6o. Domingo de Pascua

“El que recibe mis mandatos y permanece fiel, es ése el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; también yo lo amaré, y me le manifestaré.” Escuchando las palabras de Jesús, podríamos creer que el amor del Padre y del Hijo se presentaría como una recompensa al que nos le manifestaríamos. De hecho, creer que en nuestra relación al Padre y al Hijo la iniciativa del amor nos volvería sería equivocarse. No es nuestra fidelidad que provoca a Dios amarnos sino que él nos amó primero.

Un poco más allá en el cuarto evangelio, Jesús nos dice: “como el Padre me ha amado, yo también os he amado. Permaneced en mi amor. Si sois fieles a mis mandatos, ustedes permanecen en mi amor, como yo, he guardado fielmente los mandatos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Jn 15, 9-10) Jesús vuelve aquí al origen, al amor con que el Padre le ha amado y que funda el suyo para cada uno de los hombres. El Padre nos ha amado primero. Él lo ha manifestado dándonos a su Hijo único para que tengamos la vida y la vida eterna. Desde entonces, todo creyente, haciéndose por la fe uno con el Hijo, entra en un diálogo de amor con el Padre. Ama al Padre y al Hijo y este amor es recambiado más que el suyo: “Si alguien me ama, permanecerá fiel a mi palabra; mi Padre le amará, vendremos a su casa, iremos a habitar junto a él” (cf. evangelio). Transportado, por y en este amor, el discípulo se ejercita entonces en el mandato supremo: “amaos los unos a los otros como yo los he amado”.

Es de capital importancia comprender bien que este mandato es ante todo una palabra: “si alguien me ama, permanecerá fiel a mi palabra”. Palabra del Padre al Hijo y palabra del Hijo a los que han escogido marchar en su seguimiento, palabra de vida que somos llamados a guardar en lo más hondo de nuestro corazón y a poner en práctica porque en ella se encuentra la llave del Reino, el secreto de la vida eterna.

Jesús opera aquí un desplazamiento. Pasa de la exterioridad de un mandato a la interioridad de una palabra que puede desde entonces reunir a los creyentes de todos los tiempos. Los mandatos de Jesús y su palabra son una sola cosa. La obediencia del discípulo a los preceptos exteriores del Señor, es en realidad sólo la prolongación de la obediencia interior a una palabra de amor que vino a transformarlo y ponerlo en marcha. Esta palabra, es el Cristo mismo, la Palabra viva, el Verbo que el Padre pronunció sobre todo hombre con el fin de que sea salvado. El Hijo es la Palabra de Amor del Padre y Jesús nos lo revela cuando nos dice: “la palabra que escucháis no es de mia: es del Padre que me ha enviado.”

Es gracias al Espíritu Santo que los discípulos podrán penetrar todo el significado de esta Palabra y probar el fruto de vida: “el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo, y os hará recordar de todo lo que os he dicho”. Esta mención del Espíritu Santo, nos recuerda que casi llegamos al término del tiempo  que en Pascua todavía nos separa de la Ascensión y de Pentecostés. En cierta manera, en este tiempo pascual en el curso del cual Jesús nos enseña sobre el misterio de su resurrección, nos tranquiliza si ciertos puntos nos parecen todavía oscuros. Nos promete enviarnos la luz del Espíritu Santo y nos invita a dirigir ya nuestra oración y nuestras llamadas hacia éste. El hecho de que Dios mantiene en todo la iniciativa nos es manifestado todavía por el envío del Espíritu Santo. Jesús no estando más físicamente presente en medio de nosotros, es ahora el Espíritu Santo, El amor común del Padre y del Hijo, enviado por el Padre en nombre del Hijo, que nos introduce en esto “permaneced” en Dios. Es él quien nos enseña este gran misterio de nuestra vocación al Amor, naciendo del mismo Amor de Dios para nosotros. Haciendo esto, nos configura como verdaderos discípulos: “os doy un mando nuevo: el de amarse los unos a los otros. Así como os he amado, así también vosotros amaos unos a otros. Esto les mostrará a todos los hombres que vosotros sois mis discípulos, el amor que vosotros tendréis los unos para los otros.” (Jn 13, 34-35)

El fruto de este mandato de amar que se expresa en el lavado de los pies es la paz que nos deja el Señor. Qué nos la dé es el fruto de su resurrección y del Espíritu Santo esperado: “es la paz que os dejo, es mi paz que yo os doy”. Es decir, el Señor nos deja hacer la paz en este mundo pero para hacerlo nos da el don de su paz, de la paz el que es. En efecto, la Escritura habla de la “paz de Dios” (Fil 4, 7) y más a menudo todavía del “Dios de la paz” (Rm 15, 33). “Paz” no indica solamente aquí lo que Dios hace o da, sino igualmente lo que Dios es. La Paz es lo que reina en Dios.

Casi en todas las religiones antiguas, encontramos personajes divinos que viven conflictos internos. Los mitos cosmogónicos babilónicos y griegos tienen en cuenta divinidades que se dan guerra las unas a las otras. Lo mismo, en los sistemas religiosos gnósticos, no hay unidad ni paz entre los eones celestes, y la existencia del mundo material precisamente es percibida como el fruto de un incidente o de un desacuerdo acaecido en el mundo superior.

Este trasfondo religioso permite coger mejor la novedad absoluta de la doctrina sobre la Trinidad como la unión perfecta de amor en la pluralidad de las personas divinas. En uno de sus himnos, la Iglesia llama a la Trinidad “océano de paz” y no se trata solamente de una expresión poética. Cuando se contempla el icono de la Trinidad de Roublev, percibimos un tipo de paz sobrehumana que emana de eso. Esto no es tan asombroso ya que el pintor quiso traducir, en una imagen, la divisa de San Sergio de Radonej, para el monasterio del cual el icono ha sido pintado: “vencer la discordia odiosa de este mundo contemplando la Santa Trinidad”.

Entre los Padres de la Iglesia, el Pseudo Dionisio Areopagita es sin duda el que mejor valorizó esta paz que viene de él más allá de la historia, del corazón de la Trinidad. Para él, la paz es uno de los “nombres de Dios”, con el mismo título que “amor”. Así, cuando Cristo nos dice: “mi paz os doy”, nos transmite bien lo que es. El “artesano verdadero y supremo de paz” no es pues un hombre, es Dios mismo.

La paz es característica del actuar de Dios en la creación y la redención. Entonces lo propio de un hijo con relación a su padre es compartir lo mismo actuar que él en una comunión perfecta de voluntad. Comprendemos entonces por qué Jesús nos dice que los que trabajan por la paz serán llamados “hijos de Dios”.

“Padre, que tu Espíritu abra nuestros corazones al don de tu Paz en la Palabra de Amor que pronuncias sobre cada uno de nosotros en tu Hijo Jesucristo. Qué tu Espíritu nos enseñe a actualizarlo en lo cotidiano de nuestras vidas a través del mandato nuevo que tu Hijo nos dejó y que nos renueva en tu vida divina cada vez que lo ponemos en práctica siendo artesanos de paz.”

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