15o domingo del tiempo ordinario

Domingo 10 de julio 2011

“Hasta este día, la creación entera gime y sufre dolores de parto y no sólo ella, sino también nosotros gemimos en nuestros sufrimientos”. ¿Quién de entre nosotros no ha vivido dolorosamente el contraste del que habla san Pablo entre la dura realidad cotidiana y la esperanza cristiana? Entre “los sufrimientos del tiempo presente”, de los que llevamos nuestra parte, y la “gloria que pronto se revelará en nosotros”, pero del cual por el momento nosotros no experimentamos todavía gran cosa? Como María nosotros tenemos ganas de decir: “¿Cómo será esto?” Es precisamente a esta cuestión que quiere responder la liturgia de este día.

La revelación nos enseña que el sufrimiento y la “degradación inevitable” han entrado en el mundo como consecuencia del pecado, es decir, como el fruto envenenado de una palabra mentirosa, destructiva, que se opone al trabajo es estructuración de la Palabra creadora, y provoca un regreso al caos. Al presente, solo una nueva intervención divina, un nueva Palabra recreadora, puede arrancar “la creación al poder de la nada” al cual ella ha sido “entregada”, y restablecerla en la armonía por la cual ella había sido concebida desde toda la eternidad.

Nosotros creemos, que esta palabra ha sido pronunciada por el Padre en Jesucristo nuestro Señor: el sembrador divino ha arrojado el buen grano en nuestra tierra, su Hijo único; él ha “regado nuestros surcos” con las grandes aguas del Espíritu, a fin de que demos fruto al ciento por uno. En Jesús resucitado, en su humanidad glorificada así como en el seno de la Virgen María, la creación exulta ya en los cielos. “En él se ha revelado, de una manera nueva y más admirable, la verdad fundamental sobre la creación que el libro del Génesis atestigua cuando repite en varias ocasiones: “Dios vio que era bueno”.

Pero si la cabeza llegó ya al término de su camino, el Cuerpo le “grita su sufrimiento en los dolores de un alumbramiento que dura todavía”. Por tanto las premisas de su resurrección le son ya dadas: la semilla de la vida eterna es infundida en el corazón de los creyentes desde el día de su bautismo; la Palabra recreadora actúa en nuestras vida y la transforma, en la medida de nuestra disponibilidad a la acción del Espíritu.

Dicho de otra manera, no es Dios quien tarda para establecer su Reino, somos más bien nosotros quienes no estamos en la cita de la gracia.

Afortunadamente, nuestro Dios es un Dios paciente y súper generoso; él sabe cuánto “el corazón es complicado y enfermo”: porque el siembra en sobreabundancia, y comprende a la orilla del camino, en las zarzas, o sobre las rocas. Los pájaros del cielo habrían picoteado, y habría siempre bastante grano para que caiga un poco en la tierra buena que llevamos en nosotros.

¡He aquí una imagen bien desconcertante de Dios! No solamente el Padre nos manifiesta su amor al reconciliarnos con él por la muerte de su Hijo mientras que todavía éramos enemigos, sino que él ha arrojado a manos llenas la Palabra de salvación en los surcos de nuestra vida, sin tener en cuenta nuestros rechazos, nuestras indiferencias, nuestras negligencias, en la certeza de que habrá siempre algunos granos que lograrán enraizarse.

Esta palabra es reconfortante para los adultos de dura cerviz que somos nosotros, pero ella aporta también consuelo y buen consejo a todos aquellos que están encargados de la catequesis de los adolescentes y de los jóvenes.

¡Qué sufrimiento para buen numero de padres, ver a sus hijos dejar la fe de su infancia! Pero la fe no se transmite con los cromosomas, ni con la leche del amamantar: podemos proponer a nuestros hijos la amistad de Jesús, pero no podemos aceptarla en su lugar ni a imponérselas. Nuestro Señor no nos pide lo imposible: contentémonos de hacer como él, y de sembrar abundantemente por la palabra y por el ejemplo, aún en la aparente indiferencia; siempre quedará alguna cosa y el grano sembrado dará a su tiempo, porque “la palabra, que sale de la boca del Señor, no quedará sin resultado, sin haber hecho lo que él quiere, sin haber cumplido su misión”.

Nuestra preocupación debe ser la de preparar la tierra para recibir el grano, además de alimentarla para que pueda producir espigas. Por ello somos invitados a arrancar, todo lo que se pueda, las hierbas malas y alimentar el suelo con el abono de las virtudes, en particular por el ejemplo de una vida evangélica vivida en la paz y en el gozo.

Al término de nuestra meditación, descubrimos que no es la lentitud con la que el Reino toma cuerpo que debemos asombrarnos, más bien la gran paciencia de Dios que debería suscitar nuestra admiración.

Así como una sola Palabra tiene poder suficiente para crear el universo, es pos una sola Palabra que Dios ha salvado la humanidad entera, de una vez por todas. Pero él aplaza la cosecha hasta el fin de los tiempos a fin de no perder alguna espiga.

Haciendo camino, la Palabra se pospone con la discreción de una parábola: ella deja a su interlocutor libre de interpretarla según su inclinación. Aquél que no quiere dejarse interpelar no tiene dificultad de dar mil razones para rechazarla. Pero aquél que “escucha la Palabra y la comprende da fruto, al ciento, sesenta o treinta por uno”. No se trata de de comprenderla racionalmente, las parábolas son muy simples y accesibles a todos, sino más bien de acoger en la fe la sorprendente imagen de Dios que se despreocupa.

Todos los actores de la parábola han escuchado, pero sólo los últimos han comprendido la Palabra, es decir la han tomado consigo mismos, como un bien precioso sobre el cual ellos en adelante van a velar. Dichosos somos nosotros si nuestros oídos escuchan lo que nos dice el Señor y si tomamos en serio su llamado a la conversión: él nos curará y nos hará vivir; “liberados de la esclavitud, entonces conoceremos la libertad, la gloria de los hijos de Dios”; y daremos fruto, “el ciento, el sesenta o el treinta por uno”.

“Señor que el grano sembrado en nuestros surcos el día de nuestro bautismo, se eleve al gran sol de tu amor, a fin de que demos las espigas que tu esperas de nosotros; reunidos por el Espíritu, y unidos al único Pan eucarístico, nos convertiremos entonces en el pan celestial entregado por la vida del mundo”.

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