20º domingo del Tiempo Ordinario

domingo 14 de agosto 2011

La región de Tiro y Sidón corresponde al sur del Líbano actual, tierra todavía, en nuestros días, desgarrada por luchas fratricidas. Lo que queda del antiguo Canaán es siempre, para los judíos, en el momento en que se Jesús se acerca, una tierra de paganismo y de idolatría, que evoca guerras y culturas paganas; una tierra de perversión moral y religiosa, una tierra de perdición, en todo punto extranjera. Por tanto esta mujer cananea está en casa: es más bien Jesús y sus discípulos quienes son extranjeros en Tierra de Tiro y de Sidón.

Así, una madre afligida, que ha oído hablar del Rabí de Nazaret y de los milagros que él realizaba, llena a Jesús de súplicas a favor de su hija.

La interpelación de esta mujer cananea testimonia un sorprendente conocimiento de la tradición judía; el mismo título “Señor, hijo de David” atribuido a Jesús es un esbozo de fe, como parece confirmarlo la petición, porque ella espera que él tomará la autoridad sobre el demonio que atormenta a su hija.

El silencio de Jesús quiere obligar a los discípulos a resolver ellos mismos el dilema: ¿Esta mujer pagana, habitante de tierra extranjera, pero testimoniando por su fe naciente que ella ha sido visitada por Dios, es impura en razón de su pertenencia racial, o al contrario, será necesario juzgar su pureza, es decir de la calidad de su relación con Dios a partir de “lo que sale de su boca y que proviene de su corazón”?

Los discípulos no parecen haber percibido el problema: ellos piden a Jesús “dar satisfacción” a la mujer no como confirmación de fe, sino para terminar con una situación embarazosa. Pensemos: ¡Un Rabí judío perseguido por los gritos de una pagana, eso podía causar un escándalo! Los discípulos permanecían completamente encerrados en su a priori y su formalismo religioso como los fariseos.

En un primer tiempo, la respuesta de Jesús explicita lo que los discípulos no habían osado a formular: un Rabí de Israel no se ocupa de los extranjeros; es a su pueblo que Dios envía a sus mensajeros. ¿Pero Jesús mismo no ordena: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”?

Podríamos agregar la parábola del Buen Samaritano, y eso sería suficiente para hacer presentir que la observación de Jesús debe ser interpretada de otra manera, no como un rechazo a ayudar a esta mujer. Está descontado que Jesús responda a esta mujer, él que no había venido a buscar a los pecadores, y que se presenta como la medicina divina venida para los enfermos y no para los que se portan bien, o al menos a los que se creen hacerlo.

En efecto, la parábola enigmática de Jesús concerniente a las ovejas perdidas de Israel forma parte de una estrategia pedagógica que el Señor pone presenta y que trata de descifrar.

La mujer lo había interpelado inmediatamente como “hijo de David”, designándolo así como el Mesías esperado por los judíos; pero aquél no es enviado efectivamente sino a la casa de Israel. Si ella recibe una respuesta de no recibir su petición, es simplemente porque está mal formulada.

En tanto que cananea, no se debe dirigir a la tradición judía y a su restricción, sino a lo que, de esta tradición se cumple en Jesús en una apertura universal.

Dicho de otra manera, el Señor quiere hacerla pasar de lo arcaico de la antigua alianza a la novedad del Evangelio anunciado a todos los pobres sin excepción.

La palabra en apariencia dura de Jesús no desanima a la mujer, sino que por el contrario reanima su celo: “ella se postra ante él” en un gesto de humilde adoración. Él, había así trazado la ruta, ella le suplica ¡”Señor, ayúdame!”

Continuando con su esfuerzo pedagógico, Jesús responde más misteriosamente todavía: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Los niños son los hijos de Israel. Por el contrario, el apodo “perritos” era utilizado por los judíos para designar a los paganos, y en particular los Cananeos. El término “perritos” no tiene una connotación despectiva: él no designa a los perros errantes, objeto de desprecio, sino los animales domésticos que habitaban bajo el techo de su dueño y gozaban de su favor.

El pan de la Palabra está reservado sólo a los judíos que se consideran como justos, despreciando a los extranjeros. Jesús parece insistir: el pan de los fariseos no es para ti.

La mujer habría podido desanimarse; pero ella no duda que el tono de la voz de Jesús, y la atención que él le pone contrario a los discípulos que se quieren deshacer de ella, le permite interpretar las palabras del Señor como una invitación a pasar a otro plan, a renunciar a querer inscribir a Jesús en una categoría religiosa, para acercarse a él en simplicidad y con una confianza total.

La mujer lo ha comprendido intuitivamente. Por otra parte, el judío que le habla, ¿no es el mismo puesto en el banco de su comunidad, considerado como un extranjero en su propio país? ¿Cómo sería ella un extranjera para un exiliado?

Ella ha comprendido que el pan destinado a los hijos del que habla Jesús, es su Palabra que da vida, pero que es rechazad por sus correligionarios como un alimento echado a perder. Desde entonces, dado que los hijos de Israel dan prueba de su poco apetito para el pan de la Palabra que Jesús les ofrece, ¿por qué no lo aprovechará ella? Por ello en una muestra de confianza, ella responde: “los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

La sorprendente respuesta de Jesús confirma la acción del Espíritu en el corazón de esta mujer pagana: “tu fe es grande”. Nuestro Señor no debe intervenir: “Que todo se haga para ti como lo quieres”. Por su fe, esta madre ha encontrado el acceso, para el servicio de la liberación de su hija, en la omnipotencia de Dios que reposa sobre el Verbo encarnado.

“Señor sálvanos de nuestras estrecheces de espíritu; abre nuestros ojos sobre nuestras enfermedades; denuncia nuestras complicidades con las actitudes de exclusión puestas en torno a nosotros; concédenos recordar que nosotros también éramos “paganos”; y concédenos la fuerza de testimoniar abiertamente la universalidad de tu mensaje.

Finalmente y sobre todo Señor, guárdanos en la humildad; concédenos recordar, cada vez que nos acerquemos a la mesa de la Eucaristía, que nosotros también hacemos parte de estos perritos que comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Que esta humilde confesión, despierte tu compasión, a fin de que tengamos el gozo de oírte decir: “que todo sea hecho para ti como lo quieres”.

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