Domingo de Pascua

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea, van al sepulcro para embalsamar el Cuerpo de su Señor. Una gran sorpresa les espera: ¡los restos mortales del Señor desaparecieron de la tumba, cuya piedra está vuelta sobre el lado! Su desconcierto es total.

Precipitadamente, mientras que todavía todo es tinieblas alrededor de ellas y en su corazón, dos mensajeros divinos con ropas deslumbrantes se les presentan, estando encargados de orientar su búsqueda: “¿Por qué buscan al Viviente entre los muertos?” Si está vivo, entonces es claro que “no está aquí”: los vivientes no habitan en las tumbas. ¿Pero cómo puede estar vivo, Él cuyos restos mortales han sido depositados en este sepulcro? La respuesta resuena como un golpe de trompeta: ““ha resucitado” como lo había anunciado; por tres veces nos lo había advertido: “hace falta que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que, el tercer día, resucite””

Todavía hoy, es la Palabra de Jesús la que debe orientar nuestra búsqueda; es ella la que nos hace presentir que la ausencia aparente del Señor, anuncia otro modo de presencia, que se debe discernir a la luz de la fe.

Misión cumplida, los ángeles desaparecen. Movidas por una esperanza loca, “María Magdalena, Juana y María madre de Santiago así como otras mujeres que les acompañaban” corren para compartir su experiencia conmovedora, entre las que a decir verdad, todavía no miden el alcance. Pero los Apóstoles no dan crédito a sus palabras que les parecen delirantes, y que atribuyen a la dificultad de estas mujeres de decir adiós a su esperanza. Pedro, sin embargo, es conmovido por su relato; quiere tener el corazón tranquilo y corre a la tumba, donde descubre sólo la mortaja. El cuerpo efectivamente ha desaparecido. Emocionado, Pedro no reúne a sus compañeros, sino “regresa en su casa, totalmente asombrado de lo que había sucedido”. Todavía no tiene la fe, pero él también se pone de camino: él entra al interior de sí mismo para hacer el ejercicio de anamnesis que los Ángeles le pidieron a las mujeres. Se prepara así para el encuentro con el Resucitado (Lc 24, 34), que será el fundamento de la fe de la Iglesia.

Tal fue el camino de las mujeres, los apóstoles, y todas las generaciones de creyentes a lo largo de la historia; tal es también el camino que tomamos en esta noche santa. Es por la larga escucha de la Palabra de los profetas que nos anunciaban la llegada del Mesías, que hemos podido reconocer la presencia del Resucitado en el centro de su aparente ausencia.

Sí el Cristo ha resucitado: está vivo aquí ahora, en medio de nosotros. Que nos renueve en nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, con el fin de poder discernir los signos de su presencia en nuestra vida diaria. Podremos entonces ser testigos por toda nuestra vida de la Buena Noticia: ¡Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado, aleluya!

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