Corpus Christi

Para profundizar en el misterio de la Eucaristía, releeremos la institución de este sacramento de la que San Pablo hace memoria en la segunda lectura a la luz del Evangelio de la multiplicación de los panes – que es propuesto a nuestra contemplación en esta solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Cristo.

Cinco panes y dos peces para alimentar a una muchedumbre innumerable: estamos en un contexto de penuria y de escasez. En todo caso hay una desproporción alarmante entre lo que está disponible y lo que la multitud necesita: “¿qué es esto para tanta gente?” Hace ver un discípulo realista (Jn 6, 9). Los apóstoles no ven cómo manejar la situación, sino mandando a todo mundo a casa con el fin de que cada uno se las arregle como pueda. ¿Qué habríamos hecho en su lugar? Pero Jesús no lo entiende así: va hasta el fin de la responsabilidad que asumió reuniendo a estas personas en torno a él; después de haber alimentado su alma, quiere también ocuparse de alimentar su cuerpo, porque la salvación que propone concierne a la humanidad en su integridad.

Jesús toma “los cinco panes y los dos peces” que están a su disposición para alimentar a “cinco mil hombres”, y comienza por pronunciar la bendición sobre esta frugal comida. Los israelitas tenían la costumbre de bendecir a Dios antes de comer; pero san Lucas precisa: “levantando su mirada hacia el cielo, pronunció la bendición”. No se trata para Jesús de una fórmula y de un gesto convencionales, sino de una verdadera oración: “hacia ti tengo levantados los ojos, hacia ti que habitas en el cielo” (Ps 123, 1).

Espontáneamente damos gracias por la abundancia, y nos lamentamos, nos desanimamos, incluso murmuramos contra Dios (cf. Ex 16, 2-3; Nm 11, 4-6) cuando faltan los bienes que consideramos necesarios. Jesús al contrario, sin quejarse de lo que falta, da gracias de lo que el Padre pone a su disposición. Y precisamente es la actitud que desbloquea la situación, porque actuando así, Jesús subió hasta la Fuente de todo bien (cf. Jc 1, 17). Por su actitud de agradecimiento, abrió las esclusas de la generosidad divina. Todos ellos van a comer a saciedad y hasta se recogerán, después de la comida, doce cestas llenas el pan restante.

Nada nos dice, en el relato de la multiplicación de los panes, que Jesús hubiera comido. Les dio los panes a los discípulos y los discípulos los distribuyeron a la muchedumbre. Da gracias a Dios no de tener algo comer, sino de tener algo dar. Finalmente, Jesús da gracias al Padre por la posibilidad que tiene de asociarse con su acción generosa: “Padre, te doy gracias por este pan que pusiste en mis manos, con el fin de que pueda, distribuyéndolo, participar así en tu vida de amor y de don”.

En la última cena, como antes en la multiplicación, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición por la cual da gracias a Dios, luego parte el pan y lo distribuye. Encontramos las mismas expresiones que en el relato de la multiplicación de los panes. Sin embargo después de haber dado gracias – el participio griego es eucharistesas, (“dando gracias”) – Jesús dice partiendo el pan: “esto es mi cuerpo que es para ustedes”.

La acción se sitúa en la prolongación de la multiplicación de los panes, pero Jesús se implica mucho más aquí. Aclaremos ambas etapas de la oración de Jesús.

“Padre, Creador de toda cosa y fuente de toda vida, tú que alimentas generosamente todas tus criaturas, te doy gracias por este pan que nos das y que me permites ofrecer en tu Nombre a mis discípulos”. Tal es el primer sentido de la acción de gracias de Jesús en esta comida tomada con sus compañeros: tal como lo hizo en el momento de la multiplicación de los panes, Nuestro Señor prolonga el don del Padre hacia sus discípulos.

Pero Jesús sabe que este pan no se quedará como pan ordinario: el Padre le ofrece la posibilidad de dar en su Nombre no sólo el pan de la tierra, sino “el pan de Dios, el que desciende del cielo”, y que tiene el poder de “dar vida a la gente” (Jn 6, 32-33). Es por eso que Jesús completa su acción de gracias: “te doy gracias Padre, por permitirme identificarme con este pan, que en la prolongación de tu generosidad, voy a distribuir a mis hermanos”. La Eucaristía es don del Padre, realizado gracias al consentimiento lleno y gracias a la participación plena del Hijo, que, dejándose atravesar por el alcance de amor del Padre, se da en alimento “para la vida del mundo”. Jesús es no sólo el que da el pan, sino el que se da en este pan compartido en nombre del Padre.

Si el don que Jesús nos hace es “para la vida del mundo”, pues no se le limita al pequeño grupo de los apóstoles. Es por eso que Nuestro Señor añade: “hagan esto en memoria mía”(Lc 22, 19; 1 Co 11, 24-25). Su gesto, consumado en acción de gracia, se quiere al principio de un número infinito de nuevas multiplicaciones del pan, repartidas en el tiempo y el espacio. Esta última palabra se dirige primero a los apóstoles y a sus sucesores los obispos, así como a los sacerdotes que son asociados con ellos, pero reúne también a cada bautizado, que, en virtud del sacerdocio bautismal, es invitado a “ofrecer su persona y su vida en sacrificio santo, capaz de agradarle a Dios: está allí para la adoración verdadera de cada uno de nosotros” (Rm 12, 1).

A ejemplo de Cristo nuestro Sumo Sacerdote, todos somos llamados a ponernos en su Nombre al servicio de aquellos a los que nos confía, para hacer nuestra existencia diaria un pan partido para la vida del mundo: “Amar es dar todo, y darse a sí mismo” (S. Teresa de Lisieux).

“Hoy por un acto público y solemne, glorificamos y adoramos el Pan y el Vino hechos verdaderamente Cuerpo y verdadera Sangre del Redentor. Celebramos hoy una fiesta solemne que expresa la admiración asombrada del Pueblo de Dios: una admiración llena de agradecimiento para el don de la Eucaristía. Te adoramos, nuestro Redentor, que tu has encarnado en el pecho purísimo de la Virgen María. Te damos gracias, Señor, por tu presencia eucarística en el mundo. Por nosotros, aceptaste sufrir y sobre la cruz manifestaste hasta el fin tu amor por la humanidad entera. Te adoramos, Viático cotidiano de todos nosotros, peregrinos en la tierra” (Juan Pablo II).

Comments are closed