Viernes santo

La trama de los acontecimientos de la Pasión descrita por santo Juan casi es la misma que la de los Sinópticos: los mismos personajes, los mismos episodios: detención bajo la conducción de Judas, dispersión de los discípulos, la negación de Pedro, proceso ante Pilatos, elección de Barrabas, flagelación, ultrajes, marcha hacia la cruz, el letrero sobre la cruz, el reparto de los vestidos, la crucifixión, muerte de Jesús, amortajamiento …

Pero sobre esta trama, los relatos evangélicos procuran manifestar un sentido para la fe. Es aquí donde intervienen diferentes acentos teológicos. Globalmente, podríamos decir que los Sinópticos, prolongando el relato de la Pasión por el de la resurrección, ponen de manifiesto el esquema “abajamiento / glorificación” bien aclarado por el himno de la epístola a los filipenses (que escuchamos el domingo de Ramos, al principio de esta Semana Santa). San Juan, por su parte, presenta la Pasión como ya irradiada por la gloria divina, si bien la crucifixión claramente es interpretada como la cumbre de la Gloria divina revelada en Jesucristo y no como el lugar del más grande abajamiento. Por otra parte, este título, no es fortuito, que la última palabra de Jesús, elevada sobre la cruz, sea un grito no de desamparo sino de victoria: “todo está cumplido”. Es tan importante observar como en el relato de la Pasión de san Juan, la unidad entre el Hijo y el Padre sólo crece de una manera tal que la travesía de la muerte se presenta como el principio de la glorificación del Hijo a la derecha del Padre en una comunión perfecta.

¿Esto significa que el evangelista haya vaciado la presencia y el valor misterioso de la Cruz? No. Juan no quiere inducirnos a una lectura doceta y un gnóstica de la Pasión y de la muerte de Jesús. Quiere llamar la atención solamente sobre la paradoja de la muerte de nuestro Señor: ¡la Gloria de Dios se revela en el lugar donde se esperaría menos verlo brotar! En el momento en el que san Juan escribe, por otra parte, es más la divinidad de Jesús la que plantea problema que su humanidad.

He aquí porque Juan puso de relieve en el curso de la Pasión de Jesús su identidad verdadera así como su señoría soberano sobre los acontecimientos. A este título, el relato joánico de la aprensión del Señor en el Jardín de los Olivos es revelador. Jesús conoce muy bien la suerte que le está reservada y va a tomar la iniciativa del diálogo con los que vinieron para detenerlo. Es él quien no sólo toma la palabra sino también les plantea una cuestión: “¿ a quién buscan?” ¡Y de confirmarles “yo soy”! Este “yo soy”, como en muchos pasajes del cuarto evangelio, más allá de la simple designación, presenta otro sentido.

Para el que conoce el Antiguo Testamento, él reenvía explícitamente al episodio de la zarza ardiente (Ex 3, 14) y la fórmula utilizada por el Señor para responder a Moisés que le preguntaba por su nombre. Así, frente a los soldados romanos y frente a los guardias del Sumo Sacerdote, representando al poder civil y al poder religioso unidos contra él, Jesús afirma su divinidad aunque son ellos, sus adversarios, quienes caen a tierra. Jesús es dueño de su destino: “ninguno toma mi vida sino soy yo quien la doy.” En el relato de san Juan es impresionante, por otra parte, ver la soberanía con la cual Jesús va desde entonces a dominar las pruebas y el desarrollo de su Pasión, particularmente en el momento de sus últimos instantes.

La Pasión según san Juan pone claramente de manifiesto el enfrentamiento entre el mundo de las tinieblas, ambos poderes civiles y religiosos y unidos, que aparecen como todo poderosos y el mundo de la luz, Jesús, único e impotente a la vista humana. La situación aparente es tal, que en este combate se corre mucho peligro de equivocarse en los medios a utilizar para salir vencedor de él. Así como san Pedro que saca su espada …

Jesús nos muestra aquí que la victoria en el combate no nacerá de la violencia en respuesta a la violencia sino de la obediencia al Padre, la expresión más completa de una comunión total de voluntad con él. ¿Por qué? Porque el combate se sitúa aquí en otro nivel. La intervención de Jesús junto a san Pedro después de que cortara la oreja del servidor Malco, lo muestra claramente: “devuelve tu espada a la funda. ¿Acaso voy a rechazar la copa que el Padre se me ha dado a beber?” Por estas palabras, Jesús manifiesta bien su negativa a la violencia y su deseo de comulgar totalmente a la voluntad de salvación del Padre: “Dios ha tanto amado al mundo que envió a su Hijo no para juzgarlo sino para salvarlo …”

Jesús nos ha salvado por su amor y sus sufrimientos revelando el carácter absoluto. Podemos decepcionarnos de nosotros mismos de no conseguir emocionarnos y llorar a la memoria de la Pasión de nuestro Señor. ¿Pero llorar por lo que sufrió, verdaderamente es lo que Jesús espera de nosotros? A las mujeres, sobre su vía crucis, dirige estas palabras: “no lloren por mí, sino lloren más bien por ustedes mismas” (Lc 23, 28). Lloren por ustedes mismas, lloren por nosotros.

Contemplemos en este día al Crucificado. Escuchémoslo en su Pasión, escuchémoslo hablar a nuestro corazón, escuchémoslo decirnos: “cuentas mucho para mí.” Si hay unas lágrimas en nuestros ojos esta tarde, sean lágrimas de contrición que expresen a la vez el pesar de nuestro pecado y el reconocimiento agradecimiento y la alegría ante el Amor con que Dios nos amó.”

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