18o Domingo del Tiempo Ordinario

31 de julio 2011

El amor de Dios es gratuito. Nosotros lo sabemos, pero eso es sin duda una de las cosas más difíciles de concebir para nuestros espíritus que no conocen sino las leyes de nuestros comercios. La gratuidad atrae espontáneamente la desconfianza. “Venid, compra y comer” es un lenguaje que nos habla, “sin dinero y sin pagar nada”, esa es otra historia. Eso parece turbio. Donde, o bien la calidad de la mercancía es mala, o bien hay una contraparte escondida. ¡Permanecemos en guardia!

Esta gratuidad es, por tanto de las más agradables, porque ella expresa la solidaridad de Dios con nosotros y porque ella ilustra la profusión de su amor por nosotros. Nuestro Dios sella una alianza eterna, por la cual él se hace presente y solidario con nosotros. Si bien, San Pablo puede declarar con seguridad: “¿qué no separará del amor de Cristo? ¿La tristeza? ¿La persecución? ¿El hambre? (…) nada podrá separarnos del amor de Dios”. A partir de ahora Cristo habita cada una de nuestras experiencias humanas. Él es para siempre, el Emanuel, Dios con nosotros. Cristo habita nuestra hambre y en su compasión la comparte.

La multiplicación tiene lugar “en un lugar desierto”, es decir en un lugar inhabitable. Jesús está en el desierto, pero esta vez, no está solo, él está con la multitud y su hambre. La multiplicación tiene lugar cuando “se hace tarde”, es decir a la hora en que la vida declina. Es la hora de la oración de los discípulos de Emaús, el momento de la fracción del pan. En esta multiplicación de panes, la plenitud del símbolo eucarístico es también evocada. Ella evoca la pascua el pan de vida y el sacrificio del Cordero pascual. Con la primera lectura, comprendemos que ella evoca también la creación, la liberalidad divina y su bondad inagotable. Dios crea en abundancia, el da la vida en abundancia y nos muestra también que él no conoce sino una aritmética: la de la multiplicación que nace de la fracción: “partiendo los panes, se los dio a los discípulos”. La generosidad creadora de se opera en la fracción pascual, la generosidad de Dios nace de su pobreza.

El signo de los panes partidos no puede ser leído como una manifestación del poder de Dios, solicitado para producir una cantidad de alimento desmesurada. El muestra al contrario la manera humilde y pobre de utilizar recursos ínfimos e insuficientes. Tal es la enseñanza para los discípulos, invitados a renunciar al reflejo comercial para ofrecer lo que solo Dios puede dar. Nuestro Dios es así: él da, todo simplemente. No hay nada que comprar, sobre todo su amor y su gracia. No hay nada que ganar. No se gana su cielo como un obrero gana su salario. No se gana su salvación como se gana el lote de una tómbola. Dios da, gratuitamente, sin mérito de nuestra parte, sin arbitrariedad de su parte, compartiendo pobremente lo poco que tenemos que ofrecerle.

Todavía queda una prueba que superar. Cuando se ha escuchado esta novedad extraordinaria de la gratuidad del amor de Dios, todavía es posible despreciarla. Así, Isaías nos aleja de estos debates poniendo a la luz la carencia que nos habita, la sed que experimentamos y que Dios viene a llenar: “¡vosotros todos los que tenéis sed, venid, he aquí el agua!”. Nosotros tenemos sed del amor de Dios, nosotros tenemos hambre de su misericordia. He aquí porque somos irresistiblemente atraídos por él. Así que nosotros debemos estar atentos a su palabra: “¡inclinad el oído! ¡Venid a mí! Escuchad y viviréis”. ¡He aquí donde está donde está nuestro error! El órgano que asegura nuestra sobrevivencia no es el estómago, sino el oído. Abrimos bien nuestros ojos para no perder un trozo de pan circulando entre 5000 hombres, sin contar las mujeres y los niños, pero el evangelista prefiere que abramos los oídos. Ellos abre la vía de la obediencia y de la filiación, ellas nos acercan a Dios y nos conceden acoger el Verbo.

De golpe, he aquí nuestro oído rebasa las consideraciones de todas las humanidades, de nuestros dividendos y de los cálculos a corto término, que nos hacen leer el evangelio como el de la “multiplicación de los panes”. No parece entonces que esta palabra “multiplicación” no es pronunciada nunca. Asistimos solamente a una bendición y a una repartición.

La lentitud de la acción muestra la importancia de la preparación. Es necesario tomar el tiempo de sentarse. De tomar los cinco panes y los dos pescados. No es gran cosa, ciertamente ha visto la cantidad que sería necesaria. Pero es todo lo que tenemos. Lo esencial está ahí. Nada que retener. Dar si contar y sin dejar reserva. A riesgo de perder todo. A riesgo de perderse. Levantar los ojos al cielo, dar gracias porque lo que damos viene de Dios. Bendecir al cielo que hace de nosotros pobres y nos da siempre bastante. Cinco panes y dos pescados, es suficiente para quien utiliza el don de Dios al servicio del Reino. En el ritmo lento del verano, pensemos en cada uno de los pequeños actos cotidianos, acompañados de una palabra. La palabra de nuestra oración. La palabra de Dios en nuestros labios. Es la que alimenta. Es la que obra el milagro.

Ella y nosotros. El Señor designa en efecto el eslabón faltante: “dadles vosotros mismos de comer”. Nosotros tenemos que partir el pan y repartirlo. La extraordinaria comida, en ella misma, ocupa poco la atención de san Mateo. “Todos comerán de acuerdo a su hambre”. El evangelio orienta más bien nuestras miradas hacia Jesús, haciendo con nosotros cada uno de los preparativos meticulosos de nuestra piedad. Él los fecunda con su Palabra. Pero si ellos dan fruto, si pasa algo, es porque, en la fe actuamos conforma a esta palabra. Es el paso que Jesús pide hoy a sus discípulos: cuando han dado todo, no esperar la multiplicación de los panes, sino atreverse todavía, como si la panera no se fuera a vaciar nunca.

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