4° domingo de Adviento

Domingo 19 diciembre 2010

Ajaz está atrapado entre dos amenazas: una a sus puertas, la de los reinos del Norte, poniendo sitio a Jerusalén para obligarlo a abdicar y el más lejano, de los despiadados conquistadores asirios. Ajaz apuesta a la amenaza más lejana, pero la más terrible, a pesar de las exhortaciones de Isaías, pide la protección de Asiria. Por lo tanto, la respuesta de Ajaz a Isaías reviste rasgos de humildad – el no pretende poner a prueba a Dios – pero es de mala fe: el rey ha decidido someterse al monarca asirio en lugar de confiar en la fidelidad del Señor, y hace que respeta a a Dios, pero para ganarse el favor de los dioses paganos, sacrificó a su hijo en sus altares. En realidad, Ajaz ha abandonado completamente al Dios de sus padres, poniendo en peligro la dinastía davídica.

El Señor, sin embargo, envía a su profeta. El Señor que ha prometido a su padre que el reino no escapará de la casa de David, promete a Ajaz el nacimiento de un nuevo hijo. El Señor, a pesar de que fue rechazado por la casa de Judá, sigue siendo fiel. Nada impedirá cumplir sus propósitos, como se dice en el evangelio, el es “Dios con nosotros”, donde quiera que estemos.

Además, la profecía subraya dolorosamente el ridículo de Ajaz. Isaías anuncia en efecto, “incluso antes de que el niño sepa rechazar el mal y escoger el bien, ella será abandonada, la tierra, cuyos dos reyes te hacen temblar”. De esta manera, el rey de Judá ha abandonado a Dios y sus horrores cometidos en un intento de escapar a una situación que fue efímera y sin consecuencias. Antes que el anunciado niño haya crecido, los reinos adversarios ya no existirán. Esta precisión nos dice cómo nuestros errores, cualesquiera que sean, están siempre revestidos del mismo ridículo. Sin hablar de la forma en que estamos tratando de salir por nuestras propias fuerzas, nuestra preocupación es incluso un insulto a la Providencia.

Sin embargo, el alcance de esta lectura es más amplia. La profecía de Isaías va más allá del contexto inmediato de su proclamación y se refiere directamente a la venida del Mesías. “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del profeta”, explica Mateo en el Evangelio, mostrando así que a este anuncio del Mesías hecho por Isaías, hace eco el anuncio del ángel José.

En primer lugar, ¡Qué contraste entre los dos descendientes de David! El primero mató al heredero de la promesa por salvaguardar sus intereses particulares, el segundo renuncia al matrimonio para no correr el riesgo de estorbar al plan de Dios que él ve tomar forma en el embarazo de la mujer que ama. El primero habla cínicamente para burlarse del Señor que ha traicionado, el segundo no considera útil tomar la palabra y se compromete con la palabra de Dios. Pero José es llamado “hijo de David”, porque de ellos dos, él es el único cuyo corazón tiene la humildad que agrada a Dios. Es en su casa que se realizará la promesa. A él que ha renunciado a todo, Dios le da al hijo que el mundo espera, al salvador que liberará a los hombres de su pecado.

El sueño que él mismo tuvo es la marca de su renuncia y de la obediencia de su fe. San José es sin duda visitado por Dios en el corazón de su sueño, es decir, en el corazón de la noche en la profundidad de su impotencia. José hizo su parte, él ha discernido valientemente la acción de Dios y optó por actuar con justicia, desde entonces él se abandona a la voluntad de Dios, independientemente de lo que le cueste.

El mensaje del ángel llega a José en el corazón de esta renuncia, pero no lo borra. El ángel no le dijo a José que él cometió un error al abandonar sus proyectos personales de matrimonio y paternidad, pero le pide ser el esposo que Dios quiere para la madre de su Hijo. El esposo es el que ama. Por otra parte, en la Biblia, San José es el único descendiente de David a quien se le daría este título. José es el esposo porque el vínculo matrimonial entre María y José es una de las realidades más importantes de la historia, es el medio viviente en que se inserta y oculta el origen divino del Niño. Conviene que José sea el esposo de María para que el Verbo se haga carne, era necesario que José fuera el esposo de María para que Jesús tuviera un padre. No hablamos aquí de conveniencia en el sentido en el que los hombres hablaban en otro tiempo de “matrimonio de conveniencia”. Se trata de un imperativo divino que transfigura el amor humano. En efecto, entre María y José, existía ya un compromiso y una alianza verdadera, porque María estaba desposada con José”. Así, el matrimonio querido por Dios no es la aventura individual de una pareja particular, es la piedra angular de la Encarnación para la salvación del mundo. La obra de Dios toma cuerpo en el abandono de María y José. Llevarse María a casa le permite a José aceptar el don que Dios hizo por esposa y, como cualquier mujer, María necesitaba el apoyo del amor de un esposo para comprometerse en una maternidad.

Por eso, en la preparación final del Adviento, la liturgia nos vuelve a José, necesitamos el modelo de José para aceptar el regalo que Dios nos da en Navidad. Es recibiendo a María por la fe que José entró en la nueva alianza y en la gracia de la filiación divina adoptiva. José se convirtió en hijo de Dios en el Reino en el momento en que recibió de Dios el lazo conyugal con María y la misión de ser un padre para el niño. “No temas en recibir a María tu esposa.”

El mensaje del ángel es una buena noticia para José y lo es también para nosotros. Porque nosotros también somos destinatarios de la promesa. En primer lugar, San Pablo nos recuerda que el Dios de fidelidad cumple su promesa en Cristo Jesús. “Esta buena nueva concierne a su Hijo”, nos lo revela. El niño prometido por Isaías, el Mesías anunciado en las Escrituras, es el niño Jesús, el hijo de María y José es el Cristo. Esta buena noticia debe ser proclamada para a impedir que los hombres entren en la misma desconfianza que el rey Ajaz. Prepararse plenamente para la Navidad es para entrar de lleno en la confianza en el amor de Dios, en “la obediencia de la fe” de la que José nos da el ejemplo perfecto. José es justo porque acepta en todo la voluntad de Dios. Sin embargo, para reconocer en María, la obra de Dios, para entrar en la obediencia, José ha realizado un acto de humildad que exige un desprendimiento total. La humildad que exige sumergirse en una noche donde la única luz es la palabra de Dios. La humildad que exige entrar en la noche de Navidad, donde la única luz es un niño frágil, el Verbo hecho carne. Llevarse a casa a María es aceptar la luz del mundo, que ella lleva en su vientre.

En segundo lugar, el mensaje del ángel a José, nos interesa porque, al igual que José, no hemos tenido la experiencia del Espíritu Santo que María ha hecho. Por lo tanto, al revelar a José que el Espíritu está obrando en la maternidad de María, el ángel no hace más que nombrar al Espíritu Santo: él revela a José la persona y el papel del Espíritu en relación con la misión maternal de María. Por último, la experiencia de José es trinitaria. Él acoge al Padre que envió a su ángel, él descubre que el niño es Emmanuel, el que salva, y finalmente encuentra al Espíritu Santo en su obra. Su experiencia del Espíritu no es inmediata, como la de María en la Anunciación, pero se le dio a San José reconocer y acoger la obra del Espíritu en María. A su vez, para aceptar y vivir la cooperación del Espíritu Santo y María, se nos invita a seguir el ejemplo de San José tomando a María y llevándola a casa y aprendiendo de ella la vida en Nazaret. De esta manera reconocemos y damos la bienvenida al Espíritu en la obra de la maternidad de María. La invitación del ángel a José, a no temer y tomar consigo a María, nos impulsa a ir a través de la intercesión de San José para consentir plenamente y acoger a María en nuestras vidas.

San José, tú que has preparado el pesebre donde el Salvador del mundo fue puesto, te encomendamos la preparación final de nuestros corazones a la alegría de la Navidad. Aprendamos la humildad que hace poderoso a Dios en nuestras vidas, enséñanos la obediencia, que permite acoger en su plenitud el don de Dios, concédenos recibir al Señor tal como él se da, haz de nuestros corazones un pesebre donde el niño-rey encontrará su reposo y su gozo.

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