2º domingo de Pascua

Domingo 1 de mayo 2011

En este domingo en que se celebra la beatificación del Papa Juan Pablo II, recordamos que fue en la vigilia de este domingo en 2005 que él se fue a la casa del Padre.

Los textos de la liturgia de este domingo nos introducen en el misterio de la misericordia divina. Los discípulos habían anunciado a Tomás: “¡hemos visto al Señor!”. Ciertamente, ellos se habían beneficiado de una aparición del resucitado. Pero nosotros sabemos que en San Juan el verbo “ver” no designa una visión sensible, sino la percepción nueva que se abre a la vista del creyente gracias a la acción del Espíritu, como lo sugiere el relato: “reciban al Espíritu Santo. Todo hombre al que le perdonen los pecados le serán perdonados”.

Es a través de estas palabras que Jesús les da el poder de perdonar, nosotros percibimos que lo que los discípulos han “visto”, por obra del Espíritu en ellos, es el verdadero sentido del acontecimiento de la resurrección: el triunfo de la Misericordia divina que devoró el pecado, perdona y santifica al pecador. Es en lo que ellos han sido los primeros beneficiarios, ellos son invitados a compartir. Y es aquí que ellos debían entrar en la fe, porque esta gracia permanece invisible. En efecto, nada en el orden sensible permite verificar el perdón de los pecados.

En realidad, Tomás, el que como muchos había abandonado al Señor durante su Pasión, pedía una “señal” para atreverse a creer en la misericordia. El Señor se la da presentándole sus llagas y su costado abierto. Tomás puede entonces acoger la gracia. Sus ojos se abren. El comprende que en Jesús se realiza la palabra del profeta Isaías: “él ha sido traspasado a causa de nuestros crímenes, aplastado a causa de nuestras faltas. El castigo que nos trae la paz está sobre él, y en sus heridas nosotros encontramos la curación” (Is 53,5) y el puede pronunciar la más bella confesión de fe de los evangelios: “¡Señor mío y Dios mío!”.

El Espíritu Santo le ha concedido “ver” en Jesús, el Hijo de Dios, vencedor del mundo por la efusión de su misericordia en el agua y la sangre salidas de su costado traspasado. Ahora, Tomás sabe que él es perdonado y puede a su vez convertirse en heraldo de este perdón. En cierta manera, Tomás hace la misma experiencia que Pedro cuando el Resucitado se aparece a la orilla del lago de Tiberiades (cf. Jn 21): experiencia de la misericordia divina que desde entonces va a seguir como su sombra al primero de los apóstoles y alcanzará a todos aquellos que él encontrará para llevarlos a “adherirse al Señor por la fe”.

En este día ¿no tendremos necesidad del mismo signo que se le ofreció a Tomás, a saber el corazón abierto del resucitado? En efecto, ¿Qué sentido damos al acontecimiento de la Pascua de Nuestro Señor, a su muerte y a su resurrección? ¿Nos atrevemos a creer que sepultados en la muerte con Jesús por el bautismo, vivimos ya una vida nueva, la de Cristo resucitado por la gloria del Padre”?

En este domingo, contemplamos como Tomás de este costado abierto para nosotros y escuchamos a Jesús decir: “en este día las entrañas de mi misericordia se han abierto, yo derramo todo un océano de gracias sobre las almas que se acercan a la fuente de mi misericordia; toda alma que se confiese y comulgue recibirá el perdón completo de sus faltas y la remisión de su pena; en este día se han abierto todas las fuentes divinas por las que se derraman las gracias; que ningún alma tenga miedo de acercarse a mí, aunque sus pecados sean como la escarlata”.

Retomemos y hagamos nuestras las palabras de alabanza y de acción de gracias de San Pedro escuchadas en la segunda lectura: “bendito sea Dios, Padre de Jesucristo nuestro Señor: en su gran misericordia, nos ha hecho renacer gracias a la resurrección de Jesucristo para una esperanza viva, para la herencia que no conocerá ni destrucción, ni mancha ni arruga. Esta herencia os ha sido reservada en los cielos, a vosotros que el poder de Dios mira por la fe, en vista de la salvación que se debe manifestar al fin de los tiempos.” Creemos que el misterio que estas palabras nos revelan se cumplen por nosotros hoy y repetimos llenos de reconocimiento esta oración: “Oh sangre y agua, o fuente de misericordia salida del corazón de Jesús, yo confío en ti”.

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