21o. Domingo del Tiempo Ordinario

21 de agosto del 2011

Los evangelistas Marcos y Mateo precisan la localización geográfica del dialogo que acabamos de escuchar entre Jesús y sus apóstoles; por lo que este es significativo. Se trata de “la región de Cesarea de Filipo”, ciudad construida por el tetrarca Herodes Filipo cerca de las fuentes del Jordán y llamada así en honor del emperador Augusto. ¿Jesús ha querido suscitar el reconocimiento de su identidad mesiánica sobre el horizonte de esta ciudad elevada a la gloria de las grandes de este mundo a fin de sugerir el antagonismo irreconciliable entre el Reino de su Padre y los imperios de aquí abajo? O bien ¿Ha escogido este lugar paradisiaco donde el agua corre en abundancia y donde la vegetación es exuberante, para significar que la acogida de la revelación da acceso a la nueva creación? ¿Puede ser que se conjuguen las dos interpretaciones: Jesús podría sugerir por su elección geográfica, que no se accede a un nuevo Edén sino renunciando a los fastos de aquí abajo?

“El Hijo del hombre, ¿Quién es él, según lo que dicen los hombres?” La cuestión introductoria parece revelar un sondeo de opinión; en término mediático podríamos traducir: “¿Dónde está mi cuota de popularidad?” De hecho los discípulos responden refiriéndose a lo que ellos han podido escuchar a su alrededor de acuerdo a los murmullos de la multitud maravillada por los milagros del Rabí: “Para unos es Juan el Bautista; para otros Elías, para otros Jeremías o alguno de los profetas”. El punto común entre todas estas propuestas es que se refieren a personajes del pasado. Reflejo espontáneo de las masas que ocultan la novedad del mensaje y de las intervenciones de Jesús, intentando reenviarlos a lo ya visto y conocido. Siempre es tranquilizante decir que este Rabí no aporta nada totalmente original, pero no hace más que repetir lo ya dicho por el pasado: esto permite eludir la cuestión de una verdadera conversión.

Pero una tal interpretación de la Persona de Cristo se equivoca totalmente sobre su identidad y su misión; porque Jesús no ha vendió para repetir sino para cumplir; no ha venido para prolongar una historia antigua, sino para abrir tiempos nuevo. No se contenta de hacer eco a las enseñanzas de los Rabís de la tradición ancestral, sino que abre una brecha hacia un más allá que el hombre no puede presentir – y menos esperar – por él mismo. Todavía más que una doctrina, es un camino que Jesús despliega ante nosotros; un camino sobre el cual él pasa en primer lugar para llegar al Padre, arrastrando en su seguimiento a aquellos que han presentido la radical novedad de su enseñanza y que le hacen confianza.

Cuando Simón proclama que Jesús es “el Mesías, el Hijo del Dios vivo”, su afirmación no es verdadera pero a condición de dar a estos términos una significación radicalmente nueva, que corresponde sólo a Jesús, pero que no será revelado sino en la mañana de Resurrección. Desde entonces es probable que cuando Pedro atribuye a Jesús el título de “Cristo”, y de “Hijo de Dios”, él está lejos de medir el alcance de lo que él afirma: no es, sino al término de la segunda parte de su camino en el seguimiento de Jesús, culminando en el triduo pascual, que él lo descubrirá, no sin dificultad. Es por esto que en este momento Nuestro Señor ordena a los discípulos “no decir a nadie que él era el Mesías”.

Por tanto, aunque él no haya comprendido todavía, Simón ha dado un paso decisivo en la dirección correcta, como lo confirma la respuesta solemne de Jesús, de la cual viene el gozo interno. Su discípulo acaba, en efecto, de manifestar su apertura a la gracia de lo alto: lo que él acaba de proclamar no sino el vestigio de su catecismo de la infancia, no el fruto de un razonamiento humano. Pero se trata de una verdadera confesión de fe, es decir de adhesión, a través de palabra conocidas a una realidad desconocida, radicalmente nueva, que Simón ha presentido a la luz de la gracia, en la Persona de su Maestro.

Esta acogida de la acción del Espíritu Santo, hace de Simón un hombre nuevo: él es ya más que el hijo de Jonás; porque otro se ha unido a él: el Padre de Jesús, que acaba de hablar por su boca. Por esta intervención divina, Simón es elevado más allá de su simple herencia natural, más allá de “la carne y de la sangre”: él participa ya de la filiación de Jesús en el Espíritu.

Esta nueva genealogía es confirmada por el don de un nombre nuevo: Simón se convierte en “Pedro”. Aunque este nombre no es nada menos que un título mesiánico: la piedra, la roca, es una de las denominaciones por las que la Biblia designa al Cristo que viene. Así en la fe naciente de Simón lo une a su Maestro, al punto de hacerle participar de su identidad y de su misión.

El ministerio de “las llaves del Reino” que le es confiada, es igualmente un poder mesiánico: sólo Cristo enseña, condena y absuelve con la autoridad de Dios su Padre. Lo que no significa que este se pliega a los caprichos de Pedro y de sus sucesores, sino más bien él se compromete a concederle una gracia particular de discernimiento, de manera que sus decisiones correspondan a sus designios.

Este poder inaudito es conferido no solamente a Simón Pedro y a sus sucesores, que lo ejercen de una manera paradigmática, sino le será conferido a todos aquellos que siguen a Cristo (Mt 18,18), es decir a la Iglesia entera. Todos, si confesamos que Cristo es “la piedra angular rechazada por los constructores pero escogida por Dios” (Mt 21, 42), nosotros recibiremos una “piedra blanca, llevando grabado un nombre nuevo” (Ap 2,17). Todos somos llamados a convertirnos en piedras vivas del edificio de Dios, a condición de que nos dejemos por el Espíritu.

“Señor, por la fe, tu abres ante nosotros una historia radicalmente nueva; tú nos invitas a seguirte en un camino que nos haga dejar este mundo antiguo y nos de acceso desde ahora a la novedad del Reino. La sola exigencia, es que nos alimentemos de tu Palabra, y que consintamos a la acción transformante de tu Espíritu, a fin de entrar cada día en la comprensión de “la profundidad de tu riqueza, de tu sabiduría y de tu ciencia”. ¡Concédenos el no ser hijos temerosos o ingratos, sino de osar arriesgar nuestra vida en respuesta a tu llamado, “porque todo es tuyo y por ti y para ti. A ti la gloria por la eternidad ! Amén”.

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