26° domingo del Tiempo Ordinario

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Domingo 26 de septiembre 2010

La parábola que Jesús nos cuenta está clasificada por los expertos entre las “parábolas de crisis”. Su objetivo es dar a conocer el problema real de nuestra vida cotidiana: en el claro oscuro de nuestras actividades cotidianas, decidimos, nos demos cuenta o no, de nuestro destino eterno.

Porque el reino de Dios ya ha venido en la persona de Jesús: toca a nosotros entrar por nuestra obediencia a Su Palabra. Por el contrario, la dispersión, la amnesia espiritual, la pesadez en las obras de la carne, nos pueden llevar a una ceguera temible.

Precisamente, las parábolas de crisis quieren advertirnos que después del tiempo de la misericordia, viene inevitable la del juicio, que irrumpe demasiado rápido y de manera inesperada.

Fiel al género literario de la parábola, Jesús construye su trama a partir de una situación bastante plausible. Establece el escenario y presenta a los personajes con unos cuantos trazos de la pluma precisos. La trama se desarrolla en línea recta, sin paréntesis, y nos lleva a una conclusión inesperada, que impone el silencio y la reflexión.

La situación del “hombre rico que vestía ropa de lujos y hacía todos los días festines suculentos” hace presentir que este hombre no posee la virtud de la moderación, pero no dice que haya adquirido su fortuna deshonestamente: utiliza – y, probablemente abusa – de los bienes que una buena fortuna ha puesto a su disposición. Es más bien el contraste con el versículo que sigue inmediatamente el que provoca una reacción de desaprobación. Que el rico haga la fiesta si tiene los medios, es cosa suya; pero que él no se dé cuenta del pobre Lázaro, postrado a su puerta, eso es inaceptable.

La vida egoísta que lleva el personaje principal ha sido tocada por su vecino, volver a centrarse en sí mismo, él se ha dejado atrapar en la indiferencia. Prisionero de su prisión dorada, se ha hecho ciego a las necesidades de su hermano en la humanidad, y sordo a las llamadas de Dios a la compasión más elemental.

De repente, surge lo inesperado: la muerte se los lleva a los dos, sometiéndolos al mismo tiempo a la prueba del juicio. Sobriamente, Jesús indica la dirección de la sentencia: el pobre es llevado al cielo con Abraham, se unió al coro de los ángeles y los santos, entró en la alegría de una vida de relación en plena apertura. Los ricos son enterrados en la tierra, sin más comentarios. Cada uno de los personajes de alguna manera continúa el impulso en esta vida: el pobre al que las privaciones desprendieron de este mundo, puede subir al cielo, el hombre rico descubre la vanidad de una vida se vuelta exclusivamente a los placeres terrenales.

El efecto sorpresa es alcanzado plenamente por la reversión completa de la situación, confirmada por el diálogo entre Abraham y el rico: desde la profundidad de su dolor, pide al Patriarca enviar a Lázaro para que le lleve un refrigerio. Es inútil tratar de comprender la naturaleza o la razón de este “abismo” que hace imposible este acto de compasión: los detalles de una parábola sólo sirven para mejorar el sentido del conjunto, no son en sí mismos de gran importancia. En nuestra relato, la presencia de este “abismo infranqueable” se refiere a la urgencia de la conversión: mañana es demasiado tarde. Ahora es el momento para asegurar que “hacer amigos con el dinero injusto”, a fin de que el día en que ya no será más, los amigos nos den la bienvenida en las moradas eternas” (Lc 16, 9).

La parábola podría haber terminado ahí: ella habría sido un saludable recordatorio de la doctrina del Antiguo Testamento en la falsa e ilusoria seguridad de las riquezas que el profeta Amós denuncia con términos mordaces en la primera lectura. Pero Jesús hace que el relato cobre actualidad, proponiendo una actualización inesperada de los acontecimientos, que obliga a situarse en relación con él.

¡En un impulso de caridad – que debería impedirnos proyectar cualquier descripción narrativa del infierno! – El hombre rico suplica a Abraham, no pudiendo personalmente ser aliviado de su sufrimiento, al menos advertir a sus hermanos para que no compartan su destino. La respuesta del patriarca reenviando a “Moisés y a los profetas” hace que la confesión del rico: el testimonio de las Escrituras no es suficiente para despertar de su letargo a los hombres atrapados en la seducción de este mundo. Pero él insiste: “Si alguien de entre los muertos viene a encontrarlos, se van a convertir.” La negación de Abraham viene abruptamente a cerrar la parábola: “Si no oyen a Moisés ni a los profetas, bien podría resucitar alguno de entre los muertos: y no serán convencidos.”

Es evidente que, si nos negamos a escuchar la llamada al arrepentimiento que Dios no cesa de enviarnos en las Escrituras, si nos encerramos en nuestro egoísmo, seremos incapaces de entrar en la comunión de la salvación inaugurada por la resurrección. La Pascua de Nuestro Señor sólo libera a quien se deja convencer del pecado por la palabra de los profetas, y que consiente el cambio saludable impulsado por el espíritu de la caridad.

Pongamos atención “en la forma en que escuchamos. Porque el que tiene recibirá, y al que no tiene nada le será llevado incluso aquello que parece tener” (Lc 8, 18). Hoy el Señor pasa y nos invita a despertar: no es abandonándonos a la apatía que entraremos al reino, sino “continuar luchando por la fe que vamos a obtener la vida eterna”. Porque se trata de “permanecer irreprochables y justos hasta el momento en que se manifestará nuestro Señor Jesucristo”. Pues, la fe refleja su vida interior a través de las obras de caridad que ella da a luz mucho más que sus obras de piedad. Más precisamente, una compasión activa justifica la autenticidad de una vida interior que está realmente bajo la moción del Espíritu, porque el hombre espiritual se distingue por su atención a los pobres y el compromiso de su servicio.

Mantengamos pues los ojos fijos en Jesús, que está al principio y al final de nuestra fe, y vivamos “en el amor, la perseverancia y la mansedumbre, guardando los mandamientos del Señor”, es decir: viviendo en una caridad fraterna que se pone a trabajar, a fin de que el día que tengamos que comparecer ante él, “el bienaventurado y único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores, el único que posee la inmortalidad” nos acoja en su casa y nos dé parte en su vida, conforme a su designio para con nosotros, manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro “a él, el honor y el poder eterno. ¡Amén! ”

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