16o. Domingo del tiempo ordinario

Domingo 18 de julio 2010

El relato del encuentro de Jesús con Marta y María es inseparable de la parábola del Buen Samaritano. Juntos constituyen un díptico que representa los dos polos de la vida del discípulo.

Ciertamente que los géneros de las dos perícopas son diferentes: por un lado una parábola, la otra el relato de un evento. Pero la parábola del Buen Samaritano es tan elocuente que no requiere ningún esfuerzo especial de interpretación: la lección es obvia. En cuanto al relato de la acogida de Jesús en la casa de Marta, la presentación sobria, sin adornos como la propone San Lucas, revela que la tradición oral que había mantenido el núcleo del evento, haciéndola circular en las primeras comunidades cristianas como ejemplo a seguir, al igual que la parábola con que se articula.

Extrañamente, los versos que acabamos de oír no mencionan a los apóstoles, aunque, Jesús caminaba con ellos a Jerusalén. Por otra parte, en diálogo con Martha, ella lo llama “Señor”, título que la comunidad post-pascual reservaba para el Resucitado. Estos índices confirman que más allá que el recuerdo de un evento en particular, esta historia había adquirido un valor ejemplar para la relación de tod discípulo con el Señor de la gloria.

Así entonces, Jesús se detiene durante la noche en un pueblo donde fue recibido en la casa de “una mujer llamada Marta.” El resto de la historia y la comparación con los otros evangelios – en particular la de Juan – nos permite reconocer la casa de Lázaro y sus dos hermanas, y la aldea de Betania.

La escena y el diálogo son bien conocidos: las actitudes contrastantes de Marta y María, y la posición de Jesús a favor de esta última han hecho correr suficiente tinta y provocado acalorados debates, a los que no es necesario volver. Digámoslo claramente: no se tiene que buscar en la respuesta de Jesús la afirmación de la superioridad de la vida contemplativa sobre la vida activa: eso no está en juego en nuestra perícopa. Es la comparación de la historia entera de la acogida en Betania con la parábola del Buen Samaritano, la que nos llevará a la correcta interpretación de estos versos, y no la puesta en oposición del comportamiento de los dos personajes femeninos que animan nuestra perícopa.

El contraste, en efecto, es sorprendente. En la parábola que hemos escuchado el domingo pasado, Jesús alentaba a un doctor de la ley que lo interrogaba sobre el precepto de la caridad, a dedicarse sin reservas al servicio de su prójimo, aunque fuera un extranjero caído en manos de ladrones.

Hoy, el mismo Jesús acusa a Martha de “inquietarse y agitarse” en las “múltiples” ocupaciones de servicio, es decir, las tareas domésticas esenciales para dar la bienvenida a su invitado, las que constituyen un acto de caridad Primaria. Por el contrario, elogia la actitud de María, que “se sentó a sus pies”, sin preocuparse de lo que serviría en la mesa para cenar.

Por estas posiciones aparentemente contradictorias, nuestro Señor quiere hacer comprender a sus discípulos que hay que distinguir dos tiempos, que no se deben confundir:

– el tiempo del servicio al prójimo, durante el cual se nos invita a dar sin contar como el buen samaritano; y,
– el tiempo de reposo con el “Señor” en la intimidad de la “casa” – la que abarca tanto a la Iglesia como a nuestro corazón.

Discernir el rostro de Cristo en el hermano sufriente que nos rodea nuestra compasión activa, requiere un conocimiento íntimo del Señor. Sin embargo, tal conocimiento requiere un largo tiempo de encuentro personal con él, para descubrir poco a poco su rostro en la contemplación de su palabra.

Para poder servir adecuadamente a Jesús en nuestros hermanos, tenemos que encontrar la paz en la intimidad de su presencia, dejando al resucitado de Pascua infundir en nosotros el Espíritu de amor sin el cual nuestras obras serían inútiles.

Tal vez podríamos leer entre las líneas de la acogida de las dos hermanas, una alusión a la comida eucarística: contrariamente a lo que Marta piensa, no somos nosotros los que preparamos una comida para el Señor, sino que él nos invita y nos sirve a la mesa.

La presentación nos da el Evangelio no opone a la vida contemplativa y la vida activa, pero hace hincapié en que la acción alternancia contemplación – acción debe caracterizar la actitud de todo discípulo, independientemente de su vocación particular. El díptico compuesto por el icono del buen samaritano y el de María, representa los dos aspectos complementarios e inseparables de la vida del discípulo perfecto. El servicio concreto del prójimo va y viene de la escucha devota de la Palabra, y nos permite preservarnos tanto de la dispersión como del repliegue sobre nosotros mismos. Martha no ha escapado a estas dificultades: su agitación traiciona su dispersión y su crítica de la inactividad de su hermana y el silencio de Jesús es una manera indirecta de llamar la atención a su dedicación y recibir los elogios que espera atraer.

Su febril actividad, por más que busca justificar en nombre del servicio y la hospitalidad, contrasta con el celo “leger” de Abraham (1ª lect.). Le falta el compromiso de Marta al servicio del Señor, la gratuidad que muestra el patriarca. También, a diferencia de Pablo, lo hizo sin encontrar la alegría en el sufrimiento que soporta (2ª lect.) en su servicio porque ella ha perdido la paz interior, y de ese modo los efectos de su trabajo.

Para poder anunciar de manera creíble que “Cristo está en medio de nosotros, la esperanza de gloria” (ibíd.), es esencial que el mismo apóstol viva de este misterio de la comunión con su Señor.

Que la Marta en nosotros pueda convertirse en María para que podamos asegurar el ministerio de buen samaritano en un verdadero espíritu de caridad.

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