3er. Domingo de Pascua

¿Por qué este segundo final del cuarto evangelio (21, 1-19)? ¿Por qué esta última adición si ya el último versículo del capítulo 20 cerraba muy bien el libro?

Además es extraño en este relato: los “discípulos” no son once, sino siete, entre los que están solamente cinco son nombrados -todos los reclutas de la primera hora. ¿Y qué hacen? ¿ Recorren las ciudades y los pueblos como el Señor se lo enseñó, invitando a la conversión y a la fe? En absoluto: ¡regresan a sus redes, y simplemente van de pesca!

Podríamos creer que en el desconcierto que siguió a la crucifixión, los apóstoles repiten su actividad profesional, no sabiendo que pensar y qué hacer. Pero no: los encuentros con el Resucitado, largamente relatados en el capítulo 20, permitieron reunir al grupo dispersado por la tormenta. El Señor los envió explícitamente, con la misión de ser los testigos de su misericordia victoriosa (Jn 20, 23). ¡Es verdaderamente difícil comprender cómo a Pedro, Santiago, Juan, Natanael, y Tomás -del que se acuerda que gozó de una aparición (20, 28) particular- se embarcan tranquilamente para pescar en el lago de Tiberiades!

Este capítulo no sería una “continuación” simple del capítulo precedente. Parece más bien, al término del relato, como una última apertura sobre la dimensión universal de la misión. Es decir, el pasaje no quiere hablarnos solamente de la comunidad de los primeros discípulos, sino de toda comunidad que invoca a Cristo. Los acontecimientos reunidos alrededor del relato de una pesca milagrosa, constituyen un tipo de itinerario que todo compañero del Señor y toda comunidad cristiana tienen que recorrer. La cifra siete evoca en efecto una plenitud que rebosa el contexto estrictamente judío (donde encontraríamos más bien la cifra doce) y que se abre sobre las naciones paganas.

Estos hombres que se dedican a su obra son descritos como “discípulos”. El doble nombre -Simón-Pedro- y el contexto de una pesca milagrosa, hacen eco a la llamada del que será el jefe del colegio apostólico. El relato en Lucas 5, 1-11 termina con esta palabra profética de Jesús dirigida a su apóstol: “no tengas miedo, en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Y el evangelista añade: “entonces devolvieron las barcas a la orilla y, dejándolo todo, lo siguieron” (Lc 5, 11). Nada nos autoriza a pensar que Simón-Pedro y sus compañeros habrían vuelto sobre esta decisión.

Podemos pues interpretar la pesca nocturna en Juan 21 como la descripción simbólica del trabajo de evangelización -como lo confirma por otra parte el número de peces capturados echando la red de la Palabra por orden de Jesús: la cifra “ciento cincuenta y tres” corresponde en resumen a las naciones conocidas en la época de la redacción del cuarto evangelio.

Así pues, nuestros siete compañeros se apresuran al anuncio de la Palabra, pero sus esfuerzos permanecen estériles. Sin embargo, conocen su “oficio”: ¿no fueron a la escuela del mismo Señor? Imaginamos sin dificultad el desconcierto de estos hombres ante la oposición de sus interlocutores a sus esfuerzos de evangelización. ¿El Señor los habría abandonado? ¿El Espíritu se habría retirado? No teniendo nada más que perder, estos hombres responden al llamado de un desconocido y le obedecen en contra del sentido común. Traduzcamos: aceptan salir del marco bien estructurado de su pastoral. Y la respuesta a su acto de fe, está más allá de toda esperanza.

No, Jesús no se había alejado; pero hacía falta que la comunidad pasara por esta experiencia del fracaso, para recobrar su dinamismo original. La escucha atenta del Señor y la obediencia a su llamada, son mucho más importantes que nuestras estrategias largamente reflexionadas y pacientemente puestas por obra; porque el Maestro es Cristo (Mt 23, 10): es él quien llama y quién envía, es él quien asegura la fecundidad.

Toda comunidad evangelizadora comienza en el Espíritu; pero corre el riesgo de atribuir insensiblemente el éxito de su trabajo al fruto de sus propios esfuerzos. También es indispensable que haga la experiencia amarga de la esterilidad. Feliz la comunidad que ante el fracaso, en lugar de proseguir encarnizadamente, o de procurar inventar a otras técnicas pastorales más perfectas, sabe recuperarse humildemente a la escucha del Señor, y discernir su segunda llamada, que a menudo pasa por súplicas totalmente inesperadas.

La fecundidad de una misión llevada a pesar de toda previsión y programación, deja ver quién actúa en el secreto, con el fin de hacernos volver a él, fuente y fin de toda evangelización.

Simón-Pedro comprende: sí es “el Señor” quien llama a un mayor despojo, a un abandono más radical. Se da cuenta que hasta sin percibirlo, había dejado la vestidura de la fe, para actuar más libremente en su propio nombre. Conteniéndose, “deja su vestido y se echa al agua”, abandonando todas sus estratagemas para alcanzar a Jesús a la orilla, dónde éste preparó para los suyos una comida.

Es en torno a la Eucaristía que toda la comunidad se constituye, se estructura; es en la Eucaristía en la que se encuentra y rehace su unidad. Es de la Eucaristía que es enviada para cosechar lo que no plantó, cosechar lo que no sembró.

El episodio del encuentro personal de Pedro y Jesús es uno de los más emocionantes del Evangelio. La triple pregunta de Jesús se explica por su deseo de darle a Pedro la posibilidad de borrar su triple negación en el curso de la pasión. Dios les da siempre a los hombres una segunda posibilidad; a menudo una tercera, cuarta, un número infinito de posibilidades. No excluye a las personas de su libro a su primer error. La confianza y el perdón del Maestro hicieron de Pedro una persona nueva y fuerte, que será fiel hasta la muerte. Conducirá el rebaño de Cristo en los momentos difíciles del comienzo, cuando se tratará de salir de Galilea y de lanzarse a los caminos del mundo. Al término de su carrera, Pedro se hallará en la situación de cumplir su promesa de dar su vida por Cristo.

El diálogo entre Jesús y Pedro puede ser trasladado a la vida de cada uno de nosotros. Comentando este pasaje del Evangelio, san Agustín afirma: “interrogando a Pedro, Jesús también interrogaba a cada uno de nosotros”. La cuestión: “¿Me quieres?” Se dirige a todos los discípulos. El cristianismo no es un conjunto de doctrinas y de prácticas; es algo mucho más íntimo y profundo. Es una relación de amistad con la persona de Jesús Cristo. En el curso de su vida terrestre les había preguntado muy a menudo a las personas: “¿tú crees?” Pero jamás: “¿Me amas?”. Lo hace sólo ahora, después de haber dado la prueba, a través de su pasión y su muerte, de cuánto Él nos amó.

Jesús explica que la manera de amarlo es servir a los otros: “¿Me amas? Apacienta mis ovejas”. No quiere recibir los frutos de este amor, quiere que sean sus ovejas las que los reciban. Es el destinatario del amor de Pedro, pero no su beneficiario. Es como si le dijera: “considero que lo que hagas a mi rebaño, es a mí quien lo habrás hecho”. Nuestro amor por Cristo no debe tampoco permanecer como algo intimista y sentimental, sino debe expresarse en el servicio a otros, en el bien que hacemos a nuestro prójimo. A Madre Teresa de Calcuta le gustaba repetir: “el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz”.

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