17o. Domingo del tiempo ordinario

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Domingo 25 de julio del 2010

Los discípulos acaban de contemplar a su Maestro haciendo oración y uno de ellos se anima a pedirle: “Señor enséñanos a orar, como Juan el Bautista enseñó a sus discípulos”.

Sin duda, también nosotros frecuentemente estamos ante esta dificultad de saber cómo orar. Las primeras palabras de la respuesta de Jesús aquí son muy importantes ya que marcan la pauta para todo lo que sigue. “Cuando oréis, decid: Padre nuestro que …”. Jesús invita a sus discípulos a volver su mirada hacia el Padre. Jesús no está tratando de enseñarles a recitar una fórmula sino de decirles que orar es, ante todo, entrar en relación con Dios. Jesús les revela aquí que la oración, desde los albores del tiempo, que acompañó a la historia de la salvación como una llamada recíproca entre Dios y el hombre, encuentra su plenitud en él. En Él, la llamada de Dios encuentra la respuesta del hombre y el grito del corazón del hombre encuentra el corazón lleno de compasión de Dios. En Él, la sed de Dios se encuentra con la sed del hombre. Al enseñarnos a orar “Padre nuestro”, Jesús nos revela el misterio de nuestra salvación: en él, la alianza entre Dios y el hombre, rota por el pecado de este último, es restaurada.

Hasta la venida del Hijo de Dios a la tierra, la oración del hombre a menudo toma la forma de un drama: el drama de la prueba de la fe en la fidelidad de Dios a su alianza. La primera lectura de este día lo ilustra de modo significativo. Desde el episodio de la encina de Mambré, donde Dios le ha confiado su designio, Abraham se encuentra confiado en la compasión de su Señor hacia los hombres. Además, considerando la situación de pecado se encuentra en Sodoma, se atreve a interceder ante Dios: “¿Realmente vas a destruir al justo con el pecador? Tal vez haya cincuenta justos dentro de la ciudad. ¿Realmente los vas a matar? ¿No los perdonarás a causa de los cincuenta justos que hay en la ciudad? Y continúa negociando con Dios para que él se comprometa a no destruir Sodoma si hay tan sólo diez justos. El problema es que Dios nunca dijo que quería destruir a Sodoma. De hecho, el texto bíblico solamente refiere las palabras de Dios a Abraham: “¡Como es grande el clamor que sube de Sodoma y Gomorra! ¡Y su culpa, como es pesada! Voy a bajar y ver si su conducta corresponde al clamor que viene a mí. Si es falso, lo reconoceré.” ¿El temor de Abraham de ver a Dios castigar a las ciudades de Sodoma y Gomorra es revelador del combate interno que se está llevando a cabo en su relación de confianza en el Señor? Su atrevida oración de intercesión expresa la prueba de fe que está viviendo, ¿Dios será fiel a su alianza de compasión por su pueblo?

Jesús, diciendo “Padre Nuestro”, pone al hombre ante nuevas disposiciones en la relación con Dios. Él lo invita a entrar en su humilde confianza filial. Sin embargo, uno no debe creer que esta actitud no estaba presente en el hombre bíblico del Antiguo Testamento. La larga oración de acción de gracias del Salmo para este domingo es una prueba. “Con todo mi corazón te doy gracias Señor”, “Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad”, “Si camino en medio de la angustia, me haces vivir”, “Tu diestra me hace victorioso”; “El Señor hace todo por mí! Señor, tu amor es eterno”… tantas expresiones que muestran la confianza en Dios. Pero lo que en el salmista estaba todavía en alto a una gran cantidad de enemigos y tentaciones en la expectativa de lo que el Dios fiel haría, desaparece por completo en la oración de Jesús.

En Jesús, Dios cumplió su promesa de salvación y esto de manera irrevocable y definitiva. Entonces, ¿Por qué dudar de su paternal benevolencia hacia nosotros? En el Evangelio, Jesús nos asegura que las oraciones que dirigimos a nuestro Padre siempre serán escuchadas: “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis llamad y la puerta se abrirá.” Pero hay que señalar que no especifica lo que recibiremos o encontraremos. Sólo dijo: “el que pide, recibe; el que busca halla, y al que llama, se le abre la puerta”. Él nos lleva así a una confianza absoluta en Dios que no sólo nos escuchará, sino que dará lo mejor para nosotros.

¿No podemos leer también en estas palabras de Jesús que esta otra certeza es que el Dador es más precioso que los dones que da? Es Él, el primero y el mayor tesoro que recibimos en nuestra oración.

La oración nos pone en comunión con Dios. Y aquí tocamos la esencia de la oración cristiana”. Orar, es permanecer en la presencia del Dios trino y en comunión con él. Orar es permitir que Dios venga y viva en nosotros y dejarnos transformar por él. Poco a poco, nos encontramos con el parecido con Él, que el pecado original nos había hecho perder y podemos hacernos los auténticos mediadores de su amor a nuestros hermanos en la humanidad.

Esta comunión en la vida divina nos ha sido puesta a disposición por nuestro bautismo en el que hemos recibido al Espíritu Santo y por el cual nos convertimos en un solo ser con Cristo. Este día Cristo ha venido a unirse a nosotros en el corazón de nuestro pecado para liberarnos (cf. segunda lectura). Desde hace dos mil años, cruzó el umbral de la majestad divina que nos permita decir en el soplo del Espíritu, Dios “Padre Nuestro”.

Como los discípulos, contemplamos a Jesús en oración, en el que se realiza este intercambio admirable entre el hombre y Dios. Nosotros somos los discípulos de hoy. Dejémonos tocar por la oración del Maestro. Cuando Jesús ora, nos enseña a orar. Contemplemos y entremos a nuestra vez en su humildad y confianza filial con su Padre como “Padre Nuestro”.

Entonces, cuando oremos, veremos que orar nos configura con Cristo haciendo de nosotros verdaderos discípulos. En efecto, no sólo la oración nos hace hijos, sino que ella nos introduce también en la ley de la reconciliación: “Perdona nuestras deudas así como nosotros las hemos perdonado a los que nos debían.” La oración nos llevará al perdón en la cruz. A su vez, retomaremos las palabras de Jesús: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen.” En este momento, realmente seremos discípulos porque nos convertiremos en seguidores de Jesús, en la fuerza de su Espíritu, en portadores de la Palabra de Misericordia del Padre que quiere salvar a todo hombre.

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