La ascención del Señor

Los últimos versículos del último capítulo del evangelio de Lucas hacen de bisagra con principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde la escena de la Ascensión es contada una segunda vez (1a lect.). En el evangelio parece la conclusión de un relato: la misión de Jesús se termina sobre tierra, es llevado al cielo. En los Hechos, el mismo acontecimiento está situado al principio de un libro, y pues relatado en la óptica de un comienzo: he aquí que comienza el tiempo de los testigos, que durará hasta la vuelta de Jesús, cuando “vendrá de la misma manera en que lo vieron irse hacia el cielo” (He 1,11).

He aquí una promesa que ciertamente nos alegra, pero ¿Debemos esperar el fin de los tiempos para ver volver a Cristo? No es lo que nos dice la liturgia: el extracto de la carta a los Hebreos que escuchamos en la segunda lectura afirma que “Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, aparecerá una segunda vez, no a causa del pecado, sino para la salvación de los que lo esperan”. ¿Qué es la salvación si no la participación en la vida divina en el Espíritu? La segunda aparición de Cristo no es la Parusía, sino su llegada a nuestros corazones por la bajada del Espíritu Santo, el fruto divino de su Pasión victoriosa.

La descripción de la Ascensión en el libro de los Hechos (1a lect.) confirma esta interpretación: Jesús desaparece a los ojos de los apóstoles “en una nube”- símbolo del Espíritu; y los Ángeles declaran que “vendrá de la misma manera en que lo vieron irse hacia el cielo” – es decir en la nube del Espíritu, que descenderá sobre los apóstoles reunidos alrededor de María en el Cenáculo, el día de Pentecostés.

La Ascensión no es pues el relato de una partida, sino la inauguración de un nuevo modo de presencia, en el cual los apóstoles serán iniciados cuando recibirán la “fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ellos”. Cristo mismo podrá entonces continuar su ministerio y testimoniar a través de ellos la Buena Noticia del amor del Padre, “en toda la Judea, Samaria, y hasta las extremidades de la tierra” (1a lect.).

Es por otra parte significativo que después de que Jesús los hubiera bendecido y hubiera sido “llevado al cielo”, los discípulos “se postraron ante él”: pues no está ausente. Adoran a su Señor en este nuevo modo de presencia que es en lo sucesivo el suyo en medio de ellos – como en medio de nosotros hoy. La alegría con la que son colmados, no es otra que la del Espíritu Santo, la que los conduce al Templo para bendecir a Dios “en espíritu y la verdad” – como nosotros mismo lo hacemos, empujados por el mismo Espíritu.

Comprendemos que desde principios del siglo cuarto, en ciertos lugares (como en Palestina por ejemplo), se conmemoraba la Ascensión el día del Pentecostés: el tiempo de las apariciones del Resucitado se acaba, pero Cristo permanece presente en medio de los suyos, “vuelve hacia ellos”, por el don de su Espíritu, del que somos hechos participes de su filiación divina (cf. 2 Pe 1, 4).

El relato de Lucas se acaba en el Templo, es decir allí dónde había comenzado: la liturgia inconclusa del sacerdote Zacarías, puede extenderse en lo sucesivo en alabanza universal en el santuario del mundo, donde arderá pronto el Fuego del Espíritu.

“Señor, esperas de nosotros que seamos antorchas vivas que lleven por todas partes el Fuego del amor: abrásanos por tu Espíritu, “revístenos de la fuerza venida de lo alto”, para que podamos afirmar sin doblar nuestra esperanza”, apoyándonos en tu sola “fidelidad, tú que has prometido” de estar con nosotros cada día hasta el fin de los tiempos.”

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