Domingo de ramos

“Cuando tuvo lugar la cena pascual, Jesús se sentó a la mesa, y los Apóstoles con él. Él les dijo: “¡He deseado ardientemente comer este Pascua con ustedes antes de sufrir!””. La lectura de la Pasión comienza con la fracción del pan eucarístico. Se abre a la expresión del deseo más intenso de Nuestro Señor. Debemos acoger este misterio para vivir luego la subida al Gólgota. No se trata de un preliminar emocionante sino de la revelación del corazón del misterio que celebramos a lo largo de esta Semana Santa. En la eucaristía, Jesús realiza su deseo de cumplir la voluntad del Padre. En la eucaristía, Jesús se entrega en nuestras manos para darnos su vida en herencia, se hace lo más cercano a nosotros que pueda ser. Dependiente y vulnerable en el Santísimo Sacramento, el Señor escogió este estado de oblación para nuestra salvación. La Pasión se comprende en la inclusión de las palabras de Jesús: “ardientemente he deseado esta Pascua” y “Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu”. Cristo da su vida al Padre para nuestra salvación.

Nuestra meditación de la Pasión tiene así por virtud despertar en nosotros el deseo de la vida que da el Padre, de renovar el impulso de nuestro ser hacia el Padre. La Pasión es un misterio de unión al Padre. Atravesar la Semana Santa en la proximidad y en seguimiento de Cristo refuerza así nuestra libertad filial. Esta libertad es un abandono simple y confiado en la bondad del Padre; es una docilidad perfeccionada a las mociones interiores del Espíritu Santo. En estos días santos, vamos a conocer la alegría de ver purificado y hecho más profundo nuestro deseo de hacernos a servidores con el Siervo sufriente.

A nosotros que buscamos a Dios, a nosotros que, hoy más que nunca, procuramos descubrir a Dios tal cual es, tal como viene a nosotros, el Padre se revela en el evangelio de la Pasión como nuestro fin ya que es nuestra fuente. Jesús que entrega su espíritu al Padre nos enseña que el Padre mismo es nuestro cumplimiento. Jesús que parte el pan eucarístico nos enseña que este cumplimiento no se sitúa en un futuro lejano: el Padre nos propone nuestro cumplimiento a cada instante y desde ahora, particularmente en la eucaristía que es la plenitud.

Entre estos dos versículos, entre la manifestación del deseo íntimo del Cristo y su muerte en las manos del Padre, descubrimos el camino de la Cruz. Debemos consentir en eso. La alegría de Cristo se descubre al discípulo que acepta y que aprende a desear el camino de la Cruz. Porque, en la noche profunda que Jesús atravesó para liberarnos del pecado y de la muerte, experimentaba alegría de cumplir la voluntad del Padre. Por su camino de Cruz, Cristo abrió a los hombres el camino hacia el Padre, que es un camino de alegría. Tal es el itinerario paradójico de la Semana Santa: mientras que nuestro amor de Jesús nos empuje a unirnos en su soledad a Getsemaní, mientras que el peso aplastante de la Cruz del Cristo nos impida unirnos por nuestras propias fuerzas, la Semana Santa nos abre la pequeña vía, que nos une al Señor tomando la vía espiritual de la infancia.

Para Jesús, Nazaret fue en efecto el crisol de la Pasión. Su confianza de niño lo condujo al abandono al Padre. En el pesebre de Belén como sobre la Cruz del Gólgota, Jesús es atado por los lazos que no detienen el movimiento del don de sí. Al contrario, Jesús se dejó clavar en la Cruz para liberarnos de nuestras esclavitudes. El Niño Jesús se dejó envolver porque el amor que hace libre es dependencia radical. La Cruz, como el pesebre, es la madera sobre el cual la Vida nace. Así es particularmente apropiado el girarnos hacia María para aprender de ella del abandono confiado de la infancia espiritual. El Santo Padre Benedicto XVI, comentando un versículo de salmo, “hijas de Tiro, las más ricas del pueblo, cargadas de obsequios, buscarán tu sonrisa” (Sal 44,13), veía en los “ricos del pueblo” las personas que, en el orden de la fe, presentan la más grande madurez espiritual. En efecto, sólo una madurez espiritual elevada permite reconocer su debilidad y su pobreza delante de Dios. Aprendamos pues de María del aceptación de nuestra pequeñez, la aceptación a llevar nuestras cruces débilmente, y María nos enseñará del abandono confiado en las manos del Padre. Entonces nuestro corazón sabrá abrirse a la compasión hacia nuestros hermanos, a la imagen de Nuestro Señor que perdonará a sus verdugos. La alegría del Cristo sobre la Cruz es cumplir la voluntad del Padre reconciliando el mundo con él. La Cruz es el trono real desde el cual Cristo decreta la salvación del mundo, el portal de entrada a la vida del Padre.

Así la meditación de la Pasión de Nuestro Señor nos enseña que nuestra vida es el pasaje hacia el Padre con y en Jesús. Qué estos días santos sean para cada uno de nosotros la ocasión de consentir la Cruz como el camino de vida, el tiempo de la gracia que introduce en la alegría de cumplir en toda cosa la voluntad del Padre: “no sea mi voluntad que se haga, pero la tenga”.

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