17º domingo del tiempo Ordinario

 

Domingo 24 de julio 2011

Estas últimas semanas, hemos escuchado las parábolas en las que Jesús compara el Reino al grano sembrado en los surcos de nuestras vidas; del grano que crece obstinadamente, a su ritmo, sin dejarse trastornar por la proximidad de la cizaña, pero esperando con paciencia los tiempos de la cosecha, donde las obras de cada uno será puesto al día.

El minúsculo grano puesto, de día y de noche, sin que el agricultor tenga que preocuparse. En el tiempo debido, la hierba se convierte en espiga, que da su fruto para la cosecha. Además es necesario que haya un cosechador, es decir un hombre de deseos que descubre el don de Dios está cerca de todas las renuncias que se imponen para adquirirla.

Hoy, Jesús nos propone tres parábolas, las más breves del Evangelio, para decirnos en algunas líneas la manera en la que somos invitados a apropiarnos del Reino. Pero no se apropia deliberadamente lo que se desea ardientemente. Para suscitar en nosotros este deseo Jesús nos habla de un “tesoro” he aquí una palabra mágica que retiene espontáneamente nuestra atención.

Los interlocutores de Nuestro Señor no hacen la excepción: buen número de cuentos orientales son estructuras en tono a la búsqueda de un tesoro fabuloso. ¡Recordemos la cueva de Ali Baba que nos hace soñar a todos!

No hay necesidad de largos discursos: algunas palabras bastan para solicitar nuestro imaginario. Así también Jesús se contenta con darnos la trama del escenario: en el curso de su trabajo, un obrero agrícola que asegura el lazo con las parábolas anteriores, descubre un “tesoros escondido”. Inútil precisar que ni este obrero, ni el comerciante de perlas del que se trata en la segunda parábola, tienen algún mérito en el descubrimiento totalmente fortuito que va a cambiar radicalmente el curso de su vida.

Sin dificultad se imagina su gozo y exultación, pero estos dos hombres no pierden el norte. Legalmente el obrero agrícola tiene derecho a la mitad del botín, la otra mitad pertenece al propietario del campo. Para evitar el deber compartir su descubrimiento, nuestro héroe prefiere vender todos sus bienes y adquirir el campo, a fin de quedarse con la totalidad del botín. El vendedor de perlas hace lo mismo: se despoja de todos sus bienes para adquirir el único objeto de su deseo.

El “Reino de los cielos” es un buen y bello “tesoro”, e igualmente un tesoro infinitamente más precioso que todos los “tesoros” y todas “las perlas de gran valor” del mundo, porque él nos da acceso al misterio de Dios, fuente de todo bien. La paradoja de estas dos cortas parábolas reside en el hecho de que un tesoro de tal precio sea accesible al corazón de nuestro cotidiano: estos hombres no hacen nada de extraordinario: el tesoro es ofrecido como un don gratuito a cualquiera que se aplique a su deber de estado.

El Reino no es algo más allá de nuestros horizontes familiares, no se esconde a lo lejos en un lugar sagrado, ni se confunde con experiencias sobrenaturales extraordinarias. Ese es un tesoro escondido en el fondo de la vida cotidiana. Familia, profesión, casa, placeres, escuela…: nada de eso es caduco, sino que todo cambiado. Una bella novela de amor y el esplendor de la esperanza. La existencia humana descubre su profundidad, su riqueza incalculable, su frágil belleza, al mismo tiempo que su tragedia y sus verdaderos objetivos.

Ciertamente, la situación es un poco diferente para el mercader de perlas: contrariamente al agricultor que no busca nada, él está en búsqueda de perlas raras. Podríamos decir que se trata de un hombre que después de largo tiempo reflexiona, lee, medita, busca un sentido a su vida; él ya tiene diversas experiencias, pero ninguna le satisface. Hasta el día en que, a ejemplo de San Pablo, san Agustín, san Francisco de Asís, de Edith Stein, donde igual que André Frossard, él tiene un encuentro, escucha una voz, cae sobre un libro, que le abre los ojos; desconcertado, salta de alegría: ¡la encontré! No se trata de una satisfacción del mismo orden que les gusta lo aparente: es “la perla”, infinitamente más bella que todas las que él conocía; una perla que no se puede simplemente agregar a las otras: no hay medida común entre ella y todo lo que él había adquirido hasta entonces.

Todos aquellos que han visto una tal encuentro sorprendente con la Palabra de vida, sabiendo desde el instante que ellos tienen para renunciar a apegos incompatibles con su descubrimiento. Pero ninguna ruptura pesa al corazón finalmente colmado.

Estas parábolas nos enseñan que la verdadera sabiduría consiste en no detenerse en las cosas qeu nos rodean, sino a discernir la presencia escondida de Aquél que nos hace signo a través de ellas. Desde entonces la libertad no consiste en usar, ver abusar, de este mundo según nuestro buen deseo, sino descubrir que todo es don de la gracia e invitación a convertirse en colaboradores del Señor, para gobernar con él la creación que nos ha confiado. Es lo que el Espíritu había hecho comprender al joven Salomón, inspirándole pedir “no largos días, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos, sino el discernimiento, el arte de estar atentos y de gobernar” su vida según el designio de Dios.

A todo lo largo de su historia, la Iglesia recorre todos los países, multiplica sus apelos en todas las lenguas se dirige a todos los niveles de población: “Convertíos: ¡el Reino de Dios está cerca! Él está en el corazón de vuestra vida, tomémoslo: él se da gratuitamente al hombre de deseo”. Los pecadores del lago de Galilea convertidos en “pescadores de hombres” así como sus sucesores, no cesan de lanzar la red al mar para reunir el mayor número de peces posible, porque Dios no quiere que ni uno solo de sus pequeños se pierda: “aquellos que él conoce de antemano, él los ha destinado a ser imagen de su Hijo, para hacer de este Hijo el mayor de una multitud de hermanos”, a fin de darles parte en su gloria.

“Habéis comprendido todo esto? Pregunta Jesús lanzando una mirada alrededor insistiendo sobre aquellos que le rodean, es decir sobre cada uno de nosotros. Podríamos responder con el Salmista: “Mi parte Señor, es la de observar tus palabras. Mi felicidad es la ley de tu boca, más que un montón de oro o de plata”. Porque convirtiéndome en tus discípulo. Yo he pasado del estatuto de servidor al de amigo, de hijo y de heredero. Por esta maravilla de tu amor gratuito, bendito seas eternamente.

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