15o. Domingo del Tiempo Ordinario

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“Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”

La cuestión de la Ley está al centro del evangelio y al corazón de las otras lecturas de este domingo. La primera lectura, tomada del libro de Deuteronomio, nos la presenta como muy accesible: “Esta ley que te doy, no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. Por el contrario, todos mis mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón”. Estamos ante de un momento maravilloso en la Biblia donde la Ley es llamada “Palabra” de Dios. En el momento de la Alianza en el Sinaí, Moisés dio al pueblo de parte de Dios diez “Palabras”, el Decálogo (Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-22).

Estas Palabras dadas por Dios, no son primero órdenes sino bendiciones que pronuncia en el corazón del hombre para liberarle de todas sus esclavitudes. “Y mañana, cuando tu hijo te preguntará: ‘¿por qué estos edictos, estas leyes y estas costumbres que el Señor nuestro Dios os prescribió?’, leemos en el Deuteronomio, entonces le dirás a tu hijo: ‘éramos esclavos de Faraón en Egipto, pero con mano fuerte, el Señor nos hizo salir de Egipto […]. El Señor nos ordenó poner en práctica todas estas leyes y temer al Señor nuestro Dios para que seamos felices todos los días y que nos guarde vivos como lo estamos hoy’” (Cf. Dt 6, 20-25).

La Ley es una Palabra dada por Dios al hombre para liberarlo a fin de que él viva: “la ley del Señor es perfecta, devuelve vida”, “los preceptos del Señor son rectos, regocijan el corazón”, nos dice el Salmo.

Esta Palabra que Dios nos dirige, nos invita a hacerla nuestra y a pronunciarla para a nuestra vez engendrar la vida. Hacer, aplicar, se revela entonces insuficiente. Hay que transmitir el tesoro recibido, el tesoro de una ley “más deseable que el oro, que una masa de oro fino, más sabrosa que la miel que destila”, como nos la describe el salmista.

Es lo que Jesús propone en el evangelio al doctor de la ley que le interroga. Muestra que es en nuestras entrañas que la Ley divina debe actuar primero cuando nos manda tener también tener piedad. Esta misericordia nos empuja a hacernos próximos de nuestro hermano y nos abre al don de la vida, a la imagen de lo que Dios mismo ha obrado para nosotros en su Hijo Jesucristo, como nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura.

“‘Maestro, ¿Qué debo hacer para tener la vida eterna?’ Jesús le pregunta: ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’” He aquí la cuestión verdadera: ¿Cómo leemos Ley, qué sentido le damos? ¿Un conjunto de preceptos que hay que aplicar para estar en regla y ser recompensados por el don de la salvación, de la “vida eterna”? O bien, ¿una llamada que Dios nos hace a amar, a dar, a darnos? Esto supone que esta Ley que era algo exterior sea ahora interior y que nos hayamos hecho responsables. El esfuerzo por cumplir para obtener la vida eterna debe ante todo abrir a la misericordia.

Precisamente para entrar en esta “lectura” de la Ley que Jesús va a contarle al legista la parábola del Buen Samaritano. En efecto, este último respondió sólo a la primera parte de la cuestión que Jesús le había dirigido. Repitió “lo que está escrito” en la Ley: “tú amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.” Pero, no dijo no “lo que él leía” es decir la manera en que él interpretaba este gran mandamiento…

El relato de la parábola va a hacer a este doctor de la Ley “leer” que la vida eterna es el fruto de una vida llevada a imitación de la de Cristo, el Buen Samaritano. Va a descubrir que la salvación se obtiene no amando al que sería reconocido como su prójimo sino, haciéndose por amor, como Jesús mismo, el prójimo de todo hombre. La puesta del relato reside en el balanceo de la cuestión: “¿Y quién pues es mi prójimo?” que se hace por boca de Jesús: “¿Cuál de los tres, según tu opinión, fue el prójimo del hombre que había caído en manos los bandidos?”

Tendríamos sin duda un gran beneficio al interrogarnos sobre la permanencia y el desarrollo de nuestra capacidad de amar en nuestra obediencia a los preceptos del Señor. Cuando aplicamos los mandatos de la Ley divina, reconocemos que nos dejamos encerrar muy a menudo por ellos. En lugar de abrírnosle al hermano, la observancia de la Ley nos cierra entonces sobre nosotros mismos.

En realidad, los límites que ponemos al amor vienen de que confundimos la Ley con aquél que la pronuncia como una Palabra de bendición sobre cada una de nuestras vidas. Jamás olvidemos esta reflexión: “¿Qué sería la Ley sin la Presencia? La exégesis de las palabras de Jesús y los mejores comentarios corren el riesgo de hacer olvidar el cuerpo, la boca de donde ellas salen, el aire, el espíritu, la música del que habla. Fue allí, Jesús, que hablaba desde esta montaña. No es allá, por otra parte, que es nuevo. Olvidamos rápidamente, que la Torah jamás habló por sí sola. El Sinaí era el lugar de la presencia del Dios de Israel. De otro modo, esta Ley no sería nada.”

“Señor, que jamás perdamos de vista que tu Ley es ante todo una Palabra que nos diriges, Palabra que nos libera abriéndonos a nuestro hermano en humanidad. Enséñanos a hacernos los canales de esta misericordia con la que tú nos perdonas y con la que nos salva cada vez que lo imploramos.”

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