11o. Domingo del Tiempo Ordinario

13 de junio 2010

Con el evangelio de la pecadora perdonada que la liturgia de este domingo propone a nuestra meditación permanecemos en continuidad con la Solemnidad del Sagrado Corazón que acabamos de celebrar. Los textos de este día nos llevan a contemplar todavía el amor infinito de Dios por cada uno de nosotros, un amor que en el contacto con los pecadores que somos nosotros se dice sobre el modo de la misericordia.

En el Evangelio, escuchamos estas palabras enigmáticas de Jesús sobre la mujer pecadora que acaba de romper un vaso de perfume a sus pies, los secó con sus cabellos y los besos: “Si, sus pecados, su muchos pecados son perdonados, es debido a su gran amor. Pero a quien poco se le perdona, poco ama”.

La primera frase de la declaración de Jesús parece, en efecto, en contradicción con la segunda. Por un lado, el amor da el perdón de los pecados. En otro caso, Jesús nos dice que no puede amar verdaderamente, ya que no han experimentado el perdón para sí mismo y la medida de que el amor es el perdón recibido. En otras palabras, por un lado, el amor aparece como el primero en relación con el perdón. Por otra parte, todo lo contrario.

Por lo tanto, ¿qué es primero? El amor o la experiencia de ser perdonado? Pero tal vez poner la pregunta de esta manera no ilumina en nada en las palabras de Jesús… Para entrar en su comprensión, tal vez se debería, como Simón, dejarse llevar al ritmo de la parábola que Jesús les cuenta.

Aquel al que el Maestro perdonó más es el que le muestra más amor. Sin embargo, el presupuesto de esta parábola, que posiblemente tendería demasiado a dejarse en la incertidumbre, es que para ser perdonado, hace falta que se reconozca que se pecó y que se necesita el perdón de Dios, el perdón divino que nos precede siempre. Fue la experiencia de David después de que hubo hecho matar a Urías el Hitita para tomar a su mujer (cf. 1ª lectura).

Hacer la experiencia del perdón de Dios implica que se le haya reconocido, aceptado y ofrecido su pobreza al Señor. En efecto, el que es rico de sí mismo no necesita el perdón, porque no ve la utilidad. Así que, ¿cómo podría expresar el amor a aquel del que él piensa que no tienen nada que recibir? ¿No es esto en última instancia, la dificultad de Simón el fariseo? Su confianza tanto presuntuosa en su justicia y su virtud, que aparece en el juicio que lleva sobre esta “pecadora”, ¿no le impide acoger lo que Jesús quería darle viniendo a su casa?

Para consentir recibir el don de la misericordia divina, hace falta un corazón ya dispuesto y purificado por la humildad. Es por sus pies por lo que Jesús se deja acercar en su humanidad y su dependencia. A su humildad concuerda la de la mujer que baña con sus lágrimas sus pies y los seca con sus cabellos. Al contrario de Simón que se queda a distancia poniendo un tipo de examen intelectual crítico sobre las personas y el desarrollo de los acontecimientos, la mujer, en cuanto tal, no vacila en arriesgar el contacto con Jesús porque sabe necesitar la misericordia del Señor y porque está segura en la fe de obtenerla.

La acogida de tal amor gratuito empuja al pecador perdonado a responder a eso amando más todavía. Pero el pecador perdonado es siempre consciente de que su amor en cambio es ése que le viene de Dios y que le ha sido dado de modo supereminente cuando hizo la experiencia de su misericordia.

La gratuidad del amor de Dios se expresa todavía más en el hecho que su perdón no se contenta con borrar nuestro pecado. Él obra en nosotros mucho más. Nos arranca de nuestros encierros, nos libera de nuestras cadenas, y nos impulsa hacia un nuevo futuro: “¡ve!” Jesús no pone la mano sobre nosotros. Nos invita a seguir nuestro camino sin exigir nada a cambio si no es que marchemos por la fidelidad a la gracia recibida. Es por ello que, a la gracia de la remisión de nuestros pecados, añade la de hacer el bien: “ve en paz” (es decir en la justicia). Porque si el pecado es la guerra entre Dios y el hombre, la justicia es la paz del hombre con Dios. “Ve en paz” también podría leerse: “haz todo lo que puede conducirte a la paz de Dios.”

“Señor, danos la gracia de poder entrar en los gestos de humildad y el cuidado de arrepentirse que esta mujer pecadora te prodigó. Qué así, hechos disponibles para la acogida de tu misericordia divina, podamos recibirla en la acción de gracia amándote siempre más a causa de la gratuidad de tu perdón. Y qué con san Pablo podamos proclamar: ‘mi vida hoy en la condición humana, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí.’ (Cf. 2ª lectura)”

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