27º domingo del tiempo Ordinario

Domingo 3 octubre 2010

Al escuchar la enseñanza de Jesús sobre las condiciones de acceso al Reino, los Apóstoles se dan cuenta de que no están a la altura. El sentimiento doloroso de su impotencia y la urgente necesidad de la ayuda del mismo Dios, les arranca un grito que traiciona su ansiedad – que compartiríamos: “¡Aumenta nuestra fe!” Ellos entendieron que la enseñanza de su Maestro no desemboca en una nueva ideología, sino que exige una conversión radical, una entrega total al que con razón llaman “Señor” en lugar de “Rabí”.

La respuesta de Jesús confirma que en realidad es junto a la fe que se encuentra la respuesta, pero él opone a su solicitud de un aumento cuantitativo, un concepto desconcertante: bastaría con tener fe como una semilla diminuta, que no exceda el tamaño de un grano minúsculo, para arrancar de una sola palabra una morera negra (sicomoro) que puede resistir ¡seis siglos a la intemperie!

Tanto como decir que la fe no opera de acuerdo con el orden y la lógica de este mundo: hablar con un árbol, que os escucha, y que se trasplanta en un entorno de vida que no es suyo es, por decir, lo menos usual.

Ciertamente la fe actúa, pero de manera totalmente imprevista e imprevisible: “El viento sopla donde quiere: tú escuchas el ruido que hace, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es con todo aquel que nace del soplo del Espíritu” (Jn 3, 8). Lo único que podemos hacer es ponernos a disposición de la acción de este principio de vida y acción nuevas: “Lo que nace de la carne, carne es, lo que nace del Espíritu, es Espíritu” (Jn 3, 6). Esto es así porque nos pone en relación directa con Dios, la cual permite realizar lo imposible.

La parábola que Jesús ofrece en seguida de estas palabras desconcertantes, no es para arreglar las cosas. Estamos de vuelta en la vida cotidiana, de una comparación que afecta a la relación entre un cabeza de familia y de su siervo – literalmente, su esclavo. En la primera parte de la historia, el esclavo realiza el trabajo que normalmente se espera de él arando o cuidando el ganado. Al llegar a la casa de su amo, lo llama para una tarea muy específica, el servir a la mesa – el término utilizado – diakonein, de donde se deriva la palabra “diácono” – designa específicamente el servicio a las mesas, entendidas como el servicio de la caridad en el libro de los Hechos.

Si bien esta tarea extra demora la hora de la comida del servidor, aunque no es un trabajo pesado y exigente, como el que cumplió todo el día, sino más bien de una responsabilidad de honor porque ese ministerio es confiado habitualmente al hombre de confianza de su amo – incluso su hijo – que él llama a entrar en su vida privada. Aquí es donde el esclavo cambia de status y es elevado, sin saber por qué, a nivel de heredero, al precio de un pequeño servicio que no requiere ningún esfuerzo por parte de él.

Esta tarea adicional, anodina en apariencia, extrañamente se asemeja a la fe del tamaño de una pequeña semilla de mostaza, que realiza hazañas – si al menos ella tiene prioridad en nuestras vidas, es decir, si está antes del comer y beber del siervo.

Al reunir las dos partes de la perícopa, parece que Jesús quiere llamar nuestra atención a lo que, a costo de poco esfuerzo, puede transformar completamente nuestra condición existencial poco envidiable, ya que somos esclavos de la necesidad de laborioso repetido indefinidamente.

Sólo bastan pequeñas cosas: el saber tomarse el tiempo al final de nuestra jornada, sentarnos con el Señor a la mesa de Su Palabra o de la Eucaristía, a fin de redescubrir en la fe que no somos “esclavos, gente que sigue teniendo miedo; que hay un espíritu que hace de nosotros hijos, movidos por este Espíritu, clamaos al Padre, llamándolo “¡Abba!” Por lo que el mismo Espíritu Santo dice a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Puesto que somos Sus hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos con Cristo, si sufrimos con él para estar con él en gloria “(Rom 8, 15-17).

La referencia a la necesidad del sufrimiento es suficiente para preocuparnos, pero nuestra fe no debe estar condicionada por los fracasos en este mundo, que son muy beneficiosos para llevarnos a encarnar la fe en una actitud de abandono cada vez más radical, porque “el justo vivirá por su fidelidad” (1 ª lect.), es decir, una fe a probada.

Es precisamente por ello que él puede mantenerse “hasta el tiempo señalado”, como San Pablo invita a su “amado hijo” Timoteo a “despertar en él el don que de Dios que ha recibido a través de la imposición de manos del apóstol” (1 ª lect.) la fe es, de hecho, participación en “el poder de Dios” en el Espíritu “del amor y la razón”, que quiere tomarnos en todas las dimensiones de nuestro ser para convertirnos en diaconoi, servidores de la caridad – es decir, los servidores del Evangelio, del que hemos sido establecidos “depositarios” como nos lo recuerda San Pablo.

En espera de la intervención final de Dios del retorno de Cristo en la gloria, sigue siendo la pequeña semilla de fe que nos permite reconocer que no hay duda de la venida del Señor: su promesa de “se realizará, pero sólo en el tiempo señalado. Sin duda, vendrá a su hora”.

No nos toca conocer ni el día ni la hora en que la luz de la Pascua vendrá a disipar las tinieblas del Viernes Santo, que extiende su velo de muerte sobre nuestra tierra (Mt 25, 13). Es por eso que continuamos nuestro camino de fe en la certeza de que la promesa de “tiende a su cumplimiento y que no va a defraudar”.

“Señor, “despierta en nosotros el don” que nos has hecho el día de nuestro bautismo. “Aumenta nuestra fe”, o más bien vivifícala con una nueva efusión del Espíritu de caridad, a fin de que tengamos la fuerza para arrancar de raíz todas nuestras dudas y de “vivir por nuestra fidelidad”, caminando ante ti “dándote gracias y aclamándote con nuestros himnos de fiesta”.

Comments are closed