19º domingo del Tiempo Ordinario

domingo 8 de agosto 2010

La liturgia del 19º Domingo del Tiempo Ordinario aborda un punto especialmente importante para nuestra vida y nuestro testimonio cristianos. ¿Con qué frecuencia oímos decir en nuestro entorno: “¿En qué ha cambiado la faz del mundo la venida de tu Cristo?” Ciertamente, los hombres continúan sus guerras fratricidas, hoy como ayer celebran la injusticia a despecho del derecho de los más débiles; la paz universal sigue siendo una utopía. Sin embargo, en la fe, sabemos que todo ha cambiado desde que Jesús resucitado inauguró el Reino, “la noche de la entrega pascual” (1ª lectura) anuncia el retorno definitivo y glorioso del Señor. El vino en la carne, él permanece en el corazón de la Iglesia mediante su Espíritu, “el vendrá en la gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin.”

Si bien la mayoría de nosotros morirá “sin haber conocido la realización de las promesas, nosotros las habremos visto y alabado de lejos” (2ª lect.). Nuestra fe es precisamente fiel a esta promesa en este por-venir que orienta toda nuestra vida y nos hace peregrinos incansables del Reino. Cada Eucaristía relanza nuestra marcha hacia Jesús que viene a nosotros, que nos lleva a seguirlo, nosotros que somos “extranjeros y viajeros en esta tierra” en busca de “una patria mejor, la de los cielos” (Ibíd.). Día tras día, podemos continuar nuestro camino y acelerar el paso en el camino hacia la eternidad, en la misma medida de la acogida que, en la fe, reservamos a Cristo resucitado. Porque “la fe es el medio de poseer ya lo que se espera y de conocer las cosas que no se ven”. Siempre, por supuesto que se trate de una fe viva y activa por la caridad (cf. Ga 5, 6), es decir, abrasador con un ardiente deseo de comunión: “Porque donde está nuestro tesoro, allí también está nuestro corazón.”

La auténtica vida cristiana es una vida totalmente hacia el Señor que viene, vivida en una ardiente espera de su regreso: “¡Maranatha! ¡Ven Señor Jesús!” (Apoc. 22, 20). Eso es lo que el mismo Jesús nos enseña en el Evangelio de este día, que se presenta como resultado de exhortaciones persistentes a la vigilancia: “permaneced en traje de servicio y tened encendidas vuestras lámparas. Sed personas que esperan que su señor vuelva de las nupcias para abrirle cuando él llegue y llame a la puerta. Estad preparados”.

Esta espera no es necesariamente pasiva: “el administrador fiel y sensato” es aquel “que su amo, al llegar, encuentra en su trabajo.” La misión que tiene encomendada, no es otra que el servicio de la caridad, siguiendo el ejemplo de su Señor. Por otra parte a su regreso, retoma en medio de los suyos, su lugar como servidor”: “el que tomará la responsabilidad del servicio, les hará sentar a la mesa y servirá a cada uno a su turno”. Tal es la lógica del Reino anunciado por Cristo: “los reyes de los gentiles se enseñorean de ellos; y los que tienen autoridad sobre ellos son llamados bienhechores. Pero no sea así con vosotros; antes, el mayor entre vosotros hágase como el menor, y el que dirige como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No lo es el que se sienta a la mesa? Sin embargo, entre vosotros yo soy como el que sirve”.
A imagen de su Maestro, el cristiano está llamado a convertirse en un servidor de la caridad, poniéndose al servicio de sus hermanos en la gratuidad de un amor desinteresado, no buscando nada más que acelerar la venida del Reino obedeciendo la palabra de su Señor. Para mantener una tal orientación de la vida en medio de las tensiones del mundo, es necesario “tender hacia las cosas de arriba, no a las de la tierra. De hecho, hemos muerto con Cristo y nuestra vida está escondida con él en Dios. Cuando aparecerá Cristo, nuestra vida, entonces también nosotros apareceremos con él en la gloria” (Col 3, 2-4).

La manera más segura de escapar de la triple concupiscencia describe San Juan – “los deseos egoístas de la naturaleza humana, los deseos de la mirada, el orgullo de la riqueza” (1 Jn 2, 16) – sigue siendo despojarnos de lo que pueda desviarnos del Reino, que “nuestro Padre ha tenido a bien darnos”: “vended lo que tenéis, nos aconseja Jesús, y dadlo en limosna. “En resumen: no os consideréis propietarios de vuestros bienes, sino como “siervos fieles y sensatos, sean responsables de lo que se les ha dado, tened el deseo de vivir la dimensión de la participación, como conviene en el seno de una misma familia, porque sois “de la casa de Dios” (Ef 2, 19). Así demostramos a nuestra medida, la novedad desconcertante que surgió en este mundo desde que Cristo resucitado ha derramado su Espíritu de amor en el corazón de los que creen en él.

La Iglesia conmemora los acontecimientos fundadores de su historia, para orientar mejor su camino hacia Dios. Como bellamente lo dijo el Beato Papa Juan XXIII: “La Iglesia no es un museo de arqueología, sino la fuente en medio del pueblo que da agua viva a la gente de hoy, como lo ha dado a la del pasado. “Esta agua viva no es otra que la de la caridad, de la que los hombres tienen sed, hoy como ayer, pero que sólo Cristo les puede dar, y los que creen en su amor: “¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba, el que cree en mí! Como dice la Escritura: “Ríos de agua viva fluirán de su corazón ‘» (Jn 7, 38).

“Señor concédenos una gracia de vigilancia interior, que podemos esperarte con una santa impaciencia, como se espera espera el regreso de un hijo, un amigo, un esposo. ¡Qué esperanza de su inminente regreso nos mantenga despiertos en la fe, y animados con un celo ardiente al servicio de nuestros hermanos.”

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