18º domingo del Tiempo Ordinario.

Domingo 1 de agosto 2010

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”: esta frase desilusionada Qohelet Rey se ha convertido en proverbial. Para convencerse de su sabiduría, es necesario tener una mirada lúcida sobre los acontecimientos de este mundo: ¡Cuántas injusticias! ¡Cuántas energías desperdiciadas en proyectos efímeros; cuantas esperanzas de prosperidad legítimas destruidas escandalosamente!

El episodio presentado en el Evangelio es una aplicación directa de lo que choca a nuestra sabiduría: “Un hombre se dio al trabajo, y ahora debe dejar sus propiedades a alguien que no lo hizo. Este último – el beneficiario del trabajo del otro – encuentra la manera de competir con su hermano, se niega a compartir con él el regalo que se les dio a ambos. No solo aquel que ha acumulado la herencia no goza de los frutos de su trabajo, sino por su “avaricia”, sus herederos no los aprovecharán: más bien se hacen polvo uno a otro!

Cualquier persona que se siente agraviada alza la voz: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. La conducta puede no sorprendernos, pero era normal en el mundo judío de ese momento, la consulta a un “rabino” para resolver este tipo de litigio. Pero Jesús le responde fuertemente: “Hombre – la palabra se omite en la traducción de la liturgia, pero significa que más allá de este encuentro particular, Jesús se dirige a todo hombre – ¿Quién me ha puesto para repartir herencias?” – Sobre entendido “las partes de sus bienes terrenales”. Rompiendo con la tradición, rabínica, Jesús se niega a entrar en la resolución de las diferencias, argumentando que “la vida de un hombre, que se encontraban en abundancia, no depende de su riquezas, porque el disfrute real de la vida pueden derivarse de la posesión de lo efímero. La única cuestión que importa en la herencia lleva nuestra verdadera herencia, a la que tenemos acceso al convertirnos por la fe en coherederos con Cristo de la vida eterna (cf. Rm 8, 17).

Así estamos avanzando hacia la interrogación que nos pone la liturgia de este día: ¿A qué se apega nuestro corazón? ¿Hacia qué tendemos? ¿Qué sentido damos a nuestras vidas a través de nuestras decisiones diarias?

El problema del hombre rico que Jesús describe es no tener amasada una fortuna, sino el haberse cortado de la realidad. En realidad construyó un mundo de fantasía en el que se encontraba solo consigo mismo, en un diálogo sin interlocutor, ya que se dirige a su “alma”. Pero nos guste o no, somos parte de una realidad orgánica que abarca toda la humanidad, llamada a convertirse en el Cuerpo de Cristo, Familia de Dios. Este hombre quiere “descansar”, sin ninguna preocupación en cuanto a “disfrutar de la vida” en una vida centrada en el “beber” y “comer”, es decir, la satisfacción egoísta de sus necesidades. Por desgracia, el despertar de este sueño será doloroso: ¡“Esta misma noche se te pedirá la vida!” En lugar de “hacerse rico a los ojos de Dios”, compartiendo sus posesiones terrenales con los que lo necesitan, será pobre y desnudo en la otra vida, mientras que otros disfrutarán de lo que ha acumulado en sus graneros.

Al vivir sólo para sí mismo, sin tener en cuenta a Dios o a los otros, este pobre hombre se ha vuelto “loco”, es decir insensato, al no interpretar el significado del sentido de la riqueza que Dios le confió.

Este tonto somos nosotros, cada vez que, perdiendo de vista nuestro destino de gloria, vivimos aquí sin otro horizonte que la satisfacción de nuestros deseos y nuestros antojos. En la segunda lectura, San Pablo nos ayuda vigorosamente a verificar donde estamos en la gestión de nuestras vidas si nos entregamos “al libertinaje o impureza, si cedemos a las pasiones y malos deseos, y el apetito del goce, es evidente que no hemos alcanzado aún la “vanidad” de los placeres mundanos. Mientras permanezcamos prisioneros de nuestras fantasías, “no vamos a recibir en herencia el reino de Dios”, al solo podemos acceder sino adoptando el comportamiento del hombre nuevo, al que el Padre “rehace siempre nuevo a imagen de su Hijo para que nos lleve al verdadero conocimiento” de su plan.

Esto no quiere decir que este mundo sería una trampa satánica: entre la idolatría y la demonización de los bienes efímeros, San Pablo nos enseña un camino intermedio, que consiste en buscar “las cosas de arriba”, y continuar nuestra peregrinación aquí abajo. La conclusión de la segunda lectura es elocuente a este respecto: para los que orientan su vida hacia el reino venidero, “ya no hay griegos ni Judíos, ni esclavos ni libres, sino Cristo: en todos, es todo”. La unidad final de la humanidad es anticipada por el discípulo, y desde ahora determina su comportamiento, en particular en la preocupación por sus hermanos. Por el contrario, el que se aferra a las cosas fútiles, pone a su alrededor las barreras de la codicia y la envidia, que conducen a la división y a la violencia. Eso es lo que confirma la historia de estos dos hermanos, que en vez de ponerse de acuerdo en buenos términos por respeto a la memoria de su padre y en el interés de su familia, vienen a pedir a Jesús que consagre su división.

La Iglesia nos invita a aprovechar este verano para comprobar nuestro nivel de libertad de las tensiones de este mundo. ¿Logramos llevar a cabo nuestras actividades en el espíritu del Evangelio, o estamos locos por las pseudo-necesidades creadas por una economía de mercado que impregna todos los aspectos de nuestra vida cotidiana?

La oración del salmo de este día puede ayudarnos en este trabajo de conversión: “Enséñanos la verdadera medida de nuestros días: que nuestros corazones penetran la sabiduría. El recuerdo de la brevedad inevitable que nos espera al término de esta corta vida, es sin duda una forma eficaz de “deshacerse de las acciones del hombre viejo” (2ª lect.).

“Sí, Señor, “enséñanos la verdadera medida de nuestros días”, a fin de que haciendo un buen uso de los bienes que pasan, podamos ahora y para siempre, apegarnos a los bienes que no pasan”.

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