2o. Domingo de Cuaresma

“Mira el Cielo” le pide el Señor a Abraham. La invitación a la conversión para nuestra segunda semana de cuaresma concierne a nuestra mirada. Jesús transfigurado se ofrece a las miradas vueltas hacia el Cielo y abre a otra conversión: la de nuestros oídos. “Escúchenlo”, clama la voz en la nube.

Jesús va a la montaña para orar. Es su fin. No va como a prepara una sorpresa espectacular. Él se reúne con el Padre. Jesús lleva con él tres de sus discípulos. Los que están en todas las teofanías. Los “toma” con él; Jesús toma a los discípulos en su oración, los introduce en el corazón de su diálogo con el Padre. Subiendo al Tabor, emprendemos un viaje al corazón de la Trinidad.

Lo sabemos, cuando ora, Jesús dice “Abba, Padre”. El evangelio nos deja oír que el Padre a cambio lo llama “mi Hijo, el que escogí”. Existe una intimidad entre los dos que nadie más comparte. Intimidad aquí no quiere decir proximidad exclusiva de otros. Quiere decir conocimiento en el amor. Porque “nadie conoce al Hijo, si no el Padre, y nadie conoce al Padre, si no el Hijo, y aquel al que el Hijo quiere revelarlo” (Mt 11,27). ¡El evangelio pues nos introduce en la intimidad de la oración de Jesús no como espectadores (o mirones!) sino como amigos a quienes el Hijo quiere revelar al Padre. Es por esta razón que nos toma con él. Jesús nos revela al Padre introduciéndonos en el corazón de su relación filial. Es decir que sólo se vive plenamente la paternidad de Dios en el Hijo. Sin duda encontremos allí una razón por la cual Jesús jamás se presentó como el Hijo de Dios. Por cierto, la primera razón se tiene que encontrar en la cultura de la época – “hijo de Dios” designaba tanto a los reyes como los profetas o toda personalidad notable-, pero, por encima de todo, porque no se puede conocer al Hijo sino en su relación con el Padre. Así, si nos permite conocer al Padre, Jesús mismo nos permite conocerlo también, en el Padre.

El Padre es feliz de este don. Está profundamente feliz de que su Hijo le reúna a sus hijos dispersos. El se abre a ellos y los introduce en el diálogo íntimo que mantiene eternamente con el Hijo: “éste es mi Hijo”. El Padre nos designa al Hijo y nos interpela; desde entonces, él también nos introduce en el coloquio que mantiene con el Verbo eterno. “Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado” del salmo se abre en el evangelio a otro interlocutor en el “he aquí mi hijo muy amado”. Dios Padre nos toma con él en la oración de su Hijo.

Porque nos introduce en el corazón del misterio de la vida, la transfiguración es un anuncio de la muerte y de la resurrección. Las dos. Porque la unión del Hijo al Padre, la vida filial a la que Jesús nos introduce por su oración, se descubre también sobre la Cruz, ofrenda del Hijo del Hombre. El Tabor como la Cruz es el altar donde el Sumo Sacerdote eleva su ofrenda al Padre. El Tabor como la Cruz es el lugar de donde Jesús atrae a todos, al seno del Padre. “No se ve más que a Jesús”: Ecce Homo. El Hombre, en toda su gloria, el Hombre a la luz de la resurrección.

Subir con Jesús al Tabor es un camino puramente espiritual y totalmente encarnado. Inútil, como san Pedro, soñar que se instala en un mundo que sólo sería espiritual. No sería la eternidad, es sólo la última tentación para los discípulos. No ponemos la tienda sobre la montaña santa. Hay que volver a bajar de la montaña y vivir la gracia recibida, hasta en la carne. San Pablo dice en la segunda lectura: “el Señor Jesucristo (…) Transformará nuestros pobres cuerpos a imagen de su cuerpo glorioso”. La gracia del Tabor nos atañe totalmente, cuerpo, alma y espíritu. En un mundo donde “mucha gente vive como enemiga de la cruz de Cristo”, en una cultura que desprecia el cuerpo, haciéndole a la vez un ídolo y un objeto, es importante recordar la nobleza y la verdadera grandeza del cuerpo.

Esta “transformación de nuestros cuerpos” se vive también en plural, comunitariamente. Transfigurándonos a todos “a imagen de su cuerpo glorioso”, todos juntos, Cristo transfigura también nuestras diferencias que son un reflejo de su propia riqueza. Estas diferencias fundamentales que caracterizan a cada uno de los hijos de Dios a menudo nos pesan y nos dividen. Sobre el Tabor, revelan su sentido y encuentran su unidad en Cristo.

Lo mismo en cada individuo. La contemplación de la transfiguración actúa en prisma para nuestras dispersiones y para nuestro disipaciones interiores. Contemplar la luz de Cristo nos unifica interiormente y nos une a él revelándonos nuestro sentido y nuestra unidad. Cristo es el sentido de nuestra vida. Contemplando al transfigurado, contemplamos nuestro futuro.

Cuando la voz se calla en la nube, queda sólo un silencio que abre los ojos: “no se ve más que a Jesús”. Señor Jesús, concédenos a acoger tu Palabra como el Padre lo pide para que te conozcamos en el amor. Así te reconoceremos en cada uno de nuestros hermanos y en nosotros mismos; así marcharemos alegres y confiados en tu seguimiento, hacia la Jerusalén Celeste dónde encontraremos por fin la morada donde nos instalaremos en tu amor.

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