19º domingo del Tiempo Ordinario

domingo 7 de agosto 2011

Las tres lecturas de este domingo nos hablan de tres hombres caídos en la duda, en el miedo, en la tristeza, tres hombres que quieren ser llevados por el Señor a remontar estos estados interiores a través de una purificación de su fe.

La primera lectura nos sitúa en un momento clave de la gesta de Elías. El efecto del golpe del Monte Carmelo tiene más bien un sabor amargo. Después de que el rey Acab ha contado a Jezabel como Elías pasó filo de espada a todos los profetas de Baal, esta promete vengarlos. Elías tiene miedo y emprende un éxodo que a través del desierto le conducirá hasta la montaña de Dios, el Horeb. Elías duda igualmente de la eficacia de su misión de profeta: “Basta ya, SEÑOR, toma mi vida porque yo no soy mejor que mis padres”. Llega finalmente al Horeb, frente a un huracán, un terremoto y al fuego que sucesivamente se manifiestan ante él, él se refugia en la cueva de sus temores.

Al principio, Elías partió “para salvar su vida”. Su vida será salvada pero por Dios que se revelará a él en el murmullo de una brisa ligera”, literalmente “la voz de un fino silencio”. Está dicho que “desde que él escuchó, Elías se cubrió el rostro con su manto” como una vez lo hizo Moisés en el mismo monte Horeb.

Contrariamente a lo que pasa en el monte Carmelo, Dios no está en el fuego. En el Monte Carmelo, habíamos asistido a una manifestación todopoderosa del Señor, que casi se podría creer obtenida por el mismo profeta. Puede ser que Elías no resista interiormente a esta tentación. Aquí, en el Horeb no está lo que está a la base de la adhesión de fe. No, se trata de una manifestación simple y discreta de Dios que alcanza al hombre desprovisto, pobre y frágil, lejos de lo que parecía en el monte Carmelo. Elías descubre que el poder de Dios no es aquél que él creía. La tentación de creer que él podía, porque él era el único que no había abandonado al Señor, tener un poder sobre Dios para obtener lo que él quería, ha desaparecido con la prueba.

Elías estaba centrado de tal manera sobre su propia fidelidad que no veía a los otros 7000 israelitas cuya rodilla no se había doblado ante Baal. Porque él ha reconocido su fragilidad, porque él ha hecho la experiencia de su necesidad de ser salvado, ahora él es fuerte en la fe y el puede retomar su misión al servicio del Señor.

La segunda lectura, por su parte, propone a nuestra meditación el pasaje de la carta a los romanos donde San Pablo se interroga dolorosamente sobre el destino de sus hermanos judíos que contrariamente a él no se han convertido.

En el camino de Damasco, él ha comprendido que creer en Cristo no es un renegar de su fe judía, sino por el contrario, porque Jesús cumple en su persona todas las promesas contenidas en las Escrituras. Pero es obligatorio constatar que la mayoría de sus hermanos judíos no lo han seguido en este camino y que más bien se han convertido en sus peores persecutores.

¿Cómo podría Dios dejar a sus hijo en un tal extravío? ¿Habría olvidado su Alianza con ellos? ¿Habría olvidado esta maravillosa promesa que hizo a su pueblo por boca de su profeta Isaías: “¿Una mujer olvidaría mostrar su ternura al hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.

San Pablo se interroga. El mismo en cierta forma prueba la fragilidad de su fe. El ya no, no encontrará su seguridad en sus propias seguridades, escuchamos el lo que él sabe sobre Dios por su razón y esta misma a partir de la Escritura, pero en la misma fidelidad de Dios a su Alianza. Sus dudas no serán quitadas sino por un acto de fe reposando únicamente sobre la promesa de salvación total hecha por Dios a todo Israel. Esto es lo que expresa un poco más adelante en su carta: “porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis sabios en vuestra propia opinión: que a Israel le ha acontecido un endurecimiento parcial hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y así, todo Israel será salvo; tal como está escrito: el libertador vendrá de Sión; apartará la impiedad de Jacob. Y ésta es mi alianza con ellos, cuando yo quite sus pecados (Rom 11:25-27).

Finalmente, el evangelio nos presenta los apóstoles, y particularmente san Pedro, paralizados por sus miedos ante la tempestad que les ha sorprendido en el corazón de la noche y ante lo que él cree ser un fantasma que se acerca hacia ellos. Pero resuenan las palabras de Jesús: “Confianza, soy yo, no tengáis miedo”. Invitación a la fe que se funde en la seguridad de las propias palabras del Señor: “soy yo”, por las que Jesús no declara solamente su identidad para hacerse conocer sino que reenvía al misterio divino de su persona haciendo referencia directamente a las palabras mediante las cuales Dios se había revelado a Moisés en la zarza ardiente.

Pero para que esta fe le conduzca a un encuentro auténtico con el Señor, Pedro deberá hacer la experiencia de que Jesús le salve: “Señor, sálvame”, de dejarse tomar totalmente, de abandonarse totalmente entre las manos de su Señor. Solamente entonces su fe se ve purificada de toda pretensión de alcanzar a Dios por sus propios medios.

Estos tres personajes: Elías, Pablo y Pedro, nos enseñan a través de las tres lecturas de este domingo que para ser fuerte y liberarnos de todas las dudas que puedan asaltarnos, nuestra fe debe reposar sólo en Dios y nacer de este grito del corazón: “Señor, sálvame”. Nuestra fe no puede sino conducirnos a un encuentro en verdad con el Señor y, mientras que hacemos la experiencia de nuestra propia fragilidad al querer hace su voluntad, somos purificados de todas las pretensiones de poder acercar a él contando únicamente sobre nosotros mismos.

Las tempestades susceptibles de poner en peligro nuestra fe y por tanto nuestra relación con el Señor no faltan en la vida. La victoria que nos concede el Señor no está en el hecho de caminar sobre las aguas de las tentaciones que nos asecha, sino en el hecho de mirar hacia él, de ir hacia él. Pedro pide a Jesús, no caminar sobre las aguas sino ir hacia él. Lo que él desea es más bien es a Jesús. Y precisamente, él comienza a hundirse cuando presta más atención al viento que a la persona del Señor.
Nuestra vida es un verdadero camino de fe que se profundiza a medida que nos despojamos de nosotros mismos, un éxodo donde como para Elías, el Señor nos haga dejar nuestras falsas seguridades para unirnos sólo a él. Ser frágil no es un obstáculo en este itinerario de conversión, pero rechazar reconocerse como tal y de pedir la ayuda de Dios, podría ser un obstáculo.

“Señor, cada vez que yo me encuentre en la tempestad, en los momentos de duda, de sufrimiento, de soledad, de laxitud en mi fe, concédeme escuchar de nuevo tu voz que me dice: ‘Confianza, soy yo, no tengas miedo. Yo también, he experimentado la soledad y a angustia en mi pasión. Pero ahora, vivo y resucitado, habito a tu lado. Une tu sufrimiento al mío, tus miedos a los míos. Tu experimentarás entonces el gozo de la resurrección y de la vida nueva’”.

Comments are closed