28o. Domingo del tiempo ordinario

Domingo 10 octubre 2010

Para no hacer impuro al maestro, los diez leprosos se acercan a Jesús, pero estando de pie a cierta distancia claman a él su angustia: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” ¿Qué esperaban ellos? Sin lugar a dudas que ellos alimentaban la esperanza un poco loca de conseguir su curación. Sin embargo, saben que sólo Dios puede curar la lepra. Pero este rabino de Nazaret ¿no resucitó a la hija de la viuda de Naín (Lc 7, 11-17)?

Jesús no avanza hacia ellos para tocarlos, como suele hacerlo cuando cura, y no pronuncia palabra que signifique que tiene autoridad sobre la terrible enfermedad. Simplemente se contenta con ordenarles cumplir los requisitos legales en el caso de la purificación de la lepra.

Al hacerlo, está claro que el Señor pone su fe a prueba porque se supone que deben ir a presentarse al sacerdote del templo, mientras que de hecho ¡todavía no están curados! La prueba es mucho mayor que a la que Eliseo había sometido a Naamán, ordenándole sumergirse siete veces en el río Jordán. Ahora, los diez muestran una confianza ejemplar ya que la ejecutan sin discusión: sin objetar nada al Señor, ellos van a Jerusalén para presentar a los sacerdotes.

Es sólo en el camino que obtienen el resultado querido, en respuesta a su acto de obediencia a la palabra de Jesús. Sin embargo, sólo el leproso samaritano regresó a Jesús “glorificando a Dios en voz alta.” La curación de los otros nueve no cambió su percepción de Dios o de Jesús, ciertamente que ellos son purificados, pero sólo al samaritano se le escucha decir: “Tu fe te ha salvado.”

Los demás no han sido capaces de interpretar el signo de la curación como un llamado a ofrecer no sólo su cuerpo sino su alma, su corazón a este Jesús que tiene una autoridad tal sobre el mal. Ellos no perciben que su curación física fue la invitación que el Señor les dirigió, a no mantenerse alejados, sino a acercarse a él para recibir amás: su amor y salvación que sólo Él nos puede ofrecer. Pero es precisamente esta “fe salvadora” un acto de entrega de todo nuestro ser a Cristo reconocido como Señor y Salvador. Los diez leprosos fueron limpiados, pero sólo uno irá a la final de su curación, para la salvación.

Se podría decir que nueve de los diez leprosos no tenían necesidad de un salvador, sólo el décimo ha reconocido a Jesús como el salvador. Los salvadores, son los médicos, enfermeras y ambulancias y servicios de emergencia. Salvador sólo hay uno: el Cristo de Dios.
¿No hacemos de Jesús este tipo de “urgencias”, como los nueve leprosos en el Evangelio de este domingo – o el sirio Naamán general, molesto de verse obligado por algo tan inocuo prescrito por Eliseo de bañarse en el río Jordán ?

“Señor, yo pase un examen, mi padre está enfermo, tengo que pasar mi examen de conducir … Voy a encender una vela. “Ciertamente, esta actitud no tiene nada de malo: el mismo Jesús nos invita a pedir con insistencia, lo que es más preocupante es que muchos “creyentes” no se vuelven a Dios sino a veces: cuando necesitan un “salvador”. El resto del tiempo se va muy bien de él y olvidándolo … El samaritano por el contrario ha presentido muy bien el reto de la curación de que fue beneficiario: volviendo a Jesús, se postra ante él y le adora “y le da las gracias.”

No regresa a saldar una deuda, él no actúa como Naamán, el general sirio que insiste a Eliseo que acepte un regalo. A través del don gratuito de Dios, que el general de un ejército extranjero, enemigo de Israel, es invitado a descubrir que simplemente es amado por Dios, aunque sea pagano.

Nuestro samaritano, un miembro de un pueblo considerado hereje por los Judios, entendió que su recuperación era una gracia divina, pero que dice gracias, dice gratuidad, don del amor. Así regresa a expresar su gratitud, para expresar su amor. Y es por esta conexión personal que se convierte en discípulo.

Se dice que Abraham Lincoln fue un día al lugar donde se vendían esclavos. Una joven negra, muy bonita, fue puesta a la venta. Lincoln hizo una oferta que fue superada. El precio aumentó rápidamente y Lincoln aumentó su oferta para ganarla. La joven le fue dado a él y juntos se fueron de ese lugar. Ella despreciando a su comprador se dijo sí misma: “Ahora comienzan los abusos que me tengo que sufrir “Pero Lincoln la sorprendió diciéndole: “Señorita, usted es libre.” “¿Libre?” Ella le preguntó,” libre de qué? ¿De decir lo que quiero? “Sí,” respondió Lincoln. “Libre de ser lo que quiero? “Sí,” respondió Lincoln todavía. “Libre de ir a donde quiera? “Sí,” respondió Lincoln de nuevo. “Entonces-dijo ella con lágrimas en los ojos” si este es el caso, me iré contigo.”

Creer en Jesús es reconocer él es el Señor, hacerse su discípulo significa que estamos maravillados de la gratuidad de la salvación que nos ofrece, que nosotros no podemos vivir sin él, que sentimos necesidad de una relación más profunda con él cada día. Si nos reunimos todos los domingos, ¿no es para ser curados en la profundidad de la lepra del pecado, por la escucha de su Palabra y el comer de su cuerpo santísimo?

En una homilía pronunciada en Viena, el Papa Benedicto XVI se refería a los mártires de Abitene, detenidos durante la celebración de la Eucaristía dominical. Los jueces que los interrogaron acerca del por qué de su transgresión de una prohibición a precio de la vida, estos cristianos respondieron: “Sin el don del Señor, no podemos vivir”. El Santo Padre comentó:

“Para estos cristianos, la misa dominical no era un mandato, sino una necesidad interior. Sin él, que sostiene nuestra vida, la vida misma es vacía. Abandonar o traicionar este enfoque privaría a la vida misma de su fundamento, su dignidad interior y la belleza. Nosotros también necesitamos el contacto con el Resucitado, que nos sostiene más allá de la muerte. Necesitamos este encuentro que nos reúne, que nos da un espacio de libertad, que nos hace mirar más allá del bullicio de la vida cotidiana, el amor creador de Dios, del cual venimos y hacia el que estamos en marcha. “

El Evangelio de este día nos enseña que la salvación se recibe al final de un camino que comenzamos a recorrer cuando, tomando conciencia de la curación de nuestra vida hecha por Cristo, volvemos a él para darle las gracias.

Celebrar la “Eucaristía” significa, precisamente, dar gracias, es decir, los signos por los que a lo largo de la semana, el Señor mostró su activa presencia a nuestro lado. Para luego compartir el pan y el vino consagrados, la vida misma de Jesús, que nos hace participar así de la relación de amor que lo une al Padre en el Espíritu.

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