad de nuestro lenguaje. Afirmar que Jesús, el carpintero de Nazaret, es Hijo de María según la generación humana, es afirmar que la maternidad de María es una entrega activa a la obra de Dios. Es aceptar que la fe de María hace posible la entrada de Dios en la historia y en la historia de los pobres y oprimidos para librarlos con su poder redentor.

La maternidad de María es aceptar que el Reino de Dios está en medio de nosotros (cf. Lc 17, 21; Mt 4, 17). Es confesar a la esclava del Señor, pero también a la Señora-Mujer. Es un don y una dignidad, pero también un servicio a Dios y a la comunidad, en la línea de los “siervos de Yahvé”. En fin, es el recuerdo permanente de la solidaridad de Dios con los oprimidos, con los extranjeros, los discriminados, los pobres y miserables, un recuerdo peligroso para los poderosos e instalados. La maternidad es el recuerdo permanente del derecho que las mujeres tienen a decidir libremente sobre su vida. Nunca será ideología para manipular o esclavizar a nadie.

Una verdadera teología  verá en María necesariamente a la Madre liberadora. Liberadora de las estructuras opresivas, generadoras de injusticias; liberadora de las mentiras de la cultura inhumana y de una religión sin Evangelio. En nuestro pueblo la figura maternal de María tiene mucho que hacer ante la injusticia y la pobreza generadas por nuestras estructuras político-económicas, ante el machismo cultural y ante la falta de Evangelio en nuestro mismo clero.

María es madre con la maternidad de todas las mamas y cumple su función maternal entregándose activamente a los planes de Dios y dejándole actuar en y con su propia persona. No cabe duda que el mismo hecho histórico de la maternidad que María desempeñó a lo largo de su vida estaba vinculado con su fe personal en el Mesías y, entonces, esa función maternal la convierte en la primera discípula y símbolo humano de nuestra fe.

Ahora podemos comprender que la Lumen Gentium llame a María “Madre de la Iglesia”, pues en ella podemos ver el modelo de un servicio activo al Reino de Dios, pero este lenguaje es analógico y corre el peligro de que el logos suprima al ser de carne y hueso y se convierta en ideología y mito. Me parece que el titulo de “hermana” que le concede la Encíclica Marialis cultus del Papa Pablo VI es más apropiado para traducir la solidaridad de María con la Iglesia y la humanidad entera. Es cierto que el acto libre de fe es posible sólo cuando reconocemos la unidad genuina entre la respuesta a Dios y nuestra propia liberación, y esto ciertamente no se lo podemos negar a María en su servicio activo al Reino de los cielos.

El Reino de los cielos interpretado en un sentido escatológico exige traer al presente el futuro pleno de Dios. Y esto es lo que hace María al aceptar ser Madre de Dios. “María, madre gestante y profetisa de la nueva humanidad, puede cantar ya el nacimiento de la obra de Dios sobre la tierra, Los poderes opresores, que la apocalíptica entendía como fuerzas diabólicas, se muestran ahora en clave económico-social: son los soberbios (potentados, ricos) que destruyen el camino del amor y transparencia de Dios en nuestra historia. El nacimiento de Dios significa su derrota”.

La maternidad de María no se reduce al problema de saber cómo es Madre de Jesús y Madre de Dios al mismo tiempo, también nos indica una relación especial con la Santísima Trinidad, con el reinado de Dios, con la Iglesia y con las esperanzas de una tierra nueva y unos cielos nuevos. “Hay en María una verdadera maternidad humana, ya que el fruto de su vientre es un hombre verdadero, Jesús. Hay además una real maternidad divina, ya que el hombre que ella engendra es realmente Dios. La maternidad humana establece una red de relaciones con la historia y con la humanidad que conviene resaltar. La maternidad divina inaugura otra red de relaciones con Dios y con su gracia que debemos articular adecuadamente. María se constituye entonces en un verdadero quicio en el que se sostiene y gira toda la historia de la salvación, incluyendo a Dios y al hombre. No es posible pasar a lo largo del significado esencial de María. Quienes lo hacen dejan al cristianismo vacio de su historicidad. No es posible aceptar a un Dios encarnado sin aceptar a María que le dio la carne humana.

Los títulos de Theotokos, Deipara, Dei genitrix, hacen referencia a la red de relaciones con Dios. Si afirman que, María dio a luz al que es Dios, esto no equivale a decir que “produjo a Dios”; dichos título más bien hacen referencia a la maternidad y a la función sacramental de María. Teológicamente la expresión “Madre de Dios” descubre todo el peso de lo humano ante la Revelación plena de la Encarnación. Esta es la que ilumina la maternidad y no viceversa. La expresión “Madre de Dios” es una expresión hiperbólica para significar que en la contingencia de una mujer, Dios realiza la suprema revelación de Sí mismo a la humanidad, la eternidad ha entrado en la tempo-ralidad. Esto no es el resultado del sí (fiat) de una esclava, pasiva, irresponsable, dejando que todo ocurriera de por sí, sino que es la respuesta de una mujer humana y responsable, dispuesta a cargar con todo el peso de su decisión radical de fe. v

(Extracto del libro: “Una Relectura de los Dogmas Marianos”, del P. Sergio Hernández, OFM)

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