3er. Domingo de Cuaresma

Jesús hace una pregunta que obsesiona a todos nosotros: las víctimas de la tormenta que azotó la Vendée la semana pasada, o el terremoto en Chile, los presos políticos que se pudren en las cárceles y ejecutados sumariamente en Irán, las columnas interminables de los refugiados errantes en las pistas africanas, incluso a nuestros seres queridos o amigos que padecen enfermedades incurables … ¿por qué? ¿Qué han hecho para “merecer” tal suerte?

O a la inversa, ¿quién no ha soñado en secreto en una justicia inmanente para todos los verdugos de la tierra quienes están llenos de impunidad?

Y para nosotros mismos, ¿No toca ahora a nosotros que le pidamos cuentas a Dios cuando nos encontramos afligidos por pruebas que consideramos inmerecidas?

Frente a estas cuestiones delicadas, mejor vale escuchar lo que Jesús tiene que decirnos, más bien que extraviarnos en vanas especulaciones.

Su respuesta enigmática se desarrolla en dos tiempos: “estas personas no son castigadas por malas acciones particularmente graves que habrían cometido” – este primer punto rehúsa definitivamente toda explicación en términos de retribución personal. La continuación, en cambio, es mucho menos tranquilizadora: “si ustedes no se convierten, perecerán todos como ellos”. Hay pues una relación entre la suerte dramática sufrida por estas víctimas y la proliferación del pecado; Jesús rehúsa que solamente sea la culpa personal de cada uno la que sea la causa inmediata de las desgracias que sufre. El mal que todo pecado introduce en el mundo no afecta exclusivamente, al que es el autor, pero se agrega al peso que aplasta la entera humanidad.

No es pues Dios quien castiga al hombre por sus transgresiones, infligiéndole sufrimientos en expiación de sus faltas; sino cada uno de nosotros, por el mal que comete, es cómplice de la desgracia de todos sus hermanos. “Un alma que se eleva, eleva el mundo”, enseñábamos a los niños de la generación precedente; y “un alma que desciende, hace descender al mundo”. Este adagio subraya muy a propósito nuestra responsabilidad personal objetiva en las desgracias que afectan a nuestra humanidad. Si se evoca el pecado, es para reconocerse totalmente alcanzados por él. Por tanto tenemos que convertirnos, porque la gran desgracia, irremediable si no se vuelve de eso, es el pecado. La actitud que consiste en acusar sistemáticamente a Dios de todos los males de la tierra es sólo un escape ante esta responsabilidad terrible que todos compartimos.

La primera lectura de la liturgia de este día nos confirma muy a propósito que Dios no es el juez – incluso el verdugo – del hombre; que no es tampoco un monarca lejano e indiferente a lo que pasa con nosotros; pero qué es por el contrario solidario con sus hijos en sus pruebas, haciéndose cercano a ellos, sin verificar previamente si el mal que sufren es merecido o no: “vi la miseria de mi pueblo; oí sus gritos; conozco sus sufrimientos; descendí para librarlo y hacerlo subir hacia una tierra que mana leche y miel ” (1ª lect.).

Creemos que en su Encarnación redentora, el Hijo de Dios cumplió para nosotros esta “bajada” hasta el fondo de los abismos del sufrimiento y de la muerte que afectan a nuestra humanidad; y que el Padre “hizo subir” en la gloria del cielo, llevándonos con él en su comitiva triunfal. No hay desde entonces otro camino para escapar de la absurdidad de la condición humana marcada por las consecuencias mórbidas del pecado, sino el de la conversión al Cristo. Es uniéndonos a Jesús en el Espíritu Santo – es decir en la fe, la esperanza y la caridad – que podemos llevar nuestras pruebas en esta vida, esperando atravesar la muerte y participar en la vida gloriosa de Cristo junto a su Padre.

Por desgracia generalmente no lo entendemos así. Ciertamente hemos sido bautizados, comemos el alimento espiritual de la Eucaristía y bebemos la copa de la salvación (cf. 2ª lect.); pero nuestros corazones permanecen divididos: aspiramos al bien conforme a los llamamientos del Espíritu, pero permanecemos tan cómplices del Maligno, que nos hace caer y recaer sin cesar en el pecado (cf. 2ª lect.). ¿No es verdad que continuamos destilando el veneno del desprecio, del odio, del rencor, de la cólera, de los celos, del deseo de venganza, etc. que se difunde en el mundo y contribuye degradándolo, engendrando cada día su peso de sufrimientos?

¡Ante de este estado triste de hecho, reconozcamos que Dios tendría mil razones para perder la paciencia con nosotros! Sin embargo no es el caso. La parábola por la cual Jesús concluye su exhortación nos revela que lejos de cansarse de nuestra obstinación al mal, el Señor despliega, por el contrario, un aumento de esfuerzos para volvernos a mejores sentimientos, en la esperanza de que produzcamos por fin los frutos del arrepentimiento que le permitirán salvarnos.

Saquemos provecho de este tiempo de cuaresma – el tiempo de la paciencia de Dios – para meditar, a la luz de las Escrituras, sobre la pedagogía de Dios con nuestros Padres: “su historia debía servir de ejemplo, nos instruye San Pablo (2nd lect.), y la Escritura lo contó para advertirnos, nosotros que vemos llegar el fin de los tiempos”. Entonces somos llenados mucho más durante nuestra peregrinación terrestre que el pueblo durante su travesía en el desierto; “también, el que se considera sólido, que tenga cuidado a no caer”.

Para evitar esta caída, dispongámonos por nuestro esfuerzo diario, a acoger las gracias de conversión que Dios, en “su ternura y su piedad”, nos ofrece en abundancia en este tiempo de preparación a la Pascua.

No es Moisés sino Dios nos envía para revelarnos el Nombre misterioso por el cual quiere ser invocado; sino su Hijo único quien viene hoy hasta nosotros en esta celebración eucarística, para revelarnos al “Señor de la ternura y de piedad, lento a la cólera y lleno de amor, que perdona todas nuestras ofensas y nos cura toda enfermedad” (Sal 102).

Nosotros también, como Moisés en el desierto, hemos hecho esta mañana “un rodeo para ver esta cosa extraordinaria”: un Dios que ha visto la miseria de sus hijos, que oye sus gritos, que conoce sus sufrimientos, y que desciende sobre el altar, bajo las especies del Pan y del Vino, para unírseles. ¿Cómo irnos de nuevo como vinimos? Al término de esta celebración, escucharemos por la voz del sacerdote, a Dios mismo decirnos: “¡ahora ve! Yo te envío: harás salir de su prisión a mi pueblo, tus hermanas y tus hermanos que mi Hijo Jesucristo liberó para también que ellos entren en mi gran familia”. Que podamos responder generosamente a esta llamada, y fortificados por la gracia, reunir -Tanto como podamos- a los hijos de Dios dispersos, alrededor de la Mesa eucarística donde su Padre los espera.

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