2º domingo de Cuaresma

domingo 20 de marzo 2011

La Palabra de Dios es bendición para Abraham y para todos sus hijos. Pero en primer lugar, la llamada de Dios es desapropiación; Abraham es llamado a dejar lo que él conoce para lanzarse hacia lo que él no conoce. El Señor le pide en efecto: deja “tu” país, “tú” familia, la casa de “tu” padre y ve “al país que yo te mostraré”. Por el juego de los pronombres personales, el Señor informa a Abraham acerca del alcance de su llamada; más que un nuevo país, el patriarca deberá descubrir una nueva relación entre Dios y el hombre –“yo te bendeciré” – entre los hombres “en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”. El círculo de relaciones de Abraham sobrepasa las fronteras de su clan y se abre al infinito, infinito de Dios, inmensidad de las naciones.

La bendición sigue este movimiento y toma nuevas dimensiones. Dios, lo sabemos, bien, crea separando. La salida de Abraham anuncia un nuevo florecimiento de la vida, es el signo de que Dios no se deja poner en jaque por el pecado del hombre y no renuncia a su proyecto de salud. Las familias de los pueblos se han dividido; Dios decide que la bendición pasará por un solo hombre para alcanzarlos a todos. La promesa hecha a Abraham es así el fundamento de una alianza nueva en la que el hombre está llamado a colaborar en la realización de su salvación. ¡Qué audacia! Dios da confianza a Abraham para que su bendición llegue al conjunto de las naciones; Dios confía a un hombre lo que todos están destinados a recibir.

Veamos como procede el Señor. De entrada tiene una promesa destinada solo a Abraham. Llamado a dejar su país para ir a otro, que el Señor le hará ver, el patriarca recibe por familia una gran nación. Además, el Señor le promete la bendición, la recompensa para aquellos que renuncian a la codicia y a la autonomía. Sin embargo notamos que la actitud de Abraham solo no es determinante. Dios acompaña, en efecto, su promesa de una condición: “bendeciré a los que te bendigan, maldeciré al que te maldiga”. Para recibir la bendición confiada a Abraham, es necesario respetarle, es necesario renunciar a envidiar el don que le ha sido dado. En una palabra, para recibir la bendición, es necesario renunciar al asesinato fratricida. Caín, en efecto, no había comprendido que su hermano era para él un camino de vida; cegado por el sufrimiento de sus deseos frustrados, él ha sucumbido entre la maldición y la muerte. Esta condición que Dios añade a su promesa es una invitación a bendecir al hermano sobre el que reposa la bendición, para beneficiarse, a su vez, del don de la vida.

Finalmente, la llamada de Abraham a dejar su país para reunirnos bajo la forma de una llamada a dejar las tierras áridas de la envidia y de la codicia, porque la vida no se desarrolla sino en el compartir y el intercambio.

Además, el Señor dice: “en ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra”. Diciendo eso, Dios propone una respuesta al pecado del jardín del Edén: él invita a los hombres a entrar en una dinámica de alianza donde la participación de cada uno es necesaria, una dinámica que se expresa en la comunión de las diferencias. Cada uno a su manera juega el mismo juego de la vida y pone así a la muerte en jaque. Cada uno coopera a su salvación de tal manera que, al mismo tiempo, el recibe de Dios y de los otros. La originalidad es que esta alianza tripartita no tiene centro. Dios se pone al servicio de los hombres, el elegido de Dios lleva la vida a sus hermanos y todos los hermanos bendicen al que Dios ha escogido, consientes de que el llamado que ha recibido representa una oportunidad para todos. Finalmente, al centro de esta red está la alianza, que no priva a nadie de su responsabilidad ni de su libertad.

“Abraham partió, como el Señor le había dicho”. Todo está en el “como”. Abraham, Abraham se suscribe a la voluntad de Dios y entra libremente en la alianza. He aquí que fuerza nuestra admiración y merita nuestra alabanza y hace de Abraham el primero de los creyentes. Adán y Eva, ciertamente habían recibido también un llamado de Dios; pero Abraham no posee ya el Don de Dios. El parte para un país que no conoce todavía. Él es el primer hombre que confía totalmente en Dios, que compromete su vida únicamente con la Palabra del Señor Dios.

En nuestro itinerario escriturístico, la segunda lectura representa la transición ideal hacia el Evangelio. ¿Cómo no maravillarnos con San Pablo “porque Dios nos ha dado una vocación santa”? ¿Cómo no alabar al Señor por su Elegido, su Mesías, porque “esta gracia nos había sido dada en Cristo Jesús antes de todos los siglos, y ahora se ha hecho visible a nuestros ojos, porque nuestro Salvador, Cristo Jesús, se ha manifestado haciendo resplandecer la vida”?

En efecto, en el día de la transfiguración, Dios nos muestra el país que él había prometido a Abraham. Aparece claramente que estamos en camino hacia la gloria de Dios. Allá está el lugar al que somos llamados a habitar, según lo que expresa el deseo de san Pedro de poner tres tiendas. Pero es muy pronto para instalarnos, la ruta es todavía por hacer lo que todavía nos separa del gozo pleno de los frutos de la resurrección. Haremos, sin embargo, esta ruta el corazón ligero porque hoy gustamos las primicias de la victoria de Cristo nuestro salvador.

Pero, ¿Cómo guardar este tesoro para mañana? ¿Cómo llevarlo para que él sea nuestra fuerza en los días de la Pasión? Simplemente, imitando a Jesús. El misterio de la transfiguración nos muestra que la alianza tripartita entre Dios, su Mesías y el resto de la humanidad, se enraíza y se desarrolla en la oración. Jesús se transfigura en la medida que él ora. A medida que él se abisma en la contemplación del Padre, Jesús se abre interiormente a la bienaventuranza de ser hijo. Mientras que el ve así al Padre, más precisamente porque él ve así al Padre, los discípulos, ven al hijo. Esta es la visión beatífica del Hijo que ha hace suya, porque es en el Padre que la luz del Hijo tiene su fuente.

Comprendemos entonces que la oración, en el fondo, no es mercantil, ella nos transforma. Ella nos transfigura. La oración es la apertura a todas las posibilidades de Dios en nosotros, y por tanto ha a esta posibilidad por excelencia que es su luz. La alianza que Dios sella con la humanidad es luz y vida ; y en la dinámica tripartita, Cristo actúa como un prisma para esta luz. Un prisma que funciona inmediatamente y a la inversa. La división de nuestras vidas es saciada en él, Jesús recompone nuestro ser profundo y un haz único y lo orienta hacia Dios. Es de esta manera, que en la oración, la imagen del Hijo se imprime en nosotros y nos unifica en ella, hasta que le seamos semejantes.

Pero si nos hacemos totalmente semejantes a Cristo, no nos hacemos idénticos. Transfigurándonos, Cristo transfigura así nuestras diferencias que son un reflejo de su riqueza. En este sentido, Cristo es el prisma de la humanidad, es decir que él revela lo que hay de inalienable en nosotros, de distinto y de radicalmente individual. La transfiguración es la apología del individuo, no en tanto que él se exalta para mostrarse a sí mismo, más en tanto que revela que su vida tiene su fuente en Dios, que su vida se desarrolla en Dios y que ella se orienta hacia Él.

Recapitulando. La elección de Abraham nos enseña que la alianza de Dios es vida. La manifestación de Jesucristo como Hijo de Dios nos enseña que la nueva alianza es luz y vida. Pero a nosotros nos toca que, cada uno en nuestro lugar, cada uno a nuestra manera, se comprometa en el combate para la victoria de la vida y para la manifestación total de la luz de Cristo. Alabando al Mesías de Dios cada día, acogemos su vida, orando con él y en él, nos transformamos en él. Es en esta condición que viviremos los días de la Pasión para que sean: una manifestación de la ternura del Padre, una victoria de la vida, una apoteosis de la luz de Dios.

Señor Jesús, te bendecimos y te adoramos porque tú eres el Enviado de Dios que transmite la vida a todas las familias de la tierra. Te aclamamos y te glorificamos porque por tu sacrificio, tu nos das parte en tu gloria, tu nos has concedido ser hijos de la luz. Para que podamos seguirte hasta el fin, nos ofrecemos ahora a ti, transfigúranos, transformarnos a tu perfecta semejanza, y Dios nuestro Padre será todo en todos.

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