2º domingo del tiempo ordinario

Domingo 16 de enero 2011

Este domingo, los textos tienen un sabor “ya visto”… Escuchamos los ecos de temas abordados la semana pasada en la fiesta del Bautismo del Señor. La primera lectura de nuevo es una presentación hecha por Isaías del Siervo del Señor y el evangelio relata otra vez, pero en la versión de San Juan, el Bautismo del Señor. ¿Por qué esta repetición, al entrar en un nuevo tiempo litúrgico?

En primer lugar, en la Biblia nunca hay una repetición idéntica. A veces tenemos que volver a escuchar de otra manera, para iluminar el misterio en un nuevo día o complementario. Así, la semana pasada, hemos centrado nuestra atención en el Señor que nos invita a entrar en la vida filial. Aquí está la clave. Esta semana, hacemos más espacio a Juan Bautista, a quien el Señor ha asociado estrechamente a su misión. Acordaos de lo que decía: “es así como tenemos que cumplir perfectamente toda justicia”. Jesús y Juan han permitido, en conjunto, la manifestación explícita del plan de Dios para la humanidad.

Veamos entonces cómo nos presenta hoy el evangelio la figura de Juan el Bautista. En primer lugar, nuestra traducción dice: “Cuando Juan el Bautista vio venir a Jesús hacia él.” Es posible estar más cerca del original griego leyendo “Al día siguiente, Juan Bautista vio a Jesús que venía hacia él.” Nos situamos al día siguiente, es decir en el futuro, en el futuro de la promesa de los profetas. Pero ese futuro se presenta en continuidad de la antigüedad de la Alianza porque Juan Bautista no habla de sí mismo, sus palabras son un tejido de versos del Antiguo Testamento tejidos entre sí para iluminar mejor el misterio que desentrañan. En una palabra: celebramos un día siguiente, un día nuevo que comienza donde Juan Bautista ve surgir la novedad de la Alianza en una evidencia deslumbrante: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El día siguiente prometido es hoy.

Así, Juan el Bautista es un profeta que sabía discernir la novedad y la presencia de Dios entre los hombres. Pero ¿cómo ha reconocido a Dios escondido en la humanidad? Sus palabras son intrigantes, porque él mismo admite: “yo no lo conocía”. La afirmación nos parece curiosa ya que sabemos que Jesús y Juan eran primos y porque hemos escuchado el relato de la Visitación, donde Jesús y Juan se encuentran por primera vez. Sin embargo, él insiste y repite: “no lo conocía”.

Para entender, debemos mantener juntos los dos elementos precedentes: Juan el Bautista discierne el día del cumplimiento de las profecías e identifica su primo Jesús como el Cordero de Dios. Él discierne, es decir, que ve la realidad a la luz del Espíritu. Juan Bautista no es un títere que repite lo que había leído en Isaías. Juan Bautista lee y relee la Escritura, lee y relee los profetas, hasta ver cómo cada palabra escrita hacía mucho tiempo, hace surgir otra. El señala el hilo conductor del Espíritu Santo que hace que cada palabra sea una señal de otra por alusión y representación. Reconstruye así en la Biblia el camino emprendido por Dios al hombre, porque la Palabra de Dios se hizo Escritura antes de hacerse carne. Así se desarrolla el sentido de su “yo no lo conocía”: a pesar de todos sus esfuerzos, Juan Bautista no había conocido el camino trazado por la Escritura en las almas. Antes de poder reconocer a Aquel que cumple la promesa, primero debe aceptar el trabajo de la profecía, el trabajo de las Escrituras en nuestros corazones. Juan Bautista reconoce no haber logrado llevar este trabajo hasta su término: “yo no lo conocía”.

Este fracaso es desconcertante: Juan Bautista ha reconocido formalmente al que cumple la promesa, él ha identificado claramente a Jesús como la Palabra hecha carne, el Cordero de Dios prometido para la redención de la humanidad.

En efecto. Esa es precisamente la grandeza del misterio. Juan declara dos veces que él lo conocía porque él calcula, en retrospectiva, la extensión de la gracia que Dios da a los hombres. El reconoce que en esta su impotencia, la gracia del Espíritu Santo ha irrumpido y ha iluminado su espíritu. Juan Bautista estaba en el corazón de un evento que lo trasciende y que no tendría demasiado tiempo de vida para meditar y apropiarse del don de Dios. Cuando lo habrá hecho plenamente, estará listo para ofrecer su vida por amor al Señor, estará listo para el testimonio supremo del martirio.

Así esta mañana, la Iglesia nos da en ejemplo el itinerario espiritual de un buscador de Dios. Juan se convirtió en el “Bautista” Juan ha realizado plenamente su vocación, dejando vivir en él la Palabra que construye y que lo ha construido como un profeta de la Nueva Alianza. A fuerza de meditarla y de escrutarla, la palabra ha tomado cuerpo en él, la cita se ha convertido en interpretación, las palabras del pasado se han hecho oración del nuevo día. Toma la palabra para ser eco de Isaías, Juan escribe de nuevo la profecía y participa en el cumplimiento de la promesa. Existe así para el hombre un imperativo de la memoria, un deber de relectura, para conocer realmente el don de Dios, para apropiársela en plenitud y para vivirla hasta el final. La experiencia de Juan Bautista, subraya que las evidencias que más importan en la vida son las que no se habían llenado de inmediato, las que nos hacen conocer nuestra demora. De esta manera, el Espíritu Santo quita el velo sobre la realidad y la simplicidad de Dios.

Por lo tanto, nuestra obligación de releer no es el signo de una incapacidad o de una indocilidad – Juan Bautista estaba sometido a la gracia – ello nos indica solamente que el momento de la revelación de Dios no debe ser considerado como un momento de la vida alineado a otros, sino como un momento que resume todo. Es un punto del tiempo que contiene la eternidad de Dios. Es un punto que se expande como un espacio donde uno puede entrar y permanecer, el tiempo de la gracia es un punto de entrada en el misterio. Pues, es inherente a nuestra humanidad, nos lo apropiamos y profundizamos con el tiempo.

“He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Esta fórmula es incomparable. Nadie, ningún profeta la había pronunciado antes de Juan Bautista. El que solo era la voz que transmite el mensaje confiado por otro, revela en su originalidad la identidad de Jesús Cristo. Al formular la evidencia, Juan abre la puerta del Templo eterno, en el que habita el Espíritu Santo, en el que habita por siempre la gloria del Padre. En esta fórmula única y magnífica, repetida en cada Eucaristía se manifiesta a los ojos de todos lo más íntimo del amor de Dios. Su punto de equilibrio y su fragilidad. Su punto de expansión y su vulnerabilidad. El origen y el término de la palabra que recorre la Biblia de principio a fin. He aquí el Cordero de Dios. He aquí la elección de Abraham y la alianza de David, he aquí el Siervo sufriente de Dios y el cordero pascual. He aquí el Salvador que el mundo espera. He aquí el Hijo de Dios.

“Sí, he visto y doy testimonio”, concluye Juan Bautista. Su testimonio es decir, su relectura, su interpretación, y su mirada de adoración que se alimenta de la Palabra y la hace participar en su gloria, su acto de fe que le hace servidor y une el discípulo a la Cruz. “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La palabra se ha consumado, el sacerdote puede elevar la hostia para nuestra adoración, estamos prontos a proclamar: “Grande es el misterio de la fe.”

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