24º domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 12 de septiembre 2010

Los publicanos y pecadores, los que toman libertades respecto a las exigencias de la ley, se sienten atraídos por Jesús: “Todos acudían a él para escucharlo”.

Por su parte, nuestro Señor desconcierta a los judíos pensantes de su tiempo – los escribas y fariseos, calificados respectivamente, por su observancia de la ley y su enseñanza de las Escrituras.

Es cierto que estos hombres religiosos esperaban un “despertar” e incluso estaban dispuestos a invertir en un proceso de conversión. Pero ello ¿No implicaba una ascesis más grande y sobre todo una separación más radical de todo lo impuro, en particular de todos aquellos cuyo estilo de vida no corresponde a las exigencias de la ley?

Sin embargo, aquí estaba este rabino que atraía a multitudes “¡acoge a los pecadores y come con ellos!” Los fariseos y los escribas francamente estaban desconcertados, y ante el comportamiento escandaloso de Jesús, comienzan a “quejarse contra él.”

Lejos de tomar parte en ellas y participar con ellos en un debate teológico que sin duda sería aún más estéril porque se convertiría en un diálogo de sordos, nuestro Señor ofrece a sus interlocutores tres parábolas que tienen en común que tienen en cuenta un objeto perdido – la oveja, la dracma, el hijo – encontrado a continuación, y que el reencuentro provoca una fiesta.

Más que palabras, estos breves relatos revelan el corazón del “Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera, lleno de amor y fidelidad, que mantiene su fidelidad hasta la milésima generación, soporta la falta, la rebelión y el pecado” (Ex 34: 6-7) – acabamos de mencionar  “la carta de identidad” del Dios de la Alianza, como Moisés lo descubrió – o más bien que va a recibir la revelación profética – después de pasar con éxito la prueba a la que se encuentra sometido. El Señor pretende amenazar con la destrucción a “este pueblo de cabeza dura”: ¿No acaba de hacerse un becerro de oro y de postrarse ante este ídolo?

Pero Moisés no se deja sacudir en su fe: a lo largo de su caminar con el Dios que “ha sacado a Israel de Egipto con la fuerza de su brazo”, él ha podido comprobar que el Señor es misericordioso y cubre la falta su pueblo para poder perdonarle. Su intercesión es una confesión de fe en la benevolencia de Dios y un recordatorio de su promesa de que nada puede hacerlo temblar.

Ese es el mensaje que Jesús quería recordar “a los fariseos y los escribas” a los que dirige estas tres parábolas. ¿Los hijos mayores, no debían como Moisés mantenerse en la brecha e interceder en la oración por sus hermanos caídos en el pecado en vez de condenarlos y excluirlos de la comunidad de la salvación?

En lugar de “reprochar” al hombre que encarna la voluntad del Padre “acogiendo a los pecadores”, es decir, a los hijos pródigos, ¿no sería lo contrario “alegrarse ahora porque que sus hermanos que estaban muertos han vuelto a la vida, estaban perdidos y han sido encontrados”!

Si queremos ser “la alegría de Dios y sus ángeles”, no es invocando una llamada justicia que ha violado la misericordia, sino maravillándonos de la gratuidad del amor de Dios que no ha enviado a su Hijo para “llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan” (Lc 5, 32).

La segunda lectura y el salmo nos ayudan a recorrer este camino de conversión precisamente a la luz la misericordia de Dios.

En todas sus cartas San Pablo, no puede abstenerse de decir su admiración ante el perdón que el Señor le ha concedido, cuando en su ignorancia, perseguía a los creyentes, pensando así servir a Dios.

Sin embargo, “la gracia del Señor fue más fuerte” que su ceguera, no sólo el Señor “lo ha perdonado”, sino “le ha tenido confianza encargándolo del ministerio, a él que en otro tiempo no sabía sino blasfemar, perseguir e insultar”.

El don de la confianza ¿No es el signo más seguro de la relación restaurada, que floreció en el amor -este amor que “requiere paciencia, no se irrita, no guarda rencor, Disculpa sin límites, aguanta sin límites, cree sin límites, espera sin límites” (1 Cor 4 y 7)? Es por eso que San Pablo pudo decir: “He aquí una palabra segura que merece ser acogida sin reserva: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”.

En cada uno de nosotros le quiere “manifestar toda su generosidad” a fin de que liberados de nuestras faltas podamos acercarnos “llenos de reconocimientos” al Dios que da la gracia.

Es así que “con la fe y el amor en Cristo Jesús” que podemos repetir el Salmo 50, este himno maravilloso de confianza y abandono en el Dios de la misericordia, que nos es propuesto en la liturgia dominical.

El salmista nos enseña a hacer la verdad ante el Señor al confesar sin complacencia nuestro pecado, pero con una fe inquebrantable en su misericordia, fuente de paz y alegría por el don de la reconciliación.

Entonces, desde nuestros corazones purificados podrá subir el canto de acción de gracias de los redimidos que se unirá con el de la multitud de los justos en el cielo:

“Honor y gloria al Rey de los siglos,
en un solo Dios, invencible e inmortal,
por los siglos de los siglos, amén”.

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