21º domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 22 Agosto 2010

La llamada universal a la salvación y el compromiso valiente para entrar por la puerta estrecha que conduce a ser salvado estructuran temáticamente los textos de la liturgia de este domingo.

En la primera lectura, el profeta alienta a Israel a regresar del exilio, que fue un verdadero trauma para el pueblo. Los tres pilares que estructuran su identidad habían sido sacudidos. El templo fue destruido, el rey depuesto, las tierras confiscadas por los extranjeros. En el camino de regreso, el entusiasmo no era el apropiado. Mientras tanto, los paganos se mezclaron con los Judíos que no fueron deportados y la gente podía cuestionarse legítimamente sobre lo que quedaba en Jerusalén de la fe de sus padres en el Señor.

Aquí el profeta recuerda la fidelidad del Señor a su promesa. Esto no se debe a que las apariencias están en contra de que no suceda: “Voy a reunir a la gente”, “de todas las naciones traerán a sus hermanos”, “los llevarán a mi monte santo”.

De hecho, Dios cumplirá su promesa, pero de una manera que excede lo que el pueblo había comprendido. De hecho, la expresión “de todas las naciones, traerán a sus hermanos,” se puede entender de dos maneras. Puede referirse estrictamente a los deportados entre las naciones, pero puede significar también una apertura de la promesa a las naciones. Tocamos aquí el verdadero cumplimiento de la promesa: la salvación es de todos. Desde ahora, los hermanos serán tomados de entre los habitantes de las naciones. El Señor dice en efecto: “acabo de reunir a los hombres de toda nación y de toda lengua”, y concluye que “y yo mismo voy a escoger sacerdotes entre ellos.”

Así, el Señor revela fiel porque cumple lo que anuncia en no permitir ser encerrado a los ojos humanos. Su amor siempre es más fuerte y más grande que nuestro entendimiento humano. “Su amor hacia nosotros se ha mostrado más fuerte, eterna es la fidelidad del Señor”, proclama el salmo.

En el corazón de la prueba, no se trata de replegarnos sobre nuestros exilios, sobre el sentido de que nuestro entendimiento les ha podido dar. Los textos de estos días nos invitan, a no tener miedo de dejarnos desconcertar por lo que pueda emerger. Y si por desgracia lo rechazamos siguiendo nuestras vías, demos gracias de lo que, para evitarnos perseverar en nuestros errores, nuestro Padre Celestial tomará para educarnos en la forma de una lección que soportar. “Cuando al Señor ama a alguien, nos dice la Epístola a los Hebreos, les da buenas lecciones, el corrige a los que él reconoce como sus hijos. Lo que está sucediendo es una lección. Dios se comporta con ustedes como con hijos, y ¿Quién es el hijo a quien su padre no le da lecciones? (cf. 2ª lectura).

Contar con la fidelidad del Señor pensando que esto no implicaría ningún cambio de nuestra parte sería un error. ¡Dios no nos salvará sin nosotros! Es por eso que Jesús en el Evangelio nos recuerda que entrar por la puerta estrecha requiere un compromiso real de parte nuestra.

Los textos de este domingo ponen en cuestión nuestra relación con Dios. No sólo es suficiente escuchar las enseñanzas de Jesús, ser sus compañeros, compartir el pan en su presencia, para ser salvados. Se trata de comprometernos en nuestra conversión, en profundizar continuamente nuestra relación con él mediante la renovación de nuestro pensamiento y abandonar todo apego superfluo a este mundo que pasa. En otras palabras, se trata de desviarnos siempre de nuestro ego que nos tira hacia atrás para dejarnos configurar con nuestro Señor. Él es la puerta estrecha (cf. Jn 10). Solo en él, podremos obrar nuestra pascua hacia la salvación, este pasaje de la muerte a todos nuestros puntos de vista de aquí abajo para entrar en los puntos de vista de Dios.

La situación puede parecernos a veces perdida en tanto que estamos aislados de Dios, porque estamos instalados en nuestra tierra de exilio. Pero el testimonio del pueblo elegido y la enseñanza de la Epístola a los Hebreos nos hacen recibir con alegría la enseñanza de Jesús.

“Sí, Señor, tú eres fiel y si tú nos muestras que lo que está en juego en el combate es que tú quieres darnos la fuerza para manejarla y para conseguir vencer con nosotros y en nosotros. Que podamos, con el apoyo de la gracia, identificarnos siempre más a ti que eres la puerta para acceder a la herencia que nos es prometida.”

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