La Inmaculada y su Defensor en una pintura de Segoviano

El día 8 de Noviembre se celebra la fiesta del Beato Juan Duns Escoto. Él ingresó con los frailes franciscanos de Dumfries en 1279. Fue ordenado sacerdote el 17 de Marzo de 1291. Luego de años de estudio y actividad como profesor en París y Oxford, murió el año de 1308, en Colonia Alemania.

Juan es su nombre de pila, nombre al que se le agregó el nombre del Pueblo donde nació Duns y del país al que pertenecía Escocia: Juan Duns Escoto. El 20 de Marzo de 1993 el Papa Juan pablo II confirmó su culto como Beato.

Escoto fue un maestro de filosofía y teología; dada la agudeza de sus ideas se le conoce como “el Doctor sutil”; y siempre se le ha reconocido como defensor de la Inmaculada concepción de la Virgen María.

El P. Jaime escribió sobre un cuadro que representa a este Beato franciscano; ahora exponemos aquí ese escrito.

“En el Seminario de San Antonio de los Franciscanos de Michoacán, en El Paso, Tx., se encuentra una pintura al oleo, 100 cm. x 70 cm., que puede ser llamada “La Inmaculada y su Defensor”. El artista que la llevó al lienzo fue Antonio Segoviano, renombrado pintor de la Ciudad de León, Gto., que después de su muerte acaecida en la segunda mitad del siglo XX, ha alcanzado categoría de pintor excelente.

Ese pintura fue obsequiada al Seminario, en 1945, por el entonces Provincial M.R.P. Fr. Leopoldo Campos, quien la mandó pintar ex profeso para este Teologado, a fin de que la imagen del inmortal Fr. Juan Duns Escoto, allí representada, presidiera el acto académico, que desde siempre ha sido celebrado en su honor cada 8 de Noviembre, día conmemorativo de su muerte, y ahora día de su fiesta litúrgica, pues este insigne franciscano ha sido beatificado hace algunos años.

En efecto, en esa muy notable y hermosa pintura está representado el beato Juan Duns Escoto, quien desde los años inmediatos a su muerte, en 1308, ha sido considerado caudillo de la ciencia teológica franciscana. Y está representado ante una muy bella figura de María Inmaculada, para poner de relieve el hecho que más lo enaltece y llena de gloria, que fue el haber creado, con su agudo ingenio, un firme fundamento teológico a la piadosa creencia del pueblo cristiano, de que la Virgen María no contrajo en su concepción el pecado original.

Efectivamente, Escoto, con el rigor de la ciencia teológica y la fuerza de razonamientos incontestables, elaboró un cuerpo de doctrina que da fundamento a la verdad, de que María, por haber sido divinamente predestinada para ser madre del Hijo de Dios, mereció ser librada de toda mancha de culpa desde el primer instante de su ser, siendo por ello totalmente inmaculada, la única criatura concebida en plenitud de gracia.

Esta doctrina afirmada y defendida por Fray Juan Duns Escoto, fue tomada como suya por la Orden Franciscana, y llevada adelante contra la oposición de los que no la recibían, hasta que la Iglesia comprobó que era absolutamente verdadera y enseñada por Dios, lo cual fue declarado por el Papa Pío IX con la definición dogmática del 8 de Diciembre de 1854. todo esto es lo que hace presente la pintura de Segoviano, conservada en el Seminario de San Antonio como un tesoro de la piedad y del Arte.

En esa composición pictórica aparece como fondo un presbiterio, del cual asoman el retablo de un altar, un bruñido pavimento y el arranque de un muro lateral. Cubriendo gran parte de ese fondo se extiende una nube, de pie sobre el globo de la tierra, emerge la figura de María, representada como inmaculada.

Su grácil cuerpo muestra la esbeltez de las palmeras de los valles de Oriente, y sus agraciadas formas las cubre una vestimenta que ostenta los colores que muchos artistas han considerado propios de la Virgen, en el misterio de sus concepción sin mancha: el blanco y el azul.
Ese es un blanco de delicada tonalidad marfileña, el cual se mira en el velo que con elegancia le cubre la cabeza y los hombros, dejando al descubierto una ondulada cabellera, y en la túnica que cae hasta los pies, ciñéndose graciosamente a su cuerpo, y ala vez formando pliegues, que figurados con destreza dan la impresión de cierto relieve. Y ese azul que da color al manto es de una incomparable tonalidad. Prendido a la altura de los hombros, ese amplio manto cae largamente mucho más debajo de los pies, cubre la parte posterior y los lados de la Virgen, y se cruza por delante bajo la cintura, plisándose con mucho gusto estético.

El rostro de esta representación de la Virgen María realmente corresponde al de la toda pura y hermosa. En esa faz el pincel diestro y devoto del Segoviano plasmó la pureza inmaculada, la inocencia incontaminada, el candor ilimitado y la gracia en plenitud de la criatura, que al ser concebida no heredó la culpa de Adán, siendo así inmaculada desde el primer instante de su existencia.

Esta cara de hermosa adolecente, de tez tenuemente sonrosada, esboza una sonrisa, mientras dirige una tierna mirada al fraile que tiene a sus pies, que es Juan Duns Escoto, al tiempo que sus brazos y sus manos se juntan frente a su pecho, en actitud de inefable cordura. Su santidad es puesta de manifiesto por el nimbo de luz dorada, que emergiendo de ella, se forma en torno a su cabeza y busto, y su singular prerrogativa de ser inmaculada desde su concepción, la evidencia el hecho, de que al estar de pie sobre la esfera de la tierra, con uno de sus pies aplasta la cabeza de la serpiente infernal, causa del pecado de origen, y con el otro se posa sobre una blanca luna en menguante, siendo la luna una figura de su hermosura sin mancha.

Se ha indicado que la Virgen representada en esta pintura dirige una mirada a Escoto, que está a sus pies, manifestando esto la estrecha relación que ha quedado consignada en la historia, entre ese franciscano de extraordinaria inteligencia y devoción mariana, y la Madre de Jesús, cuya concepción sin mancha él afirmó y defendió, cuando esta verdad era tenida como una simple piadosa creencia del pueblo cristiano.

Escoto en esta pintura aparece de pie ante la Virgen, vistiendo el hábito del Pobrecillo de Asís. Su semblante, vuelto hacia el rostro de María, como respondiendo amorosamente a su mirada, es de un hombre joven, porque es un hecho que él era aún joven, cuando con su mente sutil excogitaba la doctrina que sacaría a flote la verdad de la concepción inmaculada de María. Por lo demás, Escoto murió a una edad en que la gente aparece todavía joven.

Como para enfatizar su proeza como defensor de la Virgen sin mancha, se le ve ahí llevando en una mano una pluma de ave, objeto que servía para escribir en aquel entonces, y en la otra mano un pliego de pergamino ya escrito. En esto se ha de ver simbolizado todo lo que él se afanó para dar fundamento teológico a la piadosa creencia de la pureza total de la Virgen, siendo su doctrina la que seis siglos después el Papa definió como verdad dogmática.

Como para comprobar esto, Fray Juan Duns Escoto tiene bajo sus pues, como derrotado, a un hombre de aspecto desagradable que representa al error contra la fe en la concepción sin mancha de María. Y a un lado de la Virgen tres hermosos angelitos en vuelo, con apariencia de tiernos niños, llevan en alto el escudo de S.S. Pio IX, que fue el Papa que definió el Dogma de la Inmaculada concepción.

Poco más abajo, otros dos angelitos, mientras vuelan, extienden una tira de lienzo blanco en que está escrito el cñelebre silogismo, en que se resume la doctrina de Escoto para probar la verdad de la Inmaculada Concepción. Este es su texto en latín: “Potuit, decuit, ergo fecit” (Pudo, quiso, luego lo hizo), que se explica así: Podía Dios en su omnipotencia infinita hacer que la Virgen no contrajese el pecado original. Convenía que así lo hiciera, pues ella iba a dar carne y sangre al Verbo Divino, que iba a encarnarse en su seno. Luego eso hizo: no permitió que la culpa de origen manchase por un solo instante a la que había de ser Madre de Dios.

Al otro lado, tras de Escoto, dos angelitos más enarbolan una bandera de color rojo con franjas amarillas o de color gualda, que en mi opinión es el pabellón de España, cuyo pueblo en su totalidad, comenzando con sus Reyes, hizo suya la doctrina de Escoto y de los Franciscanos sobre la limpia concepción de la Virgen. Desde hace varios siglos la Inmaculada Concepción ha sido patrona principal del Reino hispano.

Finalmente otros dos bellos angelitos, que en su infantil anatomía desnuda personifican la inocencia, se encuentran bajo la Virgen y junto a Escoto, en actitud de desenvolver una tira de lienzo. No se ve nada escrito en ella, pero bien pudiera pensarse que lo que allí debería estar escrito es la atinada sentencia latina del Defensor de la Inmaculada: “Excellentius Mariae”. Que en traducción libre significa: “Lo más excelente que pueda haber es para María”.

Esta pintura, realizada para el Seminario de San Antonio en 1945 bien merece perdurar a través del tiempo, como una obra de arte muy apreciable. Quizá no haya términos de comparación entre los pintores Segoviano y Murillo, éste último pintor renombrado en todo el mundo. Pero en lo personal, esta Inmaculada de Segoviano, aunque de reducidas dimensiones, me parece tan hermosa como las Inmaculadas de Murillo.

Fr. Jaime Yáñez

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