Domingo 12o. del Tiempo ordinario

20 de Junio 2010

“Si alguno quiere venir en pos de mí”: el discípulo es aquel que camina en pos de su amo a fin de estar siempre con él. El cristianismo es esencialmente ponerse en marcha, seguimiento, avanzadas, el progreso continuo, y ¿Cómo podía ser de otra manera, ya que es la religión del amor que conquista?

La liturgia de este día nos invita a redescubrir este dinamismo de la fe, que está en contradicción con la imagen del cristianismo transmitido por la mayoría de los medios de comunicación. Desde su punto de vista, la Iglesia sería la institución más reaccionaria y estática que la humanidad habría producido en su evolución una religión que mantiene a sus seguidores en dogmas rígidos, les sofoca en un moralismo anticuado, les mantiene prisioneros del miedo al infierno.

No es necesario tratar de mostrar cómo esta descripción es una caricatura: la posición es ideológica y no se deja influenciar por argumentos racionales, sólo el testimonio de una vida transformada puede demostrar la falsedad de estas declaraciones. No estamos sorprendidos ni escandalizados por la reacción de la sociedad, sino más bien comprobamos nuestro progreso en el camino de la verdad y de la vida guiados por el Espíritu de Nuestro Señor Jesucristo.

Acabamos de escuchar: la conversión constituye el momento fundacional del camino de la fe, la gracia inicial que nos pone en marcha hacia Aquel que nos llama.”En ese día derramaré sobre la casa de David, un espíritu que hará nacer en ellos la bondad y la súplica” (1 ª lect.): la iniciativa viene del Señor; él es el único que puede abrirnos los ojos y nos permite “levantarlos con fe al que nosotros mismos hemos traspasado. “Dichoso” el hombre en cuyo espíritu no hay engaño” y en la contemplación de la Cruz, no se deja convencer por el pecado. ¡Dichoso el que “no oculta sus defectos, sino que da gracias a Dios, confesando sus pecados” (Sal 32 (31), 5). Si “dichoso, porque para él” brota una fuente, que lo lavará de sus impurezas” (1 ª lect.).

Sin embargo, el bautismo no consiste sólo en la purificación del pecado: “Todos los que el bautismo ha unido a Cristo, precisa San Pablo, habéis sido revestidos de Cristo” (2ª lectura). La salvación es también y sobre todo la participación en la vida de aquel que ha bajado a nuestra muerte para arrancarnos definitivamente y llevarnos tras de él. Este éxodo, no lo asumimos solos: “si pertenecéis a Cristo, sois los descendientes de Abraham” (2ª lect). Todos aquellos que creen en la promesa de Dios no son “sino uno en Cristo Jesús” (ibid.), en él ellos tienen acceso a “la herencia que Dios prometió a Abraham”.

El Señor nos advierte, no obstante, que el camino hacia la Tierra Prometida no es fácil: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y que me siga. No entraremos en el Reino sino por la crucifixión del hombre viejo, es decir, el lado oscuro de nosotros mismos que divide y enfrenta los hombres Judíos contra gentiles, esclavos contra hombres libres, los hombres contra las mujeres (cf. 2ª lect.). El Espíritu de Dios, por el contrario “hace nacer en nosotros la bondad y la súplica” (1 ª lect.). Cuando Pablo nos exhorta a “respetar la vocación que hemos recibido de Dios”, resume esta vocación en pocas palabras: “tened mucha humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros con amor” (Ef 4, 1-2). Trabajar con el Espíritu para llevar a cabo su labor de comunión nos obliga a renunciar a todos las barreras que estamos poniendo para protegernos de los demás, “porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí – es decir, por el amor a la total unidad del Cuerpo de Cristo -, la salvará”.

-Y vosotros, ¿Qué decís? Para vosotros, ¿quién soy yo? Jesús no nos pide una definición de su persona, sino un testimonio de lo que es “para nosotros”.

El evangelista dice que Nuestro Señor hizo esta pregunta después de haberse apartado para orar. Leyendo la continuación de la perícopa en la que Jesús anuncia el sufrimiento, muerte y resurrección del “Hijo del hombre”, suponemos que hablaba con el Padre de la Pascua estba a punto de padecer por nuestra salvación. Si bien la respuesta de Pedro – “el Mesías de Dios” – es correcta, no se revelará su significado completo sino hasta después de la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte, y sólo entonces podremos comprender que Cristo vino “para salvarnos”. Por tanto, solo podremos responder a la pregunta de Nuestro Señor, haciendo memoria del camino recorrido con él, y de su obra de liberación en nuestras vidas; liberación de nuestros egoísmos, nuestras mentiras, nuestra hipocresía, y la apertura a la verdadera libertad, la libertad de poder amar, es decir, a poder perder nuestra vida gratuitamente en el servicio de los demás.

Este es un testimonio que hace mentir a todas las ideologías que tratan de reducir el cristianismo a un mortífero moralismo.

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