33er domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 14 noviembre 2010

Malaquías utiliza las imágenes clásicas de la tradición profética para describir la venida del Señor. Es como un fuego consumidor para los que no han sido fieles a él, y para los que se han mantenido firmes en la fe, será como un sol, cuyos rayos calientan y sanan.

En el evangelio de este domingo, Jesús usa el mismo género apocalíptico. Como signo del final de los tiempos, anunció la destrucción del Templo de Jerusalén. La nueva creación se establecerá en medio del fuego, los terremotos, las epidemias de peste y hambre. Y como si esto fuera poco, añade que esto será precedido por un tiempo de persecución en el que se va a sufrir a causa de los miembros de su familia y amigos.

Todas estas imágenes fueron utilizadas por Jesús con el objetivo primordial de provocarnos a renovar nuestro punto de vista sobre nuestras vidas. “Eso tiene que ocurrir primero, pero no será inmediatamente el fin”: Jesús no quiere describir lo que será el final de los tiempos o el fin del mundo. Por el contrario, quiere exhortarnos a la paciencia y la perseverancia en medio de las tribulaciones de este mundo: “Grábense bien en la cabeza que no tienen que preocuparse de su defensa … Ni un cabello de su cabeza perecerá. Por su perseverancia obtendrán la vida.”

Tenemos aquí el testimonio del paso en la primera comunidad cristiana de una expectativa febril de retorno glorioso del Señor a una actitud de esperanza y perseverancia. La historia ya no es vista como algo que hay que sufrir en espera de la Parusía, sino como una realidad que se dirige hacia ella. Dios no sólo habita en la historia sino también le da un sentido. La historia tiene un valor positivo, incluso a través de muchas dificultades. La cuestión no es tanto de espiar los signos del fin de este mundo sino de pasar, impulsados por la fe, la esperanza y la caridad al mundo nuevo a través de los dolores de parto.

El futuro del nuevo mundo no nos llama a renunciar al presente de nuestra existencia. Para aquellos que, en espera de la venida del Señor en la gloria, ya no se sentían obligados a trabajar y se encontraban en la ociosidad, San Pablo no dudó en decir: “A aquellos dirigimos, en el Señor Jesucristo esta orden y este apelo: trabajen en silencio para comer el pan que va a ganar”.

En el corazón de nuestras vidas se cruzan este mundo presente y el mundo por venir, un mundo transitorio, limitado, marcado por la caducidad y el pecado y el Reino del infinito y de siempre, el mundo futuro al que nos dirigimos. De estos dos mundos, somos ciudadanos. Se trata de vivir el presente de nuestras vidas para nuestra vida futura a fin de aplicar la regla de nuestra fe para llevar a cabo una conducta más justa.

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