Pentecostés

A los apóstoles atrincherados en el cenáculo, el Resucitado había venido para traer su paz, el primer fruto del amor inaudito de nuestro Señor Jesús. Pero no contaba con quedarse allí. Vencer a nuestro Enemigo, liberarnos de nuestra esclavitud, no le era suficiente. El quiere transformarnos en el interior, renovarnos, recrearnos. Misterio inconcebible para sus criaturas, quiere divinizarnos, introducirnos en el corazón de la vida divina. Lo quiere, y lo hace.

Así, la maravilla que Dios opera en este día no es hacer oír el mensaje de los apóstoles a una muchedumbre tan diversa que se apiñaba en Jerusalén. La maravilla que acogemos es una obra de re-creación. Lo cantamos en el salmo: “envías tu soplo, y son creados; ¡tu renuevas la faz de la tierra”!

¡Hoy, una humanidad nueva se levanta, definitivamente restablecida en su dignidad, revestida de la misma gloria de Dios!

Con el retroceso que tenemos sobre el conjunto de la historia de la salvación, hoy es fácil leer. Desde el comienzo, Dios tenía el proyecto de establecernos en su Alianza como sus hijos. El libro de los Hechos de los Apóstoles quiere demostrarlo inscribiendo los acontecimientos de Pentecostés en la continuidad de toda la historia de la Alianza. El “fuego”, la “voz”, y numerosos indicios textuales, hacen referencia al don de la Ley hecho a Moisés sobre el Sinaí. Hoy, la Ley Nueva que se nos da no viene para inscribirse sobre tablas de piedra, sino en corazones de carne. Pero se trata de una ley, de una norma de conducta, que no nos damos a nosotros mismos: nos viene de nuestro maestro y Señor.

Sobre esta cuestión, san Pablo es muy firme. El Espíritu que nos es dado tiene sobre nosotros una “influencia”. El término no es neutro. El Espíritu Santo se encarga de nosotros. Y el Señor confía en que nos sometamos a esta ley nueva. Olvidada, la sabiduría mundana que quiere a toda costa que se trate de andar con rodeos no comprometiéndose ni a la derecha ni a la izquierda, no oponiéndose ni a la una a ni a la otra. Esta política no tiene otro interés que el de fomentar nuestro deseo de autonomía. Pero se trata de una utopía pura. Pertenecemos a Jesucristo porque él nos ha rescatado por su sangre. Rechazar su soberanía, nos explica san Pablo, es ponerse de nuevo bajo la influencia de la carne, es rebelarse contra Dios. Pues no hay alternativa.

Esta es la verdad, y ya la conocemos. No hay que esperar del Espíritu Santo una novedad que sería la adquisición de una ciencia hasta entonces desconocida. Pero, hoy, lo que ya conocemos es iluminado por una nueva luz; lo que sabíamos sobre Dios y de su proyecto sobre nuestras vidas, aparece en la bondad y la coherencia de su unidad. Esta novedad viene del Espíritu, que nos conduce a la verdad, la verdad completa.

Nuestra condición, en efecto, no se resume a pasar de una esclavitud a otra, de la esclavitud de la carne a la esclavitud del Espíritu. El Espíritu jamás fuerza nuestra voluntad; la solicita, la educa, la orienta. El Señor Jesús no nos llama sus servidores, sino sus amigos. El Espíritu de la verdad no es un Espíritu que nos hace esclavos, sino hijos. Este día en que Dios nos concede entrar en el corazón de la relación de amor que une a las personas divinas, el Espíritu solicita nuestro compromiso libre. Espera de nosotros un acto de confianza y de amor. Espera que se le deje por fin las riendas de nuestra vida, pide que nos dejemos guiar por él.

La fiesta de Pentecostés nos plantea pues la cuestión de nuestro compromiso en nuestra vida espiritual … ¿Vamos a continuar viviendo como si pudiéramos instalarnos sobre esta tierra, como si nuestra vida fuera a durar años todavía? ¿Vamos a continuar tomando decisiones cada día como si el Señor no fuera a volver muy pronto? ¿Todavía vamos a justificar mucho tiempo nuestras tibiezas y nuestros miedos so pretexto de sabiduría y ponderación? ¡Miremos a los apóstoles! ¡Ya se fueron! ¡Un incendio abrasa Jerusalén, mañana se difunde hasta Galilea, y pronto en el mundo entero! Es el tiempo para nosotros de correr con Pedro, Santiago, Juan y todos los demás, de correr la carrera de la santidad; ya es hora de entregarse radicalmente a la gracia que nos empuja a anunciar las maravillas de Dios.

Por cierto, este abandono también será la obra del Espíritu en nosotros. Dejémonos pues tomar por la gracia de pentecostés, la gracia de humildad, del verdadero temor de Dios y de valor generoso. No dejemos suprimir en lo sucesivo ningún interés, debido a nuestra indolencia, las exigencias de la justicia; no permitamos que ningún cálculo, que ningún egoísmo, reduzca los espacios inmensos de la caridad. ¡En este día, nos es dado renacer, nos es dado que todo sea grande en nosotros, grande como Dios mismo! Dejemos a la búsqueda y al culto de la verdad tomar toda su envergadura en nosotros. No reprimamos la prontitud al sacrificio hasta la cruz, que el Espíritu suscita en nuestras almas. Este día es grande, este día es bello, porque todo puede corresponder por fin a la oración que el Hijo le dirige al Padre celeste, porque la efusión del Espíritu sobre el mundo y en nuestros corazones viene para renovar la faz de la Tierra.

Hermanos y hermanas, hoy, en el Espíritu, démosle a Dios la alegría que colma más allá de toda medida, la sola alegría que espera de nosotros: entreguémonos, en la confianza, a su acción creadora y dirijámosle, en la sencillez, ambas palabras de nuestra acción de gracia y de nuestro amor: “Abba, Padre”.

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