“Conversión y misión”

Tragedia para la Iglesia: el sacramento de la confesión olvidado

«Uno de los fallos más trágicos que la Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es haber pasado por alto el don del Espíritu Santo en el sacramento de la penitencia». Conferencia del cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia sobre “conversión y misión”

Cardenal Joachim Meisner

¡Queridos hermanos! Ciertamente no trataré de exponeros una vez más la teología de la penitencia y de la misión. Quisiera, junto con vosotros, dejarme guiar hacia la conversión por el mismo Evangelio, para luego, enviados por el Espíritu Santo, llevar a los hombres la buena noticia de Cristo.

Siguiendo este camino, quisiera ahora detenerme con vosotros en quince puntos de reflexión.

1 Debemos convertirnos nuevamente en una “Iglesia que sale al encuentro de los hombres” (Geh-hin-Kirche), como le gustaba decir al cardenal Joseph Höffner, mi predecesor como arzobispo de Colonia. Esto, sin embargo, no puede ocurrir mecánicamente. Nos debe mover a ello el Espíritu Santo.
Uno de los fallos más trágicos que la Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es el haber pasado por alto el don del Espíritu Santo en el sacramento de la penitencia. En nosotros, los sacerdotes, esto ha causado una tremenda pérdida de perfil espiritual. Cuando los fieles cristianos me preguntan: “¿Cómo podemos ayudar a nuestros sacerdotes?”, siempre respondo: “¡Id a confesaros con ellos!”. Allí donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social de carácter religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del resultado pastoral más grande, es decir, colaborar para que un pecador, también gracias a su ayuda, deje el confesonario nuevamente santificado. En el confesonario, el sacerdote puede penetrar en los corazones de muchas personas y de esto le vienen impulsos, ánimos e inspiraciones para el propio seguimiento de Cristo.

2 A las puertas de Damasco, un pequeño hombre que sufre, san Pablo, cae al suelo ciego. En la segunda Carta a los Corintios, él mismo nos habla de la impresión que sus adversarios tenían de su persona: era físicamente débil e incapaz de hablar (cf. 2Co 10, 10). Y, sin embargo, a través de este pequeño hombre que sufre será anunciado, en los años venideros, el Evangelio a las ciudades de Asia Menor y de Europa. Las maravillas de Dios no ocurren nunca bajo los focos de la historia mundial. Se realizan siempre aparte: a las puertas de la ciudad, precisamente, como también en el secreto del confesonario. Esto puede ser para todos nosotros un gran consuelo, para nosotros que tenemos grandes responsabilidades, pero al mismo tiempo somos conscientes de nuestras a menudo limitadas posibilidades. Forma parte de la estrategia de Dios: obtener efectos grandiosos con pequeños medios. Pablo, derrotado a las puertas de Damasco, se convierte en el conquistador de las ciudades de Asia Menor y de Europa. Su misión es la de reunir a los llamados en la Iglesia, en la Ecclesia de Dios. Aunque ésta – vista desde fuera – es sólo una pequeña y oprimida minoría, y es hostigada desde dentro, Pablo la compara al cuerpo de Cristo, más aún, la identifica con el cuerpo de Cristo, que es precisamente la Iglesia. Esta posibilidad de “recibir de las manos del Señor”, en nuestra experiencia humana se llama “conversión”. La Iglesia es la Ecclesia semper reformanda y en ella tanto el sacerdote como el obispo son semper reformandi: como Pablo en Damasco, deben ser siempre de nuevo arrojados al suelo desde el caballo, para caer en los brazos de Dios misericordioso que luego nos envía al mundo.

3 Por eso no es suficiente que en nuestro trabajo pastoral queramos aportar correcciones sólo a las estructuras de nuestra Iglesia para que parezca más atractiva. ¡No basta! Lo que necesitamos es una conversión del corazón, de mi corazón. Sólo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo, no un experto en “ingeniería eclesial”. El sacerdote, al ser asimilado a la forma de vida de Jesús, está de tal modo habitado por Él que el mismo Jesús, en el sacerdote, se hace perceptible para los demás. En Juan 14, 23, leemos: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él». ¡Esto no es solamente una hermosa imagen! Si el corazón del sacerdote ama a Dios y vive en la gracia, Dios uno y trino viene personalmente a habitar en el corazón del sacerdote. Ciertamente, Dios es omnipresente. Dios habita en todos lados, el mundo entero es como una gran iglesia de Dios, pero el corazón del sacerdote es como el tabernáculo de la iglesia. Allí Dios habita de un modo misterioso y especial.

4 El mayor obstáculo, el que no permitir que a través de nosotros Cristo sea percibido por los demás, es el pecado. Impide la presencia del Señor en nuestra existencia y por eso nada nos es más necesario que la conversión, también de cara a la misión. Se trata, por decirlo sintéticamente, del sacramento de la penitencia. Un sacerdote que no se pone con frecuencia tanto en un lado como en el otro de la rejilla del confesonario, sufre daños permanentes en su alma y en su misión. Aquí vemos ciertamente una de las principales causas de la crisis multiforme que el sacerdocio ha vivido en los últimos cincuenta años. La gracia completamente especial del sacerdocio es precisamente que el sacerdote puede sentirse “en su casa” en ambos lados de la rejilla del confesonario: como penitente y como ministro del perdón. Cuando el sacerdote se aleja del confesonario, entra en una grave crisis de identidad. El sacramento de la penitencia es el lugar privilegiado para la profundización de la identidad del sacerdote, el cual está llamado a hacer que él mismo y los creyentes vuelvan a sacar la plenitud de Cristo.
En la oración sacerdotal, Jesús habla a su y nuestro Padre celestial de esta identidad: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. No son del mundo, como yo no soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu Palabra es verdad» (Jn 17, 15-17). En el sacramento de la penitencia se trata de la verdad en nosotros. ¿Cómo es posible que no nos guste mirar la verdad a la cara?

5 Quizá debemos preguntarnos si hemos experimentado alguna vez la alegría de reconocer un error, admitirlo y pedir perdón a quien hemos ofendido: «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti» (Lc 15, 18). Porque si así es, no conocemos ni siquiera la alegría de ver al otro abrir los brazos como el padre del hijo pródigo: «Estando el todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó» (Lc 15, 20). Y no podemos ni siquiera imaginar la alegría del Padre que nos ha vuelto a encontrar: «Y comenzaron la fiesta» (Lc 15, 24). Visto que esta fiesta se celebra en el cielo cada vez que nos convertimos, ¿por qué no nos convertimos más frecuentemente? ¿Por qué –permitidme que me exprese así– somos tan mezquinos con Dios y con los santos del cielo a los que raramente les damos la alegría de celebrar una fiesta por el hecho de que nos hemos dejado abrazar por el corazón del Señor, del Padre?

6 A menudo no amamos este perdón explícito. Y, sin embargo, Dios nunca se muestra tanto como Dios como cuando perdona. ¡Dios es el amor! ¡Él es el donarse en persona! Él da la gracia del perdón. Pero el amor más fuerte es aquel amor que supera el obstáculo principal al amor, es decir, el pecado. La gracia más grande es el ser perdonados y el don más precioso es el dar (die Vergabung), es el perdonar (die Vergebung). Si no hubiera pecadores que tienen más necesidad del perdón que del pan cotidiano, no podríamos conocer la profundidad del Corazón divino. El Señor lo subraya de modo explícito: «Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). ¿Cómo es posible – preguntémonos una vez más – que un sacramento, que evoca tan gran alegría en el Cielo, suscite tanta antipatía en la tierra? Esto se debe a nuestra soberbia, a la constante tendencia de nuestro corazón a atrincherarse, a satisfacerse a sí mismo, a aislarse, a cerrarse en sí mismo. ¿Qué preferimos?: ¿ser pecadores, a los que Dios perdona, o estar aparentemente sin pecado, es decir, vivir en la ilusión de valerse por uno mismo, prescindiendo de la manifestación del amor de Dios? ¿Basta realmente con estar satisfechos de nosotros mismos? ¿Pero qué somos sin Dios? Sólo la humildad de un niño, como la que tienen los santos, nos deja soportar con alegría la diferencia entre nuestra indignidad y la magnificencia de Dios.

7 La finalidad de la confesión no es que nosotros, olvidando los pecados, no pensemos más en Dios. La confesión nos permite el acceso a una vida donde no se puede pensar en nada más que en Dios. Dios nos dice en lo íntimo: “La única razón por la que has pecado es porque no puedes creer que yo te amo lo suficiente, que estás realmente en mi corazón, que encuentras en mí la ternura de la que tienes necesidad, que me alegro por el mínimo gesto que da testimonio de tu acogida, para perdonarte todo aquello que me traes en la confesión”. Conociendo un perdón así, un amor así, seremos como inundados de alegría y de gratitud, hasta el punto de perder progresivamente la atracción por el pecado; y la confesión se convertirá en una cita fija de alegría en nuestra vida. Ir a confesarse significa comenzar a amar a Dios un poco más con el corazón, sentirse decir de nuevo y experimentar eficazmente –porque la confesión no es estímulo sólo desde el exterior–, que Dios nos ama; confesarse significa recomenzar a creer y, al mismo tiempo, a descubrir que hasta ahora nunca hemos creído de modo suficientemente profundo y que, por eso, debemos pedir perdón. Frente a Jesús, nos sentimos pecadores, nos descubrimos como pecadores que no corresponden a las expectativas del Señor. Confesarse significa dejarse elevar por el Señor a su nivel divino.

8 El hijo pródigo abandona la casa paterna porque se ha vuelto incrédulo. Ya no tiene confianza en el amor del Padre, que lo satisfaga, y exige su parte de herencia para resolver por sí sólo sus asuntos. Cuando se decide a volver y pedir perdón, su corazón está aún muerto. Cree que ya no será amado, que ya no será considerado hijo. Vuelve sólo para no morir de hambre. Esto es lo que llamamos contrición imperfecta. Pero hacía tiempo que el padre lo esperaba. Hacía tiempo que no tenía pensamiento que le diera más alegría que el de creer que el hijo podría volver un día a casa. Tan pronto lo ve, corre a su encuentro, lo abraza, no le da tiempo ni siquiera de terminar su confesión y llama a los sirvientes para hacerlo vestir, alimentar y curar. Dado que se le muestra un amor tan grande, el hijo entonces comienza a percibirlo, y se deja invadir por ese amor. Un arrepentimiento inesperado le sobreviene. Esta es la contrición perfecta. Sólo cuando el padre lo abraza, él mide toda su ingratitud, su insolencia y su injusticia. Sólo entonces retorna verdaderamente, se vuelve a convertir en hijo, abierto y lleno de confianza en el padre, reencuentra la vida: «Este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida» ( Lc 15, 32), le dice el padre al hijo que había permanecido en la casa.

9 El hijo mayor, “el justo”, ha vivido un cambio similar –así, al menos, quisiéramos esperar que continúe la parábola. El caso de este hijo es, sin embargo, mucho más difícil. ¡No se puede decir que Dios ama a los pecadores más que a los justos! Una madre no ama a su hijo enfermo, sobre el que se vuelca con sus cuidados especiales, más que a los hijos sanos, a los que deja jugar solos, a los que expresa su amor –no ciertamente menor- pero de modo diverso. Mientras las personas se nieguen a reconocer y confesar sus propios pecados, mientras sigan siendo pecadores orgullosos, Dios preferirá a los humildes pecadores. Tiene paciencia con todos. El Padre tiene paciencia también con el hijo que se ha quedado en la casa. Le ruega y le habla con bondad: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse» ( Lc 15, 31-32). El perdón de la insensibilidad del hijo mayor no es expresado aquí, pero está implícito. ¡Qué grande debe ser la vergüenza del hijo mayor frente a tal clemencia! Había previsto todo, pero no ciertamente esta humilde ternura del padre. De repente, se encuentra desarmado, confundido, copartícipe de la alegría común. Y se pregunta cómo pudo pensar en quedarse a un lado, cómo pudo, aunque fuera por un solo instante, preferir ser infeliz solo mientras todos los demás se amaban y se perdonaban mutuamente. Afortunadamente el padre está allí y lo toma de la mano a tiempo. Afortunadamente el padre no es como él. Afortunadamente el padre es mucho mejor que todos los otros juntos. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Sólo Él puede realizar este gesto de gracia, de alegría y de sobreabundancia de amor. Por eso el sacramento de la penitencia es la fuente de permanente renovación y de revitalización de nuestra existencia sacerdotal.

10 Por eso, en mi opinión, la madurez espiritual para recibir la ordenación sacerdotal de un candidato al sacerdocio se hace evidente en el hecho de que recibe regularmente – al menos con la frecuencia de una vez al mes– el sacramento de la penitencia. Efectivamente, en el sacramento de la penitencia encuentro al Padre misericordioso con los dones más preciosos que ha de dar, y esto es el donar (Vergabung), el perdonar (Vergebung) y la gracia. Pero cuando alguno, debido a su escasa frecuencia de confesión, le dice al Padre: “¡Ten para ti tus preciosos dones! Yo no tengo necesidad de ti ni de tus dones”, entonces deja de ser hijo porque se excluye de la paternidad de Dios, porque ya no quiere recibir sus preciosos dones. Y si ya no es hijo del Padre celestial, entonces no puede convertirse en sacerdote, porque el sacerdote, a través del bautismo, es antes que nada hijo del Padre y, luego mediante la ordenación sacerdotal, es con Cristo, hijo con el Hijo. Sólo entonces podrá ser realmente hermano para los hombres.

11 El paso de la conversión a la misión puede mostrarse, en primer lugar, en el hecho de que yo paso de un lado al otro de la rejilla del confesonario, de la parte del penitente a la parte del confesor. El haber descuidado el sacramento de la penitencia es la raíz de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote. Y la llamada crisis del sacramento de la penitencia no se debe sólo a que la gente ya no va a confesarse, sino también a que nosotros, los sacerdotes, ya no estamos presentes en el confesonario. Un confesonario en el que está presente un sacerdote, en una iglesia vacía, es el símbolo más conmovedor de la paciencia de Dios que espera. Así es Dios. Él nos espera toda la vida.
En mis treinta y cinco años de ministerio episcopal he conocido ejemplos conmovedores de sacerdotes presentes cotidianamente en el confesonario, sin que viniera un penitente; hasta que, un día, el primer o la primera penitente, después de meses o años de espera, se hizo finalmente presente. De este modo, por así decir, se ha desbloqueado la situación. Desde ese momento, el confesonario empezó a ser muy frecuentado. Aquí el sacerdote está llamado a prescindir de todos los trabajos exteriores de planificación de la pastoral de grupo para sumergirse en las necesidades personales de cada uno. Y aquí debe, sobre todo, escuchar más que hablar. Una herida purulenta en el cuerpo sólo puede sanar si puede sangrar hasta el final. El corazón herido del hombre puede sanar sólo si puede sangrar hasta el final, si puede desahogarse de todo. Y se puede desahogar sólo si hay alguien que escucha, en la absoluta discreción del sacramento de la penitencia. Para el confesor no es importante ante todo hablar, sino escuchar. ¡Cuántos impulsos interiores experimenta y recibe el sacerdote, precisamente en la administración del sacramento de la confesión, que le sirven para su seguimiento de Cristo! Aquí puede sentir y constatar cuán más avanzados que él, en el seguimiento de Cristo, están los simples fieles católicos, hombres, mujeres y niños.

12 Cuando se pierde este ámbito esencial del servicio sacerdotal, los sacerdotes caemos fácilmente en una mentalidad funcionalista o en el nivel de una mera técnica pastoral. Nuestro estar en ambos lados de la rejilla del confesonario nos lleva, a través de nuestro testimonio, a permitir que Cristo se haga perceptible para la gente. Para aclarar con un ejemplo negativo: quien entra en contacto con el material radioactivo, también él se vuelve radioactivo. Si luego se pone en contacto con otro, entonces también éste quedará igualmente infectado por la radioactividad. Pero ahora démosle la vuelta al ejemplo en positivo: quienes entran en contacto con Cristo, se vuelven “Cristo-activos”. Y si luego el sacerdote, siendo “Cristo-activo”, se pone en contacto con otras personas, éstas ciertamente serán “infectadas” por su “Cristo-actividad”. Ésta es la misión, así como fue concebida y estuvo presente desde el comienzo del cristianismo. La gente se reunía en torno a la persona de Jesús para tocarlo, aunque sólo fuera el borde de su manto. Y quedaban sanados incluso cuando Él estaba de espaldas: «Porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» ( Lc 6, 19).

13 Con nosotros, en cambio, con frecuencia las personas huyen, no se acercan para entrar en contacto con nosotros. Por el contrario, como dije, nos rehúyen. Para evitar que esto suceda, debemos plantearnos la pregunta: ¿con quién entran en contacto cuando se ponen en contacto conmigo? ¿Con Jesucristo, en su infinito amor por la humanidad, o bien con alguna privada opinión teológica o alguna queja sobre la situación de la Iglesia y del mundo? A través de nosotros, ¿entran en contacto con Jesucristo? Si este es el caso, entonces las personas vendrán. Hablarán entre ellas de tal sacerdote. Se expresarán sobre él con términos como estos: “Con él sí se puede hablar. Me entiende. Realmente puede ayudarme”. Estoy profundamente convencido de que la gente siente nostalgia de tales sacerdotes, en los cuales puede encontrar auténticamente a Cristo, que los hace libres de todos los lazos y los vincula a su Persona.

14 Para poder perdonar realmente, tenemos necesidad de mucho amor. El único perdón que podemos conceder realmente es el que hemos recibido de Dios. Sólo si hemos vivido la experiencia del Padre misericordioso, podemos hacernos hermanos misericordiosos para los demás hombres. Aquel que no perdona, no ama. Aquel que perdona poco, ama poco. Quien perdona mucho, ama mucho. Cuando dejamos el confesonario, que es el punto de partida de nuestra misión, tanto de un lado como del otro de la rejilla, pero especialmente del lado del penitente, entonces se quisiera abrazar a todos, para pedirles perdón. Yo mismo he experimentado de forma tan gratificante el amor de Dios que perdona, como para pedir con urgencia solamente: “¡Acoge también tú su perdón! Toma una parte del mío, que ahora he recibido en sobreabundancia. ¡Y perdóname que te lo ofrezca tan mal!”. Con un único y mismo gesto (la confesión) se entra de nuevo en el amor de Dios y en el amor fraterno, en la unión con Dios y con la Iglesia, de la que nos había excluido el pecado. Si Dios nos ha enseñado a amar de un modo nuevo, podemos y debemos amar a todos los hombres. Si no fuese así, sería un signo de que no nos hemos confesado bien y que, por lo tanto, deberíamos confesarnos de nuevo.
Probablemente, el más grande confesor de la Iglesia es el santo cura de Ars. Gracias a él tenemos el Año Sacerdotal y, por lo tanto, nuestro actual encuentro, como sacerdotes y obispos, con el Santo Padre aquí en Roma. Con este santo párroco he reflexionado sobre el misterio de la santa confesión ya que su ministerio cotidiano de la reconciliación, en el confesonario de Ars, hizo que se convirtiera en un gran misionero para el mundo. Se ha dicho que, como confesor, venció espiritualmente a la Revolución francesa. Lo que me ha inspirado este diálogo espiritual con Juan María Vianney, lo he dicho aquí. Pero me ha recordado también algo muy importante.

15 ¡Amamos a todos, perdonamos a todos! ¡Hay que prestar atención, sin embargo, a no olvidar a una persona! Existe un ser, en efecto, que nos desilusiona y nos pesa, un ser con el que estamos constantemente insatisfechos: nosotros mismos. A menudo no nos aguantamos. Estamos hartos de nuestra mediocridad y cansados de nuestra propia monotonía. Vivimos en un estado de frialdad e incluso con increíble indiferencia hacia este prójimo, que es el más próximo que Dios nos ha confiado para que hagamos de modo que sea tocado por el perdón divino. Y este prójimo más próximo somos nosotros mismos. Se lee, en efecto, que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (cf. Lv 19, 18). Por lo tanto, debemos amarnos también a nosotros mismos así como tratamos de amar a nuestro prójimo. Debemos, pues, pedirle a Dios que nos enseñe a perdonarnos a nosotros mismos: la rabia de nuestro orgullo, las desilusiones de nuestra ambición. Pidámosle que la bondad, la ternura, la paciencia y la confianza indecible con la que Él nos perdona, nos conquiste hasta el punto de que nos liberemos del cansancio de nosotros mismos, que nos acompaña a todas partes, y con frecuencia incluso ni nos causa vergüenza. No podemos reconocer el amor de Dios por nosotros sin modificar también la opinión que tenemos de nosotros mismos, sin reconocerle a Dios mismo el derecho de amarnos. El perdón de Dios nos reconcilia con Él, con nosotros, con nuestros hermanos y hermanas, y con todo el mundo. Nos hace auténticos misioneros.

¿Lo creéis, queridos hermanos? ¡Probadlo, hoy mismo!

 

Tomado de 30giorni, Mayo 2010

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