Asunción de la Virgen María

Domingo 15 de agosto 2010

“El último enemigo aniquilado será la muerte”: estas palabras de Pablo nos ayudan a comprender el misterio que celebramos hoy. En María elevada al cielo, se cumple el designio de amor del Padre sobre toda la humanidad. En ella, el misterio de la redención porta plenamente su fruto preservada del pecado por una gracia emanada de la cruz de su Hijo, aún más, es de él de quien recibe la vida divina mediante la muerte sin conocer la corrupción. Exaltado a su derecha, entronizada como Reina de la creación visible e invisible, María vive desde ahora de la vida de su Hijo resucitado.

Si desde el pecado original la muerte es nuestro destino común, creemos que, contemplando la ascensión de Jesús y la Asunción de María, que ella no tiene la última palabra. Porque si todos morimos en Adán en esta vida natural, “es en Cristo que todos volveremos a vivir” en la vida divina sobre la cual la muerte no tiene poder. A la luz de la Asunción, descubrimos que la muerte es ahora “el pasaje a la vida al encuentro del amor. Es el paso a la felicidad celestial reservada para aquellos que trabajan por la verdad y la justicia y se esfuerzan por seguir a Cristo”.

El misterio que celebramos el día de hoy nos viene del Oriente: en el siglo VI ya se celebraba la fiesta de la “Dormición”, y el emperador Mauricio (582-602) la fijo de forma permanente el 15 de agosto. El término “Dormición” quiere hacer hincapié en la dulzura del pasaje de María de esta vida terrenal a la vida divina en Cristo. El Papa Teodoro (642-649) introducirá esta solemnidad años más tarde en Occidente, donde tomará el nombre de “Asunción”. Este término significa que María no se levantó al cielo por su propia fuerza, sino que ha sido elevada. En ella, se cumple la profecía del Magníficat: “Dios enaltece a los humildes”. Así, los dos términos son complementarios y permiten el vínculo entre la dulzura y la humildad de la Madre del Hijo, que declara solemnemente: “Haceos mis discípulos, porque soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso” (Mt 11, 29). Porque María fue la primera y más fiel entre los discípulos, está plenamente en comunión con la dulzura y la humildad del Cordero, y por ello ha sido capaz de encontrar en él el descanso que Dios reserva para aquellos que estén dispuestos a “renacer del agua y el Espíritu” (Jn 3, 5).

Es por eso que María es presentada en el corazón del verano, como un signo reconfortante que alimenta nuestra esperanza. Exaltada en su Hijo a la derecha del Padre, ella “tiene como manto el sol, la luna bajo sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”. En otras palabras, participa plenamente en la gloria de su Hijo resucitado – revestida de sol – y en su victoria sobre todo mal – pisa la luna. En ella, se cumple plenamente “la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y el poder de su Cristo”. En ella contemplamos nuestro propio destino, y relanzamos nuestra marcha a través las vicisitudes de los tiempos presentes, hacia la Ciudad Celestial, la Jerusalén de arriba, donde Dios nos espera para “enjugar toda lágrima de nuestros ojos” (Ap 21, 4). De esta manera, sabemos que la ayuda de Dios no nos va a faltar. Así que, advertida por el ángel, “María a toda prisa se puso en marcha hacia la montaña de Judea” para ponerse al servicio de su prima Isabel, y así Nuestra Señora continúa viniendo a nosotros, que somos sus hijos, a fin de “conducirnos al desierto, donde Dios nos ha preparado un lugar”, a salvo de los ataques del dragón. Este lugar no es otro que su Corazón Inmaculado, el tabernáculo del Altísimo, “Tienda del Encuentro”, sobre la que reposa la nube (Éxodo 40, 34), donde podemos estar en la presencia del Dios vivo para adorarlo.

“Señor, a medida que continuamos nuestra peregrinación en este valle de lágrimas, tendemos el oído a la Palabra de verdad que nos revela nuestro destino glorioso, como ya se ha cumplido plenamente en María. Tú el Rey de reyes, Señor de señores, te has dejado seducir por la belleza de tu creatura y quieres introducirnos en tu gloria.  Tu nos vistes con un paño de oro, nos engalanas de tus propios méritos (cf. Sal 44). Sí, “tú has amado a tu iglesia, tú te has entregado por ella, tú quieres presentártela a ti mismo, santa, resplandeciente, sin mancha ni arruga ni defecto alguno; tú la quieres santa e irreprochable”(Efesios 5 25-27). Por las muchas gracias te damos gracias porque estamos seguros de que con la ayuda de la Virgen María Madre, tú sabrás conducirnos hasta tu morada, tú el Dios fiel, que siempre cumple sus promesas”.

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