5o. Domingo de Pascua

El pasaje del evangelio de hoy tiene algo de desconcertante, de provocante, que debería estremecernos radicalmente en nuestra “buena conciencia”.

Jesús sabe que su suerte está decidida: Judas, uno de los Doce al que dio toda su confianza – al que amó más que a otros debido a su debilidad – Judas acaba de salir para traicionar a su Señor; para venderlo como vulgar objeto valuado en treinta monedas de plata.

Paradójicamente – y es nuestra primera sorpresa – Jesús declara en este preciso momento: “ahora, el Hijo del hombre es glorificado”. El “ahora” sólo puede referirse a la traición y a todo lo que le seguirá: la detención, los interrogatorios, la flagelación, la corona de espinas, las humillaciones de la soldadesca, el llevar la cruz, la crucifixión, la larga agonía y por fin la muerte en un gran grito. ¿Es pues en estos acontecimientos, en que parecen triunfar el mal, el odio, la violencia, donde el Cristo es glorificado? ¿Quién pues querría participar en una tal gloria? Habríamos añadido sin duda alguna: “y que Dios es este que reserva tal suerte para su Enviado”, Jesús había continuado diciendo: “y Dios es glorificado en él”. ¿Cómo puede Dios ser glorificado en este hombre magullado, humillado y aniquilado? ¿Qué quiere decir todo esto?

Si es paradójico para nosotros de hablar de la glorificación del Crucificado, es ante todo porque la gloria de la Cruz es demasiado deslumbrante para nuestros ojos de búho que no la pueden apreciar: de la Pasión percibimos sólo las tinieblas del sufrimiento horrible y del desamparo del Hijo del hombre. Además, ya que no tenemos otra luz para guiarnos que la Palabra, recojámosla preciosamente para penetrar en la nube del misterio.

Después de haber afirmado que sería glorificado por la Pasión y que su Padre sería glorificado en él, Jesús prosigue anunciando que Dios va a repetir “pronto” la iniciativa y “darle a cambio a su Hijo su propia gloria”. Es decir, después de haber recibido los honores de su Hijo, el Padre está a punto de exaltarlo a su vez. La reciprocidad no significa, por tanto, que los dones sean los mismos: es en tanto que Hijo que Jesús glorifica a su Padre por la kénosis de la cruz -entendemos: por un abandono que confía sin límite; mientras que como Padre Dios exalta a su Hijo en la mañana de Pascua, resucitándole y confiriéndole el Nombre que está por encima de todo nombre. Entonces, si la gloria de la cruz permanece para nosotros impenetrable, la gloria de la resurrección en cambio tiene sentido: la entronización de Jesús resucitado Rey del universo depende bien con nuestros ojos de la categoría de la glorificación, contrariamente con la humillación de la cruz. El misterio de la glorificación en la cual tratamos de penetrar, podría pues ser más accesible por el lado del Padre, es decir el de la resurrección.

En la mañana de Pascua, el Padre levanta a su Hijo dándole parte en su propia vida – lo que corresponde a la acción paternal por excelencia. Podemos pues identificar la gloria de la resurrección con la participación en la vida divina, que nace en el Padre y que éste difunde en flujos de luz por su Hijo.

¿Pero cómo sucede entonces que el movimiento recíproco, por el cual el Hijo le da gloria al Padre, se despliega de manera tan tenebrosa y dramática? Es el mismo amor divino -que nombramos el Espíritu Santo- que está a la obra en ambos casos.

Debemos constatar que si la gloria del Padre no ha encontrado obstáculo prodigándose sobre el Hijo, éste en cambio debió vencer una resistencia inaudita para hacer refluir esta gloria hacia el Padre. No es que el impulso de amor del Hijo hacia el Padre se haya desazonado, sino que el Hijo se cargó las negativas de amor de toda la humanidad, pasada, presente y futura.

No es que el impulso de amor del Hijo hacia el Padre se haya desazonado, sino porque el Hijo se cargó las negativas de amor de toda la humanidad, pasada, presente y futura.

El drama de la Pasión nos narra el combate victorioso del Hijo sobre todo el odio del mundo, que actúa con rigor desde que el pecado nos esclavizó al demonio. El amor del Hijo para el Padre permanece intacto, pero él ha aceptado que su humanidad fuera “sellada” por nuestro pecado que lo clava sobre la cruz después de haberlo aplastado por la madera. El Padre no es glorificado por los suplicios sufridos por su Hijo, sino por la superabundancia de amor que éste despliega para salvarnos: arrancándonos del poder de las tinieblas nos lleva a la morada del Padre con el fin de que seamos glorificados en él.

Esta larga meditación era sin duda indispensable para acceder a la inteligencia de la otra palabra, también desconcertante de Jesús: “les doy un mandato nuevo: que os améis unos otros”. Si Nuestro Señor se dirige a sus apóstoles como a niños a los cuales manda amarse, es porque todavía no habían comenzado a hacerlo, porque hasta allí eran incapaces. Y lo que vale para ellos vale por supuesto también para nosotros. Nos imaginamos que sabemos amar, pero en realidad no somos capaces de conjugar este verbo sino en la primera persona del singular y en el modo reflexivo: “me amo” – caricatura narcisista del verdadero amor, tanto es verdad que el amor debería muy al contrario sacarnos de nosotros mismos. Es por lo que Jesús precisa: “”Como yo os he amado, así también vosotros, ámense unos a otros”, es decir con la misma renuncia radical de la que di prueba a lo largo de mi pasión”.

Poco a poco las cosas se aclaran. Nosotros también somos llamados a la gloria; a nosotros también el Padre nos quiere dar “su propia gloria”. Si queremos participar en la gloria del Hijo, no hay otro camino que el del que nos precede: aprender a servirnos de las pruebas de la vida para morir a nuestras codicias, nuestras reivindicaciones egoístas, nuestro individualismo, nuestros resentimientos, nuestros odios, nuestras cóleras, nuestros celos y nuestros rencores; y para acoger el germen de la vida verdadera: el Espíritu Santo, que es el único capaz de enseñarnos a amar de verdad. Que la perspectiva de la cruz no nos asuste ni no nos paralice. El Padre no se complace en nuestro sufrimiento más que en el de su Hijo; pero es glorificado por la paciencia con la cual la soportamos, y por el amor con el que la transfiguramos. San Pablo lo afirma con fuerza: “Considero que no hay medida común entre los sufrimientos del tiempo presente y la gloria que Dios va pronto a revelar en nosotros” (Rm 8, 18). Estemos bien convencidos: si perseveramos en la fe, la esperanza y la caridad, “Dios a cambio nos dará su propia gloria, y nos la dará pronto”.

“Señor, “consolida nuestro valor: debemos pasar por muchas pruebas para entrar en tu Reino”(1ª lect.). No permitas que nos doblemos, que renunciemos a seguirte sobre el camino estrecho de la santidad. Danos el “perseverar en la fe” (ibid.) con el fin de poder ser acogidos un día en “la morada de Dios donde secarás toda lágrima de nuestros ojos y donde no habrá más ni lágrimas, ni gritos ni tristeza” (2ª lect.). Podremos entonces cantar eternamente “la gloria y el resplandor de tu reino” y bendecirte para la ternura y la bondad que despliegas para todas tus obras (Sal 144)”.

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