Fr. Miguel Parra ofm

Sigue en orden de sucesión el R. P. Miguelito (como le decíamos afectuosamente los¬ que lo tratamos). Hombre pequeño de estatura física, no así en lo espiritual, encorvado más que por el peso de los años por la costumbre de no levantar la vista a las cosas mundanas. Sencillísimo en su modo de obrar, pero profundamente convencido de su misión y dignidad sacerdotal. Digno émulo de los discípulos de nuestro Padre San Francisco despertaba en quienes lo veían y lo trataban un atractivo inexplicable (porque humanamente hablando parecía una persona insignificante) y sin embargo difundía un no sé qué que agradaba a todos … como sucedió a mi que traía una idea bastante arraigada como la de algunos contemporáneos quienes sabíamos de oídas que el P. Miguel era un hombre duro e im¬placable, que cuando habla sido Maestro de Novicios había sido así, etc., etc.; pero la realidad fue tan diversa, pues cuando mis compañeros y yo lo conocimos y tratamos personalmente, la idea negativa que nos habíamos formado de él se trocó en todo lo contrario, ya que en ningún momento de convivencia con él descubrimos dureza alguna o incomprensión, y sí, en cambio, descubrimos en el P. Miguel a un verdadero padre, sencillo y amable, lo que no impedía -desde luego- el que nos llamara la atención cuando se hacía necesario; pero siempre con caridad. Y eso que todavía vivíamos a la antigüita, acostumbrados a métodos de disciplina duros!

Nunca podremos -los que fuimos sus discípulos- negar que el P. Miguel fue modelo de humildad, ni desconoceremos la profundísima fe que lo caracterizaba y que tan espontánea se manifestaba en su vida diaria. Recuerdo muy bien las consideraciones que hacía sobre el poder y Providencia de Dios N. S. que había infundido la vida en un insecto tan pequeño cuando casualmente veía alguno de estos animalillos y nos hacia una verdadera disertación sobre la bondad de Dios.

Recuerdo una experiencia personal de una vez que íbamos a salir de paseo y yo no tenía sombrero (porque hay que advertir que en ese tiempo era obligato¬rio usarlo) y por carecer de él, nuestro P. Vicario que era el P. Rodolfo Ortega, me advirtió que no podía salir. Ya me habla resignado a quedarme en casa cuando me vio el P. Miguelito y me preguntó la razón de no estar en traje de paseo; le expliqué el motivo y renunciando a su sombrero se dirigió a los demás estudian¬tes y les dijo: los que no gusten llevar sombrero para que les haga provecho el sol pueden hacerlo. Así que el P. Miguel y algunos compañeros lo hicieron para que yo no me sintiera mal. Como pueden ver, en esa ocasión se repitió una es¬cena parecida a la que nos cuentan las Florecillas.

Podría seguir contando muchos ejemplos y experiencias que al sacarlas del pasado nos harían vivirlas, porque esta clase de personas que practicaban lo que creían se convierten en modelos qué imitar.

Fr. Jorge Rivas ofm +

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