16º domingo del Tiempo Ordinario

Wheat and tares_0708

domingo 17 de julio 2011

Mucha gente se atarea en torno al campo de esta parábola, tanto de día como de noche. El hombre siembra buen grano, el enemigo esparce la cizaña. Al inicio no es posible distinguir las dos plantas, pero cuando ellas crecen, los siervos pueden distinguir la cizaña del trigo pero en ese momento no les es posible separarlas; al final llegará el tiempo de la siega cuando los segadores se encargarán.

Los siervos interrogando al dueño de la propiedad son invitados a sacar dos lecciones de esta situación. La primera está ligara a su capacidad de observación. En lugar de inquietarse porque las cosas no son conforme a su visión, los servidores deberán notar que la cizaña no impide al trigo ni crecer ni morir. La cosecha será buena. Jesús insiste en los dos reinicios sobre el irresistible crecimiento del Reino: el grano de mostaza, “la más pequeña de todas las semillas”, se convierte en un árbol donde los pájaros del cielo encuentran abrigo; la levadura escondida en tres medidas de harina hace fermentar toda la masa. La presencia de la cizaña en el campo no debe inquietar: la cosecha será buena.

La segunda lección está en la seguridad que la siega será hecha al momento útil para aquellos que están a cargo. Los servidores no tienen que concederse el purificar el campo sino a creer en la promesa de que un día ser hará justicia. La fe es esencial. Por otra parte, considerar que el deseo de justicia es el más importante en el corazón de los servidores sería hacerse ilusión. El libro de la Sabiduría, que hemos escuchado en la primera lectura, nos lo recuerda: “el muestra su fuerza, el hombre cuyo poder es discutido”. Dicho de otra manera: el deseo de una justicia inmediata y radical es un rasgo de debilidad. “Mientras que tu, Señor, que dispones de la fuerza, juzgas con indulgencia, tu nos gobiernas con mucho miramiento”. La prueba de la omnipotencia de Dios está en su paciencia.

Jesús explica enseguida la palabra de la cizaña y el buen grano en privado; solo los discípulos están presentes. Su explicación revela el sentido profundo de la parábola, pero no responde a todas las cuestiones. Jesús comienza por identificar paso a paso los protagonistas del relato, a excepción de los servidores. Se sabe que el buen grano representa los hijos del Reino y los segadores los ángeles, pero los servidores que interrogan al maestro y que se proponen arrancar la cizaña no son claramente identificados. Los discípulos que interrogan a Jesús son invitados a reconocerse en ellos.

No se sabe más de lo que designa la acción de “sembrar”. Los “hijos del Reino” y los “hijos del Maligno” son “sembrados”, es un hecho y un misterio. Su nacimiento resta inexplicable. Sin duda es una manera de decir que nuestro origen nos escapa. Notamos, por otra parte que no hay otra cosa sino hijos en esta historia, y comprende al dueño del terreno, que es “el Hijo del hombre”. La filiación está por tanto en el corazón del Reino.

La dificultad es así de saber quién es quién, es decir quién procede de una filiación verdadera y que ha nacido de una filiación descarriada. El buen grano y la cizaña crecen juntos, pero no se nos explica como reconocerlos: parece que no hay rivalidad entre estas plantas ni rivalidad ni combarte. Ellas crecen una al lado de la otra. Así, aunque los servidores son invitados a no sepáralas, los discípulos no deben poner fin a la coexistencia de los hijos del Reino y los hijos del Maligno. Si ellos los hacen, sería peligroso para los hijos del Reino, de la misma manera que el buen grano estará en peligro de ser arrancado por una siega prematura. Finalmente, Jesús pide aguantar todavía por algún tiempo, la cohabitación con los hijos del Maligno, no en la espera del juicio, sino con la finalidad de estropear la filiación de los hijos del Reino. En efecto, si ellos emprenden la puesta a parte de los hijos del Maligno, los hijos del Reino deberán ser reconocidos inmediatamente, es decir manifestar el misterio de su origen. Haciendo esto, ellos tomarían un lugar que no es suyo y actuarían en nombre de principios que ellos no pueden conocer. Entonces, concediéndose una misión que no pertenece a los hombres, los servidores dañarían su propia humanidad; ellos manifestarían una filiación maligna y finalmente serían segados ellos mismos. En claro, aquél que juzga será juzgado.

Al fin del mundo, el Hijo del hombre enviará sus ángeles a tomar “aquellos que hacen caer a los otros y a aquellos que cometen el mal”. El hijo del Hombre está solo, su enemigo ha desaparecido. Es evidente que en el momento de hacer la verdad, el padre de la mentira no puede estar presente. El reconocimiento ente los hijos será operado en función de la filiación única y verídica del Hijo del hombre. Así opera la justicia de Dios. Entonces, los hijos del Reino serán llamado “justos”, ellos “resplandecerán como el sol” y conocerán que el Reino es el de “su Padre”. Igualmente que no hay sino una sola filiación verdadera, hay un solo Padre.

“Así como se recoge la cizaña para echarla al fuego”. El fin del mundo no está presente en esta palabra como una fecha en un futuro incierto. Él está puesto en relación con el tiempo de la cosecha, es decir el momento en que el arranque de los hijos del Reino no es para temer ya. Finalmente, si el tiempo intermedio es aquél de la paciencia, parece que se trata sobre todo de la paciencia de Dios. Él no puede operar la siega antes que los hijos del Reino están suficientemente enraizados en su filiación verdadera. Nosotros vemos como el horizonte del campo del mundo se restringe repentinamente a las dimensiones de nuestra alma. Ella es el objetivo del crecimiento del espíritu de infancia espiritual. Es porque lo que San Pablo nos exhorta en la se segunda lectura a dejar al Espíritu Santo orar en nosotros: “el Espíritu ve lo que Dios ve”. No pertenece al juicio humano decidir cuando un alma se ha hecho plenamente perceptible sino al tiempo de la cosecha. Por el momento, se trata de conquistar nuestra humanidad manteniendo los ojos fijos en Cristo, según lo que nos enseña el libro de la Sabiduría: “por su ejemplo, ella ha enseñado a su pueblo que el justo debe ser humano”.

“El que tenga oídos que oiga”. Jesús habla en parábolas para suscitar la fe. Él nos recuerda la mañana que hemos recibido de otro, el Padre, de ser hijos; para nuestro crecimiento y nuestra madurez, él nos ha puesto en su campo y confiado al trabajo atento de sus servidores. A nosotros nos toca dejar al Espíritu Santo conducirnos hasta el tiempo de la mies. Ciertamente, hay cizaña en mostros. Pero la mies será buena. Y sobre todo, todavía es tiempo de actuar : tú has penetrado a tus hijos de una bella esperanza : a aquellos que han pecado, tu concedes la conversión, agrega la Sabiduría. Confiemos al Espíritu el llegar a ser lo que somos: hijos de la luz.

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