14º domingo del Tiempo Ordinario

yugo-carga

domingo 3 de julio 2011

“Tomen mi yugo sobre ustedes, conviértanse en discípulos míos”. Tales palabras no nos dejan indiferentes. Confieso que mientras oímos hablar de tomar sobre las espaldas un yugo, nuestra primer reacción es más bien negativa. Por como comprender eso si no en términos de peso y de carga que debemos llevar de más en una vida ya llena de males y de penas.

Para comprender bien lo que Jesús expresa con estos propósitos convine volver al inicio de su toma de palabra en nuestro pasaje. En un primer momento, ha exclamado “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!” Y en seguida: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré”. Dicho de otra manera, Jesús nos advertía que esto que el Padre nos iba a revelar a través de él es del orden de una sabiduría que sobrepasa nuestra estricta racionalidad humana. El contenido de esta revelación: su yugo que él nos invita a tomar no está destinado a sobrecargarnos sino al contrario a aliviarnos de nuestros fardos a fin de venir a reposar junto a él.

Si se mira atentamente el objeto, un yugo no es un fardo propiamente dicho. En efecto la finalidad de un yugo es la de ayudar a las bestias de carga a tirar más fácilmente su carga. Así, proponiéndonos su yugo, Jesús no hace otra cosa sino ofrecernos la ayuda para aliviar la carga de nuestro fardo.

Agreguemos que esta asistencia no consiste solamente en el yugo sino también en aquél que lo porta con nosotros. Porque un yugo está previsto siempre para dos. Jesús es aquél que es uncido en primer lugar y quien nos propone el lugar al lado de él. Mientras que las dos bestias unidas por un yugo tiran una carga, siempre hay una, más robusta, que marcha ligeramente antes que la otra. Es precisamente lo que hace Jesús con cada uno de nosotros.

La profecía de Zacarías de la entrada del rey mesías a Jerusalén montado en un burrito nos recuerda que Jesús se ha unido a nosotros, bajo el yugo de su humildad y de su dulzura que lo han conducido a tomar carne de nuestra carne y a sufrir su pasión para salvarnos. Desde las alturas de su santuario, el Señor se ha inclinado; desde el cielo ha mirado la tierra para escuchar el gemido de los cautivos y se ha abajado para liberar a aquellos que debían morir.

A cambio del fardo de la justificación por las obras que el hombre lleva para intentar salvarse por él mismo, Jesús le ha propuesto tomar sobre él el yugo de la humildad y la dulzura, de la confianza en su misericordia, del abandono entre sus manos para dejarse salvar por él: “los jóvenes se cansan, se fatigan, los atletas se desmoronan, pero aquellos que ponen su esperanza en el Señor encuentran nuevas fuerzas; ellos toman su vuelo como águilas, ellos corren sin cansarse, ellos avanzan sin fatigarse”. Es acogiendo en el corazón de nuestras vidas su presencia que encontraremos el reposo que el promete; y la carga que hasta entonces nos abruma, porque nosotros intentamos llevarla solos, nos parecerá ligera, porque nuestro Señor la llevará con nosotros.

Pero se podría objetar: ¿Por qué entonces el Señor mismo no lleva nuestra carga en nuestro lugar, liberándonos de una buena vez por todas de nuestro fardo? Porque él no quiere salvarnos sin nosotros. Su amor y su respeto por nosotros llegan hasta ahí.

Estamos ante un misterio. Este misterio es accesible únicamente a todos los pequeños, es decir, a aquellos que no se apoyan sobre sus propias fuerzas para salvarse, sino solamente en el Señor, a aquellos que no ponen su seguridad en el saber humano sino en el que el Hijo les hace conocer, porque ellos saben que fuera de él, ellos no pueden y no saben nada.

Ahí está toda su alegría: la de estar ligados a Cristo, totalmente abandonados entre las manos del Padre. Ellos gustan la alegría filial de saberse amados del Padre y de estar unidos a él en un abandono total y confiando, como un niño pequeño reposa seguro en brazos de su padre. ¡En el Espíritu Santo que hace de todo hombre un hijo del Padre, con aquél que es el hijo por excelencia, ellos pueden exultar de gozo!

“Señor, te pedimos que nos enseñes a también a nosotros la humildad del corazón, a fin de poder ser contados en el número de todos los pequeños del Evangelio, aquellos a los que el Padre ha prometido revelar los misterios de su Reino. Danos la gracia de atrever a presentarnos ante ti pobres, miserables, desnudos, pero ricos solo de nuestra fe y cubiertos de tu justicia, tú en quien ponemos toda nuestra esperanza”.

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