Jesucristo, Sumo sacerdote

Desde el principio de la era cristiana y por mandato del mismo Jesucristo, el sacerdote ha quedado instituido como tal para representarlo entre los hombres. Motivo de más para considerarlo especial y escogido por Dios. Por esta razón aquí consideraremos algunos aspectos humanos y divinos del «sacerdote actual», según las mismas palabras eternas del mismo Cristo.

El Sacerdocio de Jesucristo
Desde que el hombre es hombre, hay sacerdotes sobre la tierra, al menos en su función fundamental que es la de ser mediadores entre Dios y los hombres.

Sacerdote es aquel que, tomado de entre los hombres y en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios (Heb 5,1). El sacerdote es un puente de doble dirección: une a Dios con los hombres y une a los hombres con Dios. Es a partir de esta función esencial que al sacerdote se le dice «Pontífice», palabra que quiere decir «constructor de puentes», porque une las dos orillas, la del Creador y la de la criatura.

El sacerdote es consagrado para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados (Heb 5,1). De ahí que la actividad principal del sacerdote sea ofrecer el sacrificio Eucarístico. Sin sacerdote no hay sacrificio, y sin sacrificio no hay sacerdote. Por eso, propiamente hablando, ni los judíos (en este tiempo), ni la mayoría de los protestantes tienen sacerdotes, porque no tienen sacrificio.

El sacerdote es elegido de entre los hombres para que tenga compasión de ellos y no se atemorice de las miserias humanas; que pueda compadecerse de los ignorantes y extraviados, por cuanto él también está rodeado de flaqueza, y a causa de su flaqueza debe por sí mismo ofrecer sacrificios, igual que por los del pueblo. Si los ángeles fuesen sacerdotes no podrían compadecerse de los hombres.

No cualquiera puede ser sacerdote. Es un hecho que el sacerdote debe ser llamado por Dios: ninguno se toma por sí este honor sino el que es llamado por Dios, como Aarón (Heb 5,4). Por eso siempre debemos orar pidiendo por el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, como nos enseñó el mismo Jesús: La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9,37–38).

Jesucristo, nuestro Señor, es el Sumo, Eterno y Único Sacerdote. Porque une en su divina Persona, segunda de la Santísima Trinidad, la naturaleza divina y la naturaleza humana, uniendo perfectamente en sí mismo a Dios y al hombre, al hombre y a Dios.

Jesucristo sacerdote-hombre
El sacerdote, como Cristo, no debe ser más que hombre, ni menos que hombre. Debe ser miembro del pueblo que representa. El Hijo de Dios se hizo hombre para ser sacerdote. El fin de la Encarnación es la redención, que Cristo realiza por el sacrificio de la cruz. Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Se asemejó a los hombres en todo menos en el pecado para que, habiendo sido probado en el sufrimiento, pueda ayudar luego a los que se ven probados (Heb 4,15). Por eso : Acerquémonos confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y gracia para una ayuda oportuna (Heb 4,16). Dice San Buenaventura, que Cristo «en las mismas entrañas de la Virgen revistió los ornamentos sacerdotales para ser nuestro Pontífice».

Jesucristo sacerdote-llamado
Jesucristo no se apropió la gloria del sumo sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Heb 5,5–6). Fue declarado por Dios Sumo Sacerdote (Heb 5,10).

Porque se trata de desempeñar funciones sagradas, especialísimas, únicas entre todas las funciones sociales. Si hubiese alguien que ejerciera a su antojo las funciones sacerdotales, no perseveraría en el sacerdocio. Si alguien, sin ser llamado, adoptase la investidura sacerdotal por sí mismo, sería un intruso y un usurpador. El sacerdote, por ser mediador entre el cielo y la tierra, debe ser grato especialmente en orden a la gloria que espera. Por eso Dios se reserva el derecho de elegir a quien él quiere.

Jesucristo sacerdote-consagrado
Jesucristo fue consagrado sacerdote en el seno de la Virgen, porque allí se unió, personal y perfectamente, la naturaleza humana con la persona del Verbo. Allí la humanidad de Cristo fue ungida por Dios con la divinidad del Verbo. El Verbo es el crisma sustancial, porque es sustancialmente Dios. Al tocar el Verbo la humanidad de Cristo, lo consagra y unge como Sacerdote único y total; porque es el único hombre que se ha puesto en contacto personal con Dios, que, íntima y totalmente, invadió su alma y su cuerpo, haciéndolo sacerdote desde el mismo instante de la encarnación.

La consagración de los ministros es participación específica en el Sacerdocio de Cristo, la cual se comunica oficial y públicamente, y por medio de la cual el hombre queda capacitado para ejercer el Oficio Sacerdotal de Cristo. No a propia voluntad sino en virtud de Aquel que lo ha consagrado.

Jesucristo sacerdote-santo
La santidad le pertenece de manera esencial a Cristo Sacerdote, Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos (Heb 7,26).

Santo: como ya lo había anunciado el ángel Gabriel a la Virgen María: el Hijo engendrado será Santo (Lc 1,35). Inocente: podrá decir a sus enemigos: ¿Quién de vosotros me acusara de pecado? (Jn 8,46). Inmaculado: libre de pecado original y personal, sin mancha, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos sumos sacerdotes…, (Heb 7,27).

Así, todo sacerdote, ejerciendo este Oficio de institución divina, y no sólo eclesial, está llamado a la santidad, cada día, de manera gradual; para así alcanzar la santidad que le viene exigida por el papel que desempeña en la Iglesia.

Jesucristo sacerdote-inmortal
El sacerdocio de Jesús es inmortal, porque su sacerdocio es eterno. Todos los sacerdotes, de todas las jerarquías y de todas las religiones, han tenido que renovarse sin cesar. Jesucristo no, porque no muere. Murió una vez para consumar el sacrificio en la cruz, y luego resucitó. El sacerdocio instituido por ley humana es mortal; el instituido por ley divina es inmortal; Cristo es Sacerdote de esta segunda manera: no por ley de prescripción carnal, sino según la fuerza de una vida indestructible (Heb 7,16). Jesucristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre Él (Rom 6,9), y tiene un sacerdocio perpetuo, porque permanece para siempre (Heb 7,24).

Jesucristo sacerdote-único
Porque es sacerdote a semejanza de Melquisedec (Heb 7,15). Es decir que, como aquel Rey de Salem, Jesucristo es Rey y Sacerdote al mismo tiempo. Es Rey de justicia, porque es Dios, y como Sacerdote, vino a establecer la justicia entre Dios y los hombres, pagando en justicia lo que debíamos al Eterno. Como aquél ofreció pan y vino en la Última Cena, lo sigue ofreciendo cada vez en cada Misa.

Jesucristo es un Sacerdote nuevo, porque sustituye el sacerdocio del Antiguo Testamento. No sólo ocupa su lugar, sino que lo abroga –lo da por abolido–. Así como es nuevo el Sacerdote, nuevo es el Sacrificio, nueva la Alianza que se sella con la nueva Sangre, nueva la reconciliación y la redención, que son una realidad esplendorosa que nadie, nunca, podrá destruir. Los sacerdotes del Nuevo Testamento no sustituyen a Jesucristo, ni lo suceden, ni multiplican su sacerdocio, sino que participan de él, hacen presente a Cristo porque obran in persona Christi. Nadie hay en la Iglesia que sea sucesor de Cristo, porque es imposible sucederlo y, además, innecesario. Los sacerdotes del Nuevo Testamento son sucesores de los Apóstoles, pero no de Cristo.

Las ovejas son sólo de Cristo; el Señor, al encomendarle el rebaño a San Pedro, le dice: Apacienta mis corderos … Apacienta mis ovejas … (Jn 21,15–17). En la Iglesia Católica, tanto los fieles como los pastores, son sólo de Cristo.

Conclusión
Así pues, esta sencilla aportación es una diferente interpretación de la figura sacerdotal de los llamados hoy, y abre un camino como veta interesante del saber y de la santidad demostradas por el mismo Dios a sus hijos a través de sus sacerdotes.

A nosotros nos queda vivir en el tiempo y valorar la figura de los sacerdotes que, con todo y su humanidad defectible y falaz, nos demuestran cada vez las bondades del Altísimo mismo. Sólo Dios, quien ha comenzado esta obra en favor de los hombres, la lleve a feliz término, dando a cada uno de sus hijos no según lo que nos merecemos, sino lo que le plazca en su misericordia.

Fr. Saúl Galván OFM

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