22o. Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 29 de agosto 2010

“Un sábado”: la precisión es importante porque nos proyecta sobre el horizonte del Reino que Jesús compara a una boda a la que somos invitados. ¡No se trata de una boda “ordinaria” – en caso de que una boda pueda ser “normal”! – Porque esta tiene lugar “en el Monte Sión, en la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial”, en presencia de “millares de ángeles en fiesta y de los primogénitos que están inscritos en los cielos” (cf. 2ª lect.). Nosotros tenemos todo el interés puesto en informarnos sobre las reglas del protocolo en vigor en este lugar alto. Esto es exactamente lo que Jesús nos quiere enseñar el Evangelio de este día.

La observación de nuestro Señor dirigida públicamente al comensal que escoge el primer lugar puede parecer un poco provocativa. De hecho Jesús no hace otra cosa que lanzar el debate en torno a un tema controvertido en las escuelas rabínicas de su época. El problema planteado era real, porque los lugares alrededor de la mesa no eran asignados por el Jefe del Hogar: cada uno tenía que hacer su elección  a partir de una evaluación rápida de su rango respecto a los otros invitados. Como todavía era posible que los invitados más importantes se presentasen en el último minuto, la prudencia exigía dejar unos pocos asientos vacíos de antemano para eventuales notables. Era, en efecto más honorable ser llamado cuando el Anfitrión daba la señal de la comida, para llenar los asientos dejados vacíos, en lugar de tener que renunciar a su rango de un dignatario surgido en el último momento.

El consejo dado por Jesús no es revolucionario, ya que es similar al precepto que leemos en Proverbios: “No seas arrogante ante el rey y no te consideres entre los grandes. Porque es mejor que se te diga: “¡Sube aquí!” que verte humillado ante un notable” (Pr 25, 6-7). Se podría pensar a primera vista, que se trata de una simple regla de prudencia: es particularmente desagradable, verse rebajado ante todo el mundo. O bien una regla de cortesía cuando se trata de otros huéspedes, que pueden ser en realidad más dignos que nosotros del primer lugar. O incluso un cálculo sutil, un tanto hipócrita: Estoy rotundamente en último lugar, yo tomo penosamente el último lugar, con una sonrisa teñida de fingida humildad, pero con la secreta esperanza de ser invitado a sentarme delante de todos en primera fila…

Huelga decir que esto no es lo que Jesús espera de nosotros. No olvidemos que nuestro Señor nos habla del Reino, así que cuando él agrega: “¿Quién se ensalza, será humillado, quien se humilla será ensalzado”, el sujeto que actúa detrás del verbo pasivo es nada menos que Dios mismo, que abaja a aquél que se enorgullece y levanta al que se humilla. El hombre orgulloso es el que “ está convencido de ser justo y desprecia a todos los demás” (Lc 18, 9), por lo que “en él no habita el bien” (cf. Rm 7, 18). Este hombre “tiene una mirada demasiado halagadora para conocer y aborrecer su pecado” (Sal 36, 3). Como el fariseo de la parábola, ostenta su vanagloria delante de los hombres, incluso delante de Dios: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (Lc 18, 11). Levanta los ojos y se considera digno del primer lugar en el Reino como lo reivindica en la tierra. Así será contrariado al tener que ceder su lugar a todos aquellos a quienes el Señor hará “subir más”, porque serán cubiertos por los méritos de su Hijo.

La persona humilde es aquella que, por el contrario, ante la revelación de la misericordia divina, es consciente de su condición terrestre – “humildad” viene de humus: tierra. Como el publicano (Lc 18, 13), o como el salmista, sólo puede murmurar: “¡Ten piedad de mí, Señor, todo el día te suplico, tú que eres bueno, tú perdonas, estás lleno de amor por todos los que te invocan”. La toma de conciencia y confesión de los pecados, la súplica confiada y la confesión de la bondad divina, son componentes esenciales de la humildad, que nos sitúan en la verdad de nuestra relación con Dios.
“Los humildes” son realmente los que pueden “dar gloria a Dios”. ¿Pero, qué gloria podríamos dar al Altísimo, si no la que proviene de él? ¿Y cómo podríamos recibir esta gloria, si no, acogiendo la Buena Nueva en un corazón contrito? Es por eso que “el ideal del sabio es un oído que escucha” (ibíd.), que escucha el llamado de Dios, y que “viene a Jesús, el mediador de una nueva Alianza”, para recibir de él la gracia de la salvación.
Esta es la lógica del Magnificat: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46-48). María es “llena de gracia”, porque se ha bajado humildemente delante del que podría colmarla:  el “que se humilla será elevado.”
Nietzsche reprochaba al cristianismo por ser la religión del resentimiento de los débiles, de quienes, incapaces de imponerse, exaltan la humildad aquí abajo esperando tomar su venganza en el cielo. Tal concepción de la humildad es en realidad demasiado pasiva para las exigencias del Evangelio. Jesús ciertamente sufrió las humillaciones de su pasión, pero deliberadamente eligió este camino, aunque existía en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo. Él se humilló y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” porque quería “reunir en la unidad a los hijos de Dios dispersos”. El abajamiento voluntario de Jesús es en vista a nuestra elevación “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy también estén ellos conmigo, y que ellos contemplen (es decir, es decir: que sean partícipes de) mi gloria”.

El humilde abajamiento del Hijo y del verdadero discípulo no es ni cobardía ni la resignación, sino la expresión suprema del amor, cuyo único deseo es el de salvación las almas y la glorificación del Padre que está en ellos. La verdadera humildad aspira a una recompensa futura: a imagen de su Señor, los cristianos se nutren al presente de la alegría de poder servir a sus hermanos, a los que “considera superiores a sí mismo”.  Para el que ama, el servicio desinteresado es su recompensa: “Cuando des un banquete, llama a los pobres, y serás feliz, porque no tienen nada que darte”.

No puede haber caridad sin humildad, porque es precisamente en este descentrarse de sí lo que permite el don desinteresado a los otros en el amor. Porque el amor infinito de Dios es perfectamente humilde, no disminuye en nada la libertad del hombre, sino que por el contrario aumenta la capacidad para responder a su llamada.

“Señor, limpia mi corazón de la levadura de los fariseos: la hipocresía y el orgullo. Guíame por el camino de la verdad, es decir, de la humildad, sin la cual no puedo agradarte. Concédeme la gracia de considerar a los demás superiores a mí, y de encontrar mi gozo en su servicio. No permitas que de lo alto de mi suficiencia, desprecie el humilde pan eucarístico, pero concédeme el poder discernir tu presencia, tú el Dios Todopoderoso te haces el siervo de los siervos, para abrirnos el camino del amor y de la vida.”

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