4o. Domingo de Cuaresma

Este cuarto domingo de cuaresma, celebramos la Domenica laetare o “el domingo de la alegría”. A ejemplo del salmista, la liturgia nos invita a bendecir, magnificar, exaltar el nombre del Señor: “bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza sin cesar con mis labios. Me vanagloriaré en el Señor: ¡qué los pobres me oigan y estén en fiesta! Magnifiquen conmigo al Señor, exaltemos todos juntos su nombre” (Ps 33). Pero ¿Cuál es pues el motivo de esta alegría? La respuesta se nos da mediante las otras lecturas de la liturgia.
Comencemos por inclinarnos sobre el evangelio. La figura del Hijo pródigo es emblemática de la condición humana pecadora que necesita reconciliación. En esta parábola bien conocida por san Lucas, nos es revelada la misericordia infinita del Padre para cada uno de sus hijos, incluidos y sobre todo, para los que más se alejaron de él. En este relato, contemplamos nuestra reconciliación con Padre, entre los brazos del cual podemos acurrucarnos de nuevo para nacer a la vida.

Alegría de los reencuentros celebrados en el curso de un festín donde se echa la casa por la ventana. Alegría de una relación de alianza restaurada, significada por el paso del anillo en el dedo. Alegría de la nueva creación de todo nuestro ser por la Misericordia divina, expresada por la túnica blanca de la que el padre reviste a su hijo. Todo esto nuestro Padre del cielo lo realizó para nosotros su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros: “nos reconcilió a él por el Cristo” (2Co 5, 18). En lo sucesivo, como nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura, somos unas criaturas nuevas, “el mundo antiguo se fue de allí, un mundo nuevo ya nació” (2 Co 5, 17).

La entrada en la Tierra prometida siguiendo a Josué ya había dado la certeza al pueblo de Israel de que Dios cumplía siempre sus promesas (Cf. Jos 5, 10-12). En su Misericordia, Dios se había mostrado fiel a su Alianza más allá de todas las infidelidades de sus hijos durante los cuarenta años que habían pasado por el desierto. Entrado en “el país dónde fluyen la leche y la miel”, después de haber atravesado el Jordán, el pueblo había podido celebrar en la alegría la Pascua del Señor. Esta Pascua era sólo la prefiguración de la cumplida definitivamente en la muerte y la resurrección de Jesucristo. La alegría experimentada por el pueblo de Israel en esta ocasión era sólo el anuncio del de la mañana de Pascua después del triunfo de Cristo sobre la muerte y el pecado. Dios cumplió sus promesas. En la alegría, podemos celebrar la fidelidad de nuestro Padre que culmina en el don de su misericordia en su Hijo muy amado.

Nosotros nos sabemos salvados por Cristo, reconciliados con el Padre, restaurados con él en una relación de filiación que el pecado había venido a alterar. Por su Palabra de reconciliación, pronunciada en su Verbo, el Padre vino para devolver a nuestra humanidad herida la belleza de la primera mañana. Todo esto es absolutamente gratuito, don puro, y refleja el mismo ser del Padre que existe sólo dándose.

Por cierto, la victoria del Cristo sobre la muerte y el pecado no ha sido manifestada plenamente todavía. Pero, en la fe, tenemos la certeza de que en la muerte y la resurrección de su Hijo, “Dios…reconcilió al mundo con él”, y que “él borró a todos los hombres la cuenta de sus pecados” (Cf. 2Co 5, 19). Alimentados por esta fe, marchamos con la esperanza alegre de poder un día, a nuestra vez, resucitar en Cristo y de ser reunidos para el festín definitivo en el reino del Padre.

No obstante, la misericordia divina se muestra eficaz en nuestras vidas sólo en la medida en que la dejamos operar. Es nuestra manera de cooperar en nuestra salvación: consentir la obra de reconciliación divina en nosotros, lo que significa antes de toda cosa reconocer nuestra necesidad de misericordia. Nuestro Padre del cielo lo sabe bien, él que por la boca de su apóstol, nos dirige esta llamada urgente: “en nombre de Cristo, se lo pedimos, déjense reconciliar con Dios” (2Co 5, 20). La cuaresma es sin duda alguna el tiempo privilegiado para reencontrar el camino del sacramento de la penitencia y experimentar la alegría de ser perdonado.

“Dios que has reconciliado contigo a toda la humanidad dándole a tu propio Hijo, aumenta nuestra fe en tu misericordia. Qué tu Espíritu nos guíe en nuestro camino de de conversión en esta cuaresma y qué nos sostenga para que resueltamente avancemos hacia ti que nos esperas para actualizar en nosotros tu obra de reconciliación”.

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