4º domingo de Pascua

Buen Pastor

DOMINGO DEL BUEN PASTOR

Meditamos, con la liturgia de hoy, sobre la belleza del rostro de la Iglesia. El libro del Apocalipsis nos ayuda introduciéndonos en el corazón de la magnífica liturgia celeste donde todas las naciones son reunidas en torno al Trono y cantan las alabanzas del Cordero vencedor.

Volvamos sin embargo a la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles. Podría tener un riesgo, en efecto cuando se habla de la belleza de la Iglesia, de concebir una dicotomía simplista entre la Iglesia de arriba, perfecta y pura, y la Iglesia en su contingencia histórica, con sus divisiones y sus guerras.

Los acontecimientos que vivieron Pablo y Bernabé  en Antioquía podrían entonces ser leídos como azares, tristes pero inevitables, por la separación de los nuevos cristianos de su medio de origen. Estaríamos en la cumbre de la política de expansión del cristianismo llevada por san Pablo: ya que los judíos se negaban a escuchar el evangelio, tanto peor para ellos, nos dirigiremos en lo sucesivo a los paganos. Esta lectura es apenas pertinente.

En efecto, cuando Pablo y Bernabé llegan a Antioquía, la acogida es sin reserva. Toda la sinagoga está por las palabras proclamadas. Entonces la sinagoga es una asamblea disparatada. Evidentemente ella comprende a los judíos, pero también a los prosélitos, que son unos extranjeros convertidos que han adoptado las costumbres de la religión judía; también comprende a los paganos, que también son llamados  los temerosos de Dios, es decir los simpatizantes. Los paganos categóricamente no se convirtieron, sino que abiertamente pusieron su fe en el Dios de Israel y participaban en la asamblea sinagogal. Es a la asamblea insólita y cosmopolita que se dirige san Pablo. Les dirige la Buena Noticia del cumplimiento de la promesa hecha a Israel en la resurrección de Jesús. Este mensaje es oído.  Esta Buena Noticia es acogida con alegría y entusiasmo; al punto que la semana siguiente, la muchedumbre afluye. Estaba casi toda la ciudad en la sinagoga, nos dice san Lucas.

Sin embargo todo se estropea. No es que san Pablo hubiera perdido su elocuencia de orador o su inspiración. Sino que la intención de Dios sobre la humanidad se revela hoy en toda su gratuidad y toda su universalidad. Abiertamente resulta en el discurso de san Pablo que Judíos y no judíos por igual son invitados a recibir la gracia mesiánica.

Tal anuncio parece a muchos una real novedad, y, conociendo a los hombres, es decir conociéndonos a nosotros mismos, no debemos asombrarnos sin medida de que algunos de los judíos de Antioquía nieguen una novedad que quebranta sus certezas. Prefieren mantener que son los solos beneficiarios posibles de la Alianza y que los paganos no sabrían tener acceso a ella.

Su negativa de colaboración nos interpela en nuestras propias certezas. Este domingo cuando el Buen Pastor nos anuncia querer reunir a su rebaño, debemos preguntarnos quiénes son aquellos de quien decimos demasiado apresuradamente que están lejos del Evangelio o lejos de la Iglesia. Tan lejos que, estamos convencidos de ello, no están dispuestos a acercarse. Lo peor, quiénes son aquellos que creemos saber que no les interesa el encuentro con Jesús, o no arriesgan el serlo. Deberíamos entonces oír la resolución de san Pablo en todo su vigor: “¡nos dirigiremos a los paganos!”. “Nosotros”, es decir: “Sólo nosotros”, sin la parte de los creyentes que se acurruca en sus privilegios pretendidos y su tranquilizadora proximidad con Señor. Este “nosotros” designa a los apóstoles que a pesar de las oposiciones y las desestimaciones, persisten firmemente en querer llevar a cabo la voluntad de Dios sobre el mundo y a invitar a todo hombre a creer en Jesucristo nuestro Salvador.

Las palabras de san Pablo son muy firmes: “he aquí el mandato que el Señor nos ha dado: te he hecho luz de las Naciones”. Palabra paradójica donde el don, “te hice luz de las naciones” es un mandato. Esta expresión “luz de las Naciones” designa, en la Biblia, Israel, Cristo, y finalmente la comunidad cristiana misma. No es por casualidad el Concilio Vaticano II nos introduce en el misterio de la Iglesia con estas palabras: “Lumen gentium”, Cristo es la luz de los pueblos. La cuestión no es saber quién nos parece digno de entrar en el número de los elegidos, sino de reflejar escrupulosamente en la gente la luz del Cristo. Tal es el don que nos es dado, tal es nuestra responsabilidad.

Esta luz es en efecto la estrella que guía a la muchedumbre y a los introducidos en la vasta liturgia que la Iglesia celebra a todas horas y por la eternidad. El libro del Apocalipsis nos muestra a la Iglesia en su situación final, la muchedumbre innumerable que participa en el triunfo del Cordero. Cordero que es también el Pastor, conduciéndolos “hacia las aguas de la fuente de vida”.

Es por esta vida que debemos decidirnos, por nosotros, y por nuestros hermanos. Por cierto, Jesús nos había prometido darnos vida en abundancia. Pero hoy el Resucitado nos ofrece la vida eterna. No es solamente el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, sino que es el Cristo que da la vida, “ simplemente”, en su plenitud. La vida que es la nuestra en lo sucesivo es la misma vida de Dios. Y esta vida hace nuestra unidad, en nosotros y entre nosotros, porque el Padre y el Hijo son uno.

He aquí el secreto que está en el corazón de la Iglesia, y en el corazón de toda misión. No se trata solamente de marchar juntos, de trabajar juntos, sino que ante todo de estar unidos, de vivir el misterio de la unión de cada hombre con la Trinidad y con los otros hombres. Esta realidad ya está en germen aquí abajo. Es el don que nos es hecho y que Jesús nos descubre cuando afirma “el Padre y yo somos uno”.

Nosotros somos invitados a entrar así en esta vida inefable, la puerta nos es abierta. Por su resurrección, Jesús no solamente inauguró una nueva relación entre el hombre y Dios, sino que sólidamente estableció una nueva relación entre los hombres. Estamos llamamos a ser miembros del mismo Cuerpo que es la Iglesia que nos da los medios que permiten esta unión en su dimensión visible y social.

Estas cuestiones nos conducen a orar, hoy con más fervor que de costumbre, para que todo hombre tenga la oportunidad de conocer y de tomar generosamente el lugar que es el suyo en el Cuerpo místico de Cristo. Oramos especialmente las vocaciones religiosas y sacerdotales que son particularmente llamadas a vivir y a testimoniar la universalidad de la salvación. Qué cada uno pueda responder en la confianza y en la certeza de ser colmado, ser fortificados por el ejemplo que nos dan Pablo y Bernabé: podemos echar a los enviados,  pero jamás al Espíritu que recibieron. Qué cada uno lo compruebe: dejando Antioquía, rebosan de alegría y son colmados por el Espíritu Santo. Qué el mismo Espíritu abrase ahora al mundo y transforme el don que hacemos de nosotros mismos una ofrenda agradable para Dios nuestro Padre.

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