2o. Domingo de Adviento

Domingo 5 de diciembre 2010

En la primera lectura, Isaías profetiza un Mesías-Rey salido del tronco de Jesé, sobre el que se posará el Espíritu del Señor. David será este rey, pero su reinado prefigura el del Rey de reyes: nuestro Señor Jesucristo.

Jesús es este Rey Mesías anunciado por Isaías y prefigurado por David, sobre el que reposa la plenitud del Espíritu Santo. Mateo nos dice que después de que Jesús fue bautizado, Juan el Bautista vio al Espíritu de Dios que descendía sobre él como un paloma y al mismo tiempo oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado quien tiene todo mi favor” (cf. Mt 3, 16-17).

Mientras que Juan bautizaba sólo con el agua con un bautismo de arrepentimiento, porque el Espíritu reposa sobre él, Jesús bautizará con el Espíritu Santo y fuego con un bautismo de salvación, de redención y de santificación.

El día de nuestro bautismo, nos convertimos en templos del Espíritu Santo y hemos sido quemados con el fuego de ese mismo Espíritu para la misión. La imagen del fuego es una de las que prefiere la Biblia para hablarnos de la presencia misteriosa del Espíritu de Dios. Ciertamente, ella debe inquietar porque el fuego consume, destruye. Pero ¿Los espacios devastados por el fuego no se presentan enseguida, particularmente fértiles debido al enriquecimiento de la tierra a través de los residuos carbonizados? Podemos establecer aquí un paralelismo con los efectos del bautismo, donde la llama del amor de Dios empezó a consumir en nosotros el viejo hombre porque sobre sus restos, el hombre nuevo hombre puede crecer y dar fruto. Este hombre viejo es todo lo que en nosotros, no pertenece a Cristo. Esta paradoja de un fuego purificador combinado con una fecundidad nueva que es sugerida cuando Juan Bautista asocia el agua bautismal a una flama, fuente de una cosecha abundante: “Yo os bautizo en agua para moverlos a la conversión. Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y yo no soy digno de quitarle las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y fuego, y El tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. Ver Evangelio)

Dios, que es la caridad que nos quiere purificar por el fuego de su amor hasta que no quede nada que destruir y que Él sea nuestra felicidad. Somos nosotros quienes determinamos, por nuestra actitud interior de acogida o de rechazo de la gracia, como vamos a vivir bajo esta mirada de amor que es un fuego inextinguible. Se trata de consentir a la destrucción en nosotros del hombre viejo para que puedan germinar y crecer los valores del Reino. Convertimos es dar el consentimiento a esta prueba de fuego en nosotros. Y Juan Bautista nos recuerda que hay urgencia: “Arrepentíos porque el reino de los cielos está cerca”.

¿Cuáles son estos valores del Reino aportados por el Señor y que quiere crecer en nosotros para dar un fruto de vida?

En primer lugar, la justicia auténtica fundada no en las apariencias y rumores, sino en la verdad: “No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia a los pobres del país”.

Entonces, la verdadera paz, obra del Mesías, que transforma la naturaleza y actúa en el corazón de los hombres: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey. El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la creatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. Esta paz reunirá Judíos y gentiles, y en general todos los hombres de todas las lenguas, pueblos y naciones, en la alabanza de un solo Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo: “Por lo tanto, en un solo corazón, una misma voz, daréis gloria a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo”.

A la paz, agregamos la esperanza en la perseverancia en la consolación que dan las Escrituras, donde el hombre encuentra todo lo que Dios ha querido revelar para su salvación: “Todo lo que las Escrituras han dicho antes de nosotros está escrito para instruirnos, a fin de que poseamos la esperanza gracias a la perseverancia y al valor que dan las Escrituras”.

Por último, una existencia vivida dando un fruto de caridad, a imagen de la de Juan Bautista.

“Durante este tiempo de Adviento, podamos dejarnos encender del fuego del Espíritu para convertirnos en Cristo en antorchas viviente de caridad, testigos vivos del amor de Dios para todos los hombres. Esta será la manera más bella y fecunda de preparar el camino del Señor en el corazón de sus hijos. “

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