2o. Domingo de Pascua

Este segundo domingo después de Pascua, en la Iglesia mucha gente dirige su atención hacia el misterio de divina Misericordia. Sin embargo, los textos de la liturgia de este día directamente no nos hablan de la Misericordia. ¿Cómo hacer el lazo entre ésta y las dudas de Tomás en el evangelio?

Apareciendo a su apóstol e invitándole a acercar la mano hacia su costado, Jesús le da una “prueba” tangible de su resurrección. Pero, al mismo tiempo, le intima a dejar de ser incrédulo y a ser creyente. En realidad, Jesús invita a Tomás a que sobrepase una incredulidad que concierne no al acontecimiento de la resurrección (que está ahora para la evidencia sensible), sino en el sentido que hay que darle a ésta. Por otra parte, no se dice que Tomás pone su mano en las heridas de su Señor…

Los discípulos le habían anunciado a Tomás: “¡hemos visto al Señor!”. Ciertamente, habían gozado de una aparición del Resucitado. Sin embargo, sabemos que en san Juan, el verbo “ver” no designa una visión sensible, sino la percepción nueva que se abre respecto al creyente gracias a la acción del Espíritu, como lo sugiere el relato: “reciban al Espíritu Santo. Todo hombre a quien ustedes perdonen sus pecados, le serán perdonados”. A través de las palabras de Jesús que les da el poder de perdonar, percibimos que, lo que los discípulos “vieron”, por la obra del Espíritu en ellos, es el sentido verdadero del acontecimiento de la resurrección: el triunfo de la Misericordia divina. De la que fueron los primeros beneficiarios, ellos son invitados a compartirla. Es aquí dónde deben entrar en la fe, porque esta gracia permanece invisible. En efecto, nada en el orden sensible permite verificar el perdón de los pecados.

En realidad, Tomás, él que como muchos había abandonado al Señor durante su Pasión, pedía un “signo” para atreverse a creer en la Misericordia. El Señor se lo da presentándole sus heridas y su costado abierto. Tomás puede entonces acoger la gracia y pronunciar la confesión más bella de fe de los evangelios: “¡Señor mío y Dios mío!”. El Espíritu Santo le dio a “ver” en Jesús, al Hijo de Dios, vencedor del mundo por la efusión de su Misericordia en el agua y la sangre brotados por su costado traspasado. Ahora, Tomás sabe que es perdonado y puede a su vez hacerse heraldo de este perdón. En cierta manera, Tomás hace la misma experiencia que Pedro cuando el Resucitado se le al borde del lago de Tiberiades (Cf. Jn 21): experiencia de la Misericordia divina que en lo sucesivo va a seguir como su sombra al primero de los apóstoles (Cf. 1ª lect.) Y reunir totalmente a aquellos a los que encontrará para hacerlos “adherirse al Señor por la fe” (Cf. 1ª lect.).

A esta Misericordia, nosotros también queremos abandonarnos con confianza.  Hemos de entregarnos a Jesús resucitado, el que en el libro del Apocalipsis nos dice: “no tengas miedo. Yo soy el Primero y el último, soy el viviente: había muerto pero he aquí viviendo por los siglos de los siglos” (Cf. 2ª lect.).

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