La Bendición sacerdotal del libro de los Números


l primer día de cada año, la liturgia de la Misa nos presenta como primera lectura el texto del libro de los Números (6,22-27) donde está contenida lo que nosotros llamamos “Bendición sacerdotal” o “Bendición aronítica”, por Aarón hermano de Moisés. Leer esta cita bíblica el día primero de Enero resulta bastante significativo, porque al iniciar un año, lo que más nos interesa, como hombres y mujeres de fe, es recibir la bendición de Dios. Este año, resulta también importante llamar nuestra atención sobre este texto de la Biblia porque estamos en el “año sacerdotal”, y esta lectura nos refiere precisamente una de las funciones de los sacerdotes.

La idea de bendecir o bendición en el Antiguo Testamento es expresada con la palabra barak en hebreo. Sea como verbo o como sustantivo la raíz de esta palabra aparece 400 veces en la Biblia hebra, y puede ser usada para decir que Dios bendice a los humanos o que los humanos se bendicen unos a otros o que los humanos bendicen a Dios, en el sentido de alabar o decir bien de Dios.

Tratándose de humanos que bendicen a otros humanos, encontramos en el Antiguo Testamento al menos dos tipos de personas que podían “oficialmente”, de parte de Dios, bendecir a otras personas: los reyes (2sam 6,18) y los sacerdotes (Dt 10,8;21,5).

Los libros del Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio nos hablan, entre otras cosas, de los sacerdotes del pueblo de Israel y de las diferentes funciones que debían realizar. Entre los sacerdotes están los descendientes de Aarón, hermano de Moisés, que constituyó la casta sacerdotal durante el tiempo del Éxodo, después de la salida de Egipto. El libro del Levítico -capítulo 9- nos reporta la primera vez que Aarón fungió como sacerdote y bendigo al pueblo. La tradición sacerdotal de Aarón, iniciada en el camino del desierto, se perpetuaría en el pueblo de Israel hasta llegar al tiempo en el que el culto se realizaba ya en el templo de Jerusalén. De este modo la tradición de la bendición que presenta el texto del libro de los Números se sitúa en el tiempo en que el pueblo aún no tenía una tierra propia, pero se continuó realizando en el Templo o en las sinagogas de la tierra prometida, una vez ya establecido el pueblo de Israel en ella.

Leyendo la cita bíblica de Números 6,22-27 podemos ver que está compuesta de tres partes:

1. Una Introducción (vv. 22-23): “Yahvé habló a Moisés y le dijo: di a Aarón y a sus hijos: de esta manera bendecirán a los israelitas”. Aquí se deja en claro que Yahvé es quien dirige y determina la acción y función de los sacerdotes. Él es quien les dice lo que han de decir y hacer. Bendecir es pues de una “orden” dada por Yahvé a los sacerdotes. De hecho fijémonos que este texto se encuentra en el apartado donde el libro de los Números presenta una serie de leyes y normas diversas.

2. Viene luego la Bendición en sí misma (vv. 24-26). Sobre esta parte de la cita bíblica nos ocuparemos a continuación.

3. Finalmente una Conclusión (v. 27): “Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y Yo los bendeciré”. Casi como para dejarlo bien claro, se vuelve a repetir en esta tercera parte la indicación de que esto es lo que deben hacer los sacerdotes de Israel; nuevamente se remarca aquí el carácter de orden o mandato del texto.

El texto de la bendición dice:

Que Yahvé te bendiga y te guarde. Que haga resplandecer su rostro sobre ti y te otorgue su gracia. Que vuelva a ti su rostro y te de la paz.

Como podemos ver, la bendición en sí misma consiste en tres invocaciones paralelas entre sí. Cada una de ellas está formada por dos expresiones subjuntivas, es decir frases que expresan un deseo. Las tres invocaciones tienen como sujeto único el nombre de Yahvé.

Estos primeros detalles nos dicen dos cosas muy importantes: 1. Yahvéh es quien bendice, Él es el sujeto único de la acción de bendecir, por eso es el sujeto único de las tres expresiones. Es de Dios de quien viene todo bien, el sacerdote es simplemente un mediador. Esto queda claro en el versículo 27 donde Yahvé mismo dice “así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y Yo los bendeciré”. 2. la bendición es un deseo expresado por el sacerdote, en este caso se expresan tres deseos con tres frases. El sacerdote no es quien bendice, él simplemente es quien invoca y pide la bendición de parte de alguien más.

A propósito de esto, debemos recordar que aunque no sea el sacerdote quien bendice sí estaba obligado él a vivir santamente. El libro del Levítico presenta precisamente una serie de normas de purificación y rituales de santidad que los sacerdotes tenían que observar. Esos ritos y prácticas externas debían ser expresión de la santidad de vida en la que los sacerdotes tenían que vivir. Si ellos estaban dedicados a las cosas de Dios, debían procurar ser santos como Él es santo, y de ese modo no entorpecer la acción santificante del mismo Dios. Para poder bendecir y santificar, de parte de Dios, a las cosas y las personas, el sacerdote debía ser él primero purificado, bendecido, consagrado y santificado, y eso lo hacía cada día de su vida.

La primera frase –Que Yahvé te bendiga y te guarde– expresa el deseo de que se realice una doble realidad en el oyente: bendecir y guardar. La palabra bendecir (en hebreo bakar) hace referencia, en la Biblia del Antiguo Testamento, a recibir todo tipo de dones buenos de parte de Dios, dones que pueden ser materiales o espirituales. Por su parte, la palabra guardar (en hebreo shamar) se refiere a la protección y ayuda de parte de Dios, como quien vigila y defiende. De este modo, podemos decir que se complementan estas dos realidades; primeramente, se desea que se reciban de Dios todo tipo de bienes y después, que sea el mismo Dios quien ayude a conservar esos bienes recibidos.

La segunda frase –Que haga resplandecer su rostro sobre ti y te otorgue su gracia– expresa también un doble deseo: hacer resplandecer y otorgar.

El primer deseo: hacer resplandecer el rostro sobre alguien, es una expresión poética muy propia del estilo semítico del pueblo de la Biblia; de hecho aparece en varios Salmos (31,16; 66,2; 80,4,8). El significado de esta metáfora tiene un sinónimo en las frases: “volver el rostro hacia alguien”, “voltear a mirar a alguien”. Pero en este caso tiene una carga mucho más rica y bella, porque el texto dice “haga resplandecer su rostro”; es decir, que Dios te muestre su cara resplandeciente, llena de gloria, hermosa, luminosa, gozosa; no una cara ordinaria, y mucho menos sombría, oscura o disgustada. Que Dios te mire con benevolencia y favor.

El segundo deseo: te otorgue su gracia, tiene también a Dios por sujeto. En este lugar, en el texto hebreo aparece el concepto hen, que nosotros traducimos con la palabra gracia. Este concepto tiene varios significados: favor, amistad, misericordia, estima, complacencia. Por tanto se trata del deseo de contar con el favor divino, de ser agradables a sus ojos.

La tercera frase –Que vuelva a ti su rostro y te de la paz– repite nuevamente la idea de la frase primera en cuanto a que Dios dirija su mirada sobre quien es bendecido, el sentido opuesto de esta frase lo encontramos en los Salmos cuando se dice de Dios: “escondiste tu rostro, Yahvé, y fui conturbado” (Sal 30,8; 44,25). Pero en esta ocasión se introduce un nuevo deseo: el don de la paz. El concepto shalom es traducido correctamente en español por la palabra paz; pero no siempre es totalmente comprendido con toda la riqueza de sentido que tiene. Primeramente, hemos de decir que bíblicamente paz no es sólo la ausencia de guerra; tampoco la quietud o silencio interior o exterior.

La palabra Shalom-paz hace referencia fundamentalmente a la idea de totalidad, pero de una totalidad positiva y buena; por tanto se puede hablar, muy franciscanamente, de: “todo bien, sumo bien, bien total”. Más aún, el concepto Shalom-paz “no es excluyente”, se refiere a la totalidad de las realidades espirituales y santas venidas de Dios, pero también a todas las realidades que podrían parecer “mundanas” o materiales. De este modo cuando se da el saludo de la paz a alguien es una manera de desearle todo bien material y espiritual. Abundancia en la dimensión espiritual invisible y abundancia en cosas materiales, e incluso en cuanto a los años de vida o al número de hijos, todo visto como una dadiva divina.

En la bendición sacerdotal del libro de los Números se expresan principalmente tres deseos: la protección de Dios, la amistad o favor de Dios y todo bien de parte de Dios. Se descubre una progresión en esos tres deseos, primero se piensa sólo en la protección, luego se habla de la amistad, y finalmente se anhela toda la plenitud de Dios.

Fr. Maximino Rangel OFM

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