“ La Guadalupana de la concha del St. Anthony’s Seminary”

Como cada año, el 12 de Diciembre celebramos a Nuestra Señora de Guadalupe. La tradición guadalupana en el St. Anthony’s Seminary es muy fuerte. El Seminario nació bajo la mirada de esta imagen de la Virgen. Con motivo de su celebración y en el marco del 75 Aniversario del Seminario se presentó y expuso al público la reliquia de “La Virgen de la Concha”, de la cual ahora damos la reseña.

Después de las personas que allí habitan, tal vez el tesoro más preciado que guarda el Seminario de San Antonio es una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe pintada en la concavidad de una concha de mar.

Esta pequeña pintura, de tan sólo 4×5 pulgadas, aproximadamente, fue realizada por el afamado Pintor del México colonial, Juan Correa, a petición del P. Fr. Francisco Frutos.

El Padre Frutos nació en la villa de Meca, no lejos de Alcalá de Henares, en España, el año de 1651. Ingresó en la Orden franciscana el 1º de Junio de 1679. Era de salud delicada y padecía de una especie de tumor en la boca del estómago. Recibió el sacerdocio, y en el año 1682 se enlistó para venir como misionero a la Nueva España, México. A donde llegó en Mayo de 1683.

Ya en México figuró entre los fundadores del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Querétaro, bajo la dirección de Fray Antonio Linaz. Tomó parte en diversas grandes misiones de Querétaro y sus alrededores, y más tarde en la gran evangelización de Guadalajara y sus provincias.

Precisamente, mientras se encontraba en esa misión de Guadalajara enfermó y regresó muy grave al Colegio de Querétaro. Allí se encomendó fervorosamente a Nuestra Señora de Guadalupe y se vio milagrosamente libre del viejo tumor que le molestaba. Sumamente agradecido con la Guadalupana, Fr. Francisco Frutos se convirtió entonces en su mayor propagandista.

Fue por eso que, queriendo agradecer a la Virgen del Tepeyac el favor recibido se encaminó a su santuario en la Ciudad de México, por el año 1690. Allí encomendó al célebre pintor Juan Correa ejecutar diversas copias de la sagrada imagen original de la Guadalupana, para ofrecerlas él a la veneración en los diferentes lugares donde misionaba.

Después de dedicar el resto de su vida a propagar la devoción y amor a la Virgen de Guadalupe, el P. Frutos rindió su espíritu al Señor, el 14 de Mayo de 1694.

El Pintor Juan Correa Santoyo nació en la Ciudad de México, parece ser en 1674. Se le apodaba “el mulato libre”, pues era hijo del cirujano Juan Correa y la señora Pascuala Santoyo, una mujer “morena libre”.

Correa es tenido en los anales de la pintura mexicana como uno de los más grandes pintores del tiempo de la Colonia y uno de los más destacados representantes del arte barroco mexicano del siglo XVII.

Tuvo una muy larga trayectoria artística que se extendió por varios años hasta 1739. Como muchos pintores de su época fue conocido por los encargos religiosos que se le hacían. Sus pinturas abundan, más que las de cualquier otro pintor novohispano, en la Catedral Metropolitana de México.

Entre sus obras más conocidas figuran: “La lucha de san Miguel contra el dragón”; “La entrada triunfal de Cristo”; “La coronación de la Santísima Virgen”; “El cuadro de la asunción”; “El apocalipsis”, que fue destruido en un incendio del coro de la Catedral.

Correa era propietario de una copia del original de la Virgen de Guadalupe; de su taller salieron grandes realizaciones de la Guadalupana; por eso es conocido también como “el pintor gudalupano” de su centuria.

Muchas de sus obras fueron más allá de las fronteras de México. En 1669 envió a Roma una pintura de la Virgen con sus apariciones para la Capilla de Guadalupe de los santos españoles. Y actualmente se encuentran pinturas suyas fuera de México, en museos y galerías de España, EEUU, Guatemala, Nicaragua y Honduras.

El P. Francisco Frutos encargó al pintor Juan Correa la realización de una pintura de la Virgen de Guadalupe con la intención de llevarla a Querétaro y exponerla al culto en la Iglesia de la Santa Cruz. El resultado fue una esplendorosa y devota representación de la Guadalupana, pintada en tela y de buen tamaño, a propósito para ser expuesta al culto público.

Pero además, Juan Correa, a solicitud del santo misionero, pintó también para él una pequeña imagen de la Gudalupana, al estilo de las miniaturas, en la superficie ligeramente cóncava y nacarada de una concha de mar. A esa concha, con la Virgen magníficamente pintada en ella, se la empotró en una cajita de madera, algo más grande que la concha misma, poniendo sobre ella un vidrio que la protegiera, quedando así la concha en una especie de relicario. A la cajita le puso dos puertecitas, fijadas con diminutas bisagras de aquella época, que era posible cerrar con una pequeña aldaba.

El diestro pintor decoró las puertecitas por dentro y por fuera. En la parte interna pintó en una de ellas la figura de san José y en la otra la de san Francisco, ambos santos arrodillados y vueltos hacia el centro, como contemplando a la imagen de la Virgen allí colocada. En la parte externa las puertecitas fueron decoradas con sendos floreros, que son los que aparecen a la vista cuando la cajita está cerrada. A dicha cajita el pintor le puso un grueso cordón de seda, a fin de que el P. Frutos pudiera colgársela al cuello y llevarla frente al pecho al recorrer los caminos en sus andanzas apostólicas.

Según el P. Isidro Felix de Espinoza (1679-1755), cronista del Convento de la Santa Cruz de Querétaro, el P. Frutos hacía que los fieles se arrodillaran ante la imagen, a ejemplo de san Francisco y san José representados en las puertecitas de la caja, y devotamente rezaban ante Ella el santo rosario.

Una vez muerto el P. Francisco Frutos, seguramente otros frailes del Convento de la Santa Cruz debieron haber usado en sus correrías apostólicas el relicario con “la Virgen de la concha”. Así fue conservada por mucho tiempo esta preciosa reliquia en el Convento de Propaganda Fide de Querétaro.

En 1857, con las Leyes de reforma del Presidente de México, Lic. Benito Juárez, se promulgó la Ley de exclaustración religiosa, la supresión de los conventos y la confiscación de los bienes materiales de la Iglesia. Fue entonces cuando el Colegio Apostólico de la santa Cruz de Querétaro llegó a su fin, alrededor de 1860. El convento fue saqueado y las piezas artísticas y religiosas fueron robadas. Por mucho tiempo no se supo del paradero de la “Virgen de la concha”.

Sólo después de más de 70 años se volvió a tener noticia de ella. En 1935, fue el P. Buenaventura Tovar quien volvió a ver y tener en sus manos esta preciosa e histórica imagen de la Guadalupana.

Sobre un sencillo trozo de papel, el P. Tovar dejó escrito como fue que llegó a sus manos la “Virgen de la concha”, dice: “El día doce de Marzo de 1920 me entregó esta imagen de Ntra. Señora de Guadalupe el Ilmo. y Rmo. Sr. Obispo de Querétaro, Dr. D. Francisco Banegas, quien me dijo que era tradición que la había usado el P. Fr. Antonio Margil de Jesús en las misiones; que en la exclaustración de 1857 fue depositada en casa de los padres del Padre J. Guadalupe Velázquez, y cuando los religiosos volvieron al convento (de la Santa Cruz) el P. Fr. Miguel Zavala les permitió que la tuvieran hasta la muerte del P. Velázquez y por haber muerto este año la han entregado”.

Posteriormente, en el mismo papel, el P. Tovar escribió otra vez: “El día de 1931 vino el Ilmo. Sr. Obispo al Santuario del Pueblito en compañía del R.P. Mariano Cuevas y después de haber examinado la imagen se fueron, y a los tres o cuatro días me dijo el Ilmo. Señor que juzgaban él y el R.P. Cuevas que esta imagen no fue la que llevó el P. Antonio Margil a las misiones, sino que quien la usó fue el R.P. Frutos; que en la Crónica de la Santa Cruz se habla de una imagen que creen es esta”.

Por esos días el P. Buenaventura Tovar fue nombrado primer Guardián de este Convento-Seminario de san Antonio. Al venirse de Querétaro a El Paso, el Padre trajo consigo la cajita de “la Virgen de la concha” y desde entonces es venerada y celosamente conservada por la comunidad franciscana de esta casa.

La cajita del P. Fr. Francisco Frutos muestra hoy el deterioro de sus más de 300 años de existencia. Tal vez el mayor desgaste le haya venido de haber sido traída y llevada por los misioneros en sus andanzas evangelizadoras. Pero aún así las pequeñas pinturas conservan con claridad sus rasgos y colorido. Las pinturas de san José y san Francisco en las puertecitas están más deterioradas. La imagen de la Virgen de Guadalupe pintada en la superficie de la concha está mejor conservada.

La diminuta figura de la Virgen del Tepeyac aparece bellísima, sobre un fondo de rosas que llena los espacios que no ocupa el cuerpo de la Virgen rodeada de su resplandor. La imagen reproduce los detalles de la original, pero en este caso lleva sobre la cabeza la corona de picos, que es constante en la iconografía guadalupana anterior al siglo XX. El agraciado rostro de color moreno claro, es en su pequeñez de facciones muy definidas, que ostentan una expresión de serenidad e inocencia, en una figura de mujer que parece que apenas ha dejado de ser niña.

Sobre esta valiosa pieza de piedad, historia y arte se ha escrito en varios libros de diferentes publicaciones; por la Universidad de Nuevo México y por el Antiguo Colegio de San Idelfonso en México. También ha sido presentada en varias exposiciones, la última de ellas llamada: “El arte de las misiones del norte de la Nueva España”, en la ciudad de San Antonio Texas y San Diego California.

Es pues este precioso objeto, de más de 320 años de vida, obra de un diestro pintor mexicano, enriquecido por la piedad de un fraile franciscano, un motivo más que puede alentar nuestra devoción a la Madre del Dios por quien se vive. Y podamos decir como fieles hijos de la Iglesia: “viva Nuestra Señora de Guadalupe”.
La imagen de “la Virgen de la concha” se custodia celosamente en el Seminario, y con motivo de la celebración del 75 Aniversario del mismo estará expuesto en la Sala museo que se ha preparado a propósito, para que quienes puedan y deseen la conozcan y aprecien.

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