1er. Domingo de Adviento

Domingo 28 de noviembre del 2010

El otoño y pronto el invierno, extiende su manto de neblina y lluvia sobre la tierra. Los árboles se despojan de sus hojas, la savia se retira de las ramas: la naturaleza se vuelve hacia el interior, se recoge. El canto de los pájaros se hace más discreto como para no interrumpir el silencio de la noche que se prolonga. Todo nos lleva a entrar también en “retiro”, como nos invita el tiempo litúrgico de Adviento. La palabra “retiro” se debe tomar en el sentido etimológico: se trata de retirarnos en la medida de lo posible de la dispersión de nuestras actividades desbordantes, para volvernos hacia el interior, y ponernos a la escucha del silencio .

La primera lectura nos puede ayudar a centrar nuestro esfuerzo “. Venid, familia de Jacob, caminemos a la luz del Señor” ¿Cuál es la luz que nos guía en nuestra vida diaria? ¿La de los spots publicitarios? ¿La de los flashes informativos? ¿Las cintas anunciadas de las últimas películas? ¿Los anuncios luminosos de las tiendas? ¿Seremos capaces de tomar distancia de estos múltiples estímulos externos? ¿Miramos nuestra libertad interior o somos prisioneros de nuestra sociedad de consumo que erige el bienestar y el disfrutar en valores supremos?

Paradójicamente, San Pablo en la segunda lectura compara la agitación de esta vida trepidante con un “sueño” del que nos exhorta a salir. La insistencia del apóstol nos hace presagiar que el paso no será fácil: se trata de una verdadera conversión, que exige un “combate” contra la parte oscura de nosotros mismos – que es cómplice de las “actividades de las tinieblas”: fiestas, borracheras, orgías, orgías, peleas, celos – entendemos: todas las obras que no proceden de una conciencia recta, es decir, de una conciencia iluminada por la luz del Espíritu y que por lo tanto son oscuras.

No estamos invitados a escapar del mundo, sino a redescubrir nuestra interioridad espiritual, que nos haga conducirnos como “hijos de la luz, hijos del día”, porque “nosotros no pertenecemos a la noche y a las tinieblas. En consecuencia – reitera San Pablo- no nos quedemos dormidos como los demás, sino que estemos vigilantes y mantengámonos sobrios “(1 Tesalonicenses 5: 5-6).

El mensaje es claro: “Velad” este es el lema de este bendito tiempo de Adviento. La sobriedad – representada por el color litúrgico morado- pretende evitar la fascinación de los signos externos, la vigilancia debe mantenernos atentos a las mociones interiores del Espíritu.

Por tal actitud se hace habitual, la necesidad de ejercitarnos en estos tiempos privilegiados en los que nos esforzamos por recogernos, por interiorizar, de volver a nosotros mismos.

La dificultad es que hemos perdido la llave de nuestra recámara interior, y cuando tratamos de hacer silencio, pronto somos abrumados por el ruido de nuestros pensamientos en huída y el estruendo de nuestras emociones desenfrenadas. Así corremos el riesgo de desalentarnos: ¿cómo podremos volver a nosotros mismos si ya no sabemos quiénes somos?

Es por eso que San Pablo nos invita a “revestirnos del Señor Jesucristo para el combate de la luz.” ¿No es el verdadero rostro del hombre reconciliado con Dios y restaurado a la luz de la gracia? ¿No es el camino que nos lleva a nuestra verdad más profunda y a la fuente de la vida?

Revestirnos del Señor Jesús significa desposarse con su manera de ver a las personas, los acontecimientos; evaluar las situaciones a la luz de sus criterios para actuar de acuerdo a lo que él espera de nosotros.

Dicho de otra manera, ninguna oración cristiana que no esté enraizada en la lectio divina, es decir, en una “lectura sabrosa de la Palabra”, que nos haga entrar en la intimidad del Señor Jesús, y nos lo haga conocer “en Espíritu y verdad” (Jn 4, 23) – como nos invita el Santo Padre en su reciente Exhortación Apostólica post-sinodal Verbum Dei.

Ese es realmente el corazón de la conversión a la que se nos invita en este tiempo bendito del Adviento: dejarnos conducir día a día por los textos de la liturgia, para encontrar la actitud de vigilancia interior que conviene a un discípulo en espera del regreso de su Señor. Como Noé, necesitamos “entrar en el arca” de la Iglesia – de “nuestra iglesia interior”, es decir, de nuestro corazón – para que podamos estar listos para “la venida del Hijo del Hombre”.

Velar interiormente para habitar en presencia del Señor, a fin de conocer cuando vendrá, pero también para descubrir en el rostro de quienes nos rodean que son confiados a nuestra vigilancia. Tenemos que velar por ellos como el Señor vela por nosotros. Más exactamente, el Señor quiere usar nuestra vigilancia para rodearles con la suya.

Discernir los signos del reino que viene implica que aceptamos convertirnos nosotros en estos signos, dejándonos conducir por el Espíritu de la caridad.

“Dos hombres que estarán en el campo: uno será tomado, el otro dejado. Dos mujeres estarán en el molino: una será tomada, la otra dejada “. Corremos el riesgo de una interpretación de este versículo misterioso. Sugerimos que los hombres representan la dimensión exterior de nuestra humanidad – su ser “carnal” del que habla San Pablo, y que las mujeres simbolizan nuestra interioridad psíquica, es decir, nuestra dimensión afectiva y nuestras facultades. Cada una de estas polaridades – masculinas y femeninas – se presenta en parejas, para significar que somos “dobles” nuestro ser psíquico y nuestro ser carnal, son en parte autónomos y en parte sumisos al ser espiritual, es decir al hombre nuevo, al Cristo interior. “Una (o) es tomada (o), la otra dejada (o)”: el ser natural en nosotros subsistirá sólo en la medida en que se someterá al Espíritu, es decir en la medida en que habrá acogido la gracia de la salvación.

Tal vez podamos imaginar, implícitamente personajes masculinos y femeninos que son “tomados”, José y María en la que el ser carnal y psíquico se integra plenamente en el ser espiritual, y puestos al servicio del plan de Dios. Ambos viven en el mundo pero no son del mundo: sus pensamientos, sus palabras, sus acciones están totalmente encaminadas a la recepción del Salvador. ¿Quién mejor que María y José nos puede introducir en este tiempo de conversión a lo único necesario?

“Virgen María, enséñanos a volver nuestros ojos hacia el interior y cultivar la vigilancia del corazón. San José, enséñanos cómo trabajar en el mundo sin dispersarnos o dejarnos atrapar por nuestras actividades. Así que “todo lo que digamos, todo lo que hagamos sea hecho siempre en el nombre del Señor Jesucristo ofreciendo por él nuestra acción de gracias a Dios Padre” (Col 3, 17). “

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